Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 13 de enero de 2018

Mar de palabras


Zambullidas
Yolanda Izard
 Renacimiento. Sevilla, 2017



En la “Nota previa” con la que Yolanda Izard nos introduce en esta pequeña -por el espacio físico que ocupa no por la dimensión artística que representa- joya literaria, la autora afirma que a la minificción ya se la reconoce como “el cuarto género narrativo tras la novela, la novela corta y el relato” y que sus límites se difuminan con los del poema en prosa. Consecuente con ello, a estas microficciones no les quedaba más remedio que adquirir una naturaleza líquida, una suerte de cualidad que hiciera posible ese trasvase entre los géneros. Esta capacidad de hibridación que, en sus textos más afortunados, conduce a una cierta desfiguración de la narratividad para sumergirse de lleno en las profundidades de la expresión poética, lo consigue Yolanda Izard precisamente por medio de palabras escritas para poder fluir entre caudales tan próximos como –en aparente paradoja- difíciles de hacer concurrir.
Así, la identidad húmeda de este excelente libro cala en el lector que se atreva a zambullirse de lleno en unos textos que nos desasosiegan cuando un brazo se reposa sobre “las escamas húmedas de sus pechos”; que nos contagian la “alegría de tierra sembrada”; que nos transforman en un jardín acariciado por una mano de pétalos; que nos angustian al sentir el aleteo de una mosca en la garganta; que nos evocan la lectura de otros cuentos, Caperucita, Alicia, Adán y Eva; que nos inquietan ante la existencia de bebés fantasmas; que nos envuelven en “el sonido tibio de los propios pasos”; que nos escogen palabras para no perdernos “cuando la noche del alma”; que nos construyen una “ventana en medio de la calle”; que pueden hacernos llorar con “lágrimas rotas”, pero también reír “en medio del llanto”. 
Ilustración de Yolanda Izard

Cada “zambullida” posee su propia forma de ser contada, concebida para que el pequeño espacio que ocupa en el papel –y el breve tiempo que se tarda en leerlo- se ajuste como un guante al contenido de lo narrado (“Una frase de más y la mataría. Una palabra de menos y no sería verosímil”, se dice en uno de los cuentos). La habitual controversia entre la sorpresa de los finales inesperados o la incertidumbre que pueden suscitar los relatos abiertos, aquellos en los que parece que no pasa nada, se resuelve en lo que creo debe ser el propio territorio del cuento –de la microficción, en este caso-, que es el de ser capaces de provocar la emoción contenida en un espacio y un tiempo rigurosamente acotados. Es la revelación del misterio –aquel que habita en las pequeñas cosas-, el mismo que seguramente suspendía el ánimo de nuestros antepasados cuando alguien contaba un cuento alrededor de la lumbre. Esa especie de rapto emocional –el secuestro del lector mientras lee- es lo que consigue de forma magistral Yolanda Izard con este mar de palabras lleno de poesía, imaginación y belleza.
Con esta obra la autora da una vuelta de tuerca a sus anteriores libros narrativos. Si en “Paisajes para evitar la noche” (2003) se adentraba en el enigmático universo infantil para afrontar desde la imaginación la grave enfermedad de una madre, y en “La mirada atenta” (2003) buceaba en el más allá de la relación entre una joven y su madre, en “Zambullidas” se sirve también de su condición de poeta para –entre otras inmersiones- sumergirse aún más en el cenagoso ámbito de los vínculos familiares.
Sin apartarnos del pensamiento líquido esta obra cumple con el célebre postulado de Kafka según el cual “un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”. Estas microficcciones son esa hacha, pero también son las “olas heladas” de nuestra propia conciencia.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 13 de enero de 2018)


domingo, 17 de diciembre de 2017

La vida breve - Juan Carlos Onetti




            Las frases imposibles, los adjetivos desconcertantes en su precisión distraída, la palabra demorada tras la prosa lenta, no sorprenden al lector avezado y atento, que sigue con los ojos acariciando la línea, en una agonía feliz hasta el final del párrafo interminable. Y en este estilo, en su pausada forma, está también el fondo, indiferenciado, pues sólo la dilación puede dar espacio a la inmersión en la profundidad del hombre, al sosiego con que uno se ve espectador y preso de sus propias miserias.
Juan Carlos Onetti

sábado, 16 de diciembre de 2017

Entre la ciencia y la magia


Elio. Una historia animatográfica
Diego Arboleda y Raúl Sagospe
Anaya, 2017


En el vasto panorama de la literatura infantil y juvenil en español hay pocos autores tan originales, disparatados y divertidos como Diego Arboleda (escritor) y Raúl Sagospe (ilustrador). Si en “Papeles arrugados” (2012) nos sorprendían con la cantidad de historias entrelazadas a raíz de la misteriosa aparición de un monstruo en un balneario, en “Prohibido leer a Lewis Carroll” (Premio Lazarillo 2013) rendían un particular homenaje al personaje de Alicia y en “Los descazadores de especies perdidas” (2015) mezclaban ciencia y ecología para celebrar aquellos maravillosos años del vapor, en “Elio. Una historia animatográfica” (Anaya, 2017) introducen al lector en los tiempos en los que se inventó el cinematógrafo. Cada una de estas novelas tiene como marco un lugar y un período histórico determinados (la guerra civil española, el Nueva York de 1932, la Exposición Universal de París de 1867), que, sin embargo, suele ser desbaratado con incursiones en otros tiempos y espacios, ágiles vaivenes que logran dotar de tal dinamismo a la historia que es capaz de acelerar el corazón del lector más aletargado.
Esta “historia animatográfica” que ahora nos ocupa sigue la maestría trazada por sus dos autores en sus anteriores obras. Se inicia con un ambiente propio del viejo Dickens, en un orfanato (llamado pomposamente “Orfanato Triplántido de los Frailes de la Orden Romana de la Última Protección”), dirigido por un personaje (el prior “Priorini”) tan decididamente mezquino y cruel que resulta hasta ridículo. Allí ha ido a parar Elio, el joven protagonista de esta historia, después de haber perdido a sus padres cuando apenas contaba cuatro años. Elio sufre acromatopsia, un tipo de daltonismo que hace que vea todo en blanco y negro. Ese defecto, sin embargo, será lo que le salve de la vida miserable en el orfanato -donde los niños a duras penas son capaces de sobrevivir entre ratas y mendrugos de pan-, pues gracias a ello tiene la buena suerte de ser adoptado por una mujer (la siempre sonriente Jocunda) y su marido (el afamado Práxedes Boj), ilustre oftalmólogo empeñado en ponerle gafas a todo el mundo.
Taumatropo
A partir de entonces, Elio descubre el mundo de la ciencia, representado por su padre adoptivo, personaje aficionado a coleccionar artefactos ópticos con complicados nombres, como el praxinoscopio (una lámpara que al girar creaba dibujos animados), un visor de las fotografías en tres dimensiones o un taumatropo (un juguete óptico elaborado con un hilo y dos trozos de cartón). Pero Elio también descubre el mundo de la magia y de la fantasía, pues al lado de su casa está el Circo de Price, un lugar odiado por el oftalmólogo porque supone precisamente todo aquello que se aleja de su afán científico. A pesar de eso, el muchacho se encuentra en el tejado del edificio donde vive a los malabaristas, acróbatas y magos que actúan en el circo y, claro está, inmediatamente se siente atraído por la ilusión que despiertan las peripecias de tales artistas.
A partir de entonces transcurre una disparatada historia protagonizada por los estrafalarios personajes a los que nos tienen acostumbrados estos dos autores. Personajes reales o ficticios que sirven para ambientar aquel tiempo en el que varios inventores se disputaban el privilegio de ser el primero en lograr ver imágenes en movimiento. Por supuesto, los hermanos Lumière, considerados los creadores del cinematógrafo, pero también Louis Le Prince, que desapareció en extrañas circunstancias, y Lewis Rousby, que en 1896 presentó en Madrid el animatógrafo. Una divertida historia que celebra la invención del cine como un artefacto creado a medio camino entre el saber de la ciencia y la maravilla de la magia.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 16 de diciembre de 2017)


sábado, 18 de noviembre de 2017

El valor de los recuerdos


Días azules, sol de la infancia
Marcos Calveiro
Edelvives. Zaragoza, 2017



A la formación de nuestra identidad, de esa propia manera de sentirnos a la vez individuos únicos y partes de una comunidad que nos engloba, contribuye necesariamente la experiencia que nos aporta nuestro pasado, pero no sólo el personal o biográfico, aquel que se nos ha ido pegando a la piel desde la llegada al mundo, sino también lo ocurrido antes del nacimiento tanto en el ámbito estrictamente familiar como en el amplio espacio de la sociedad a la que, por azar, pertenecemos. De ahí que sea una propiedad consustancial al ser humano la necesidad de recibir historias del pasado -igual da su cualidad real o ficticia- y más concretamente la de buscar dentro de los márgenes más íntimos recuerdos o secretos que –también tanto da que sean verdaderos o inventados- conformen el resbaladizo dominio del escenario familiar. Multitud de novelas –no sólo de literatura infantil y juvenil, claro está- se nutren de esta necesidad humana con el fin de revelar la identidad de un personaje, de manera que éste emprende su propia indagación para reelaborar su presente –y de ahí asentar su vida futura- desde ciertos hechos que habitan el pasado. 
Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí

Esta es la clave de la novela “Días azules, sol de la infancia”, de Marcos Calveiro (Vilagarcía de Arousa, 1968), escrita originalmente en gallego y traducida al castellano por Carmen Cabaleiro. Para Nico, el joven protagonista del libro, todo comienza al recordar la sentencia que siempre pronunciaba su abuelo: “El mejor regalo que me han hecho en toda mi vida fue un manojo de perejil”. A partir de ese dicho misterioso y de la frase –“Todos guardamos recuerdos”- que le escribe una amiga que ha conocido por internet, Nico decide buscar alguna pista en la casa que quedó abandonada en el pueblo desde que su abuelo Nicasio –tan parecido a él en las fotos que aún se conservan de su juventud- no tuvo más remedio que irse a vivir a la ciudad con una de sus hijas. Allí, cerca de una indómita planta de perejil que peleaba por sobrevivir entre la maleza que ya se había comido el antiguo jardín, encuentra medio enterrada una vieja caja de lata oxidada. Nico se la lleva corriendo a su casa de Madrid y, una vez logra desprenderse de la presencia de sus padres, descubre con asombro algunos recuerdos que el abuelo fue guardando durante todos esos años.
Cada recuerdo encontrado en la caja va cobrando sentido en las historias que, en una mirada al pasado del abuelo, se van introduciendo en la novela de forma paralela a la narración del presente de Nico. De esta forma, se cuenta cómo desde su Galicia natal el joven Nicasio acompañó a su padre para la campaña de siega por las tierras de Castilla, cómo la amistad le ayudó a sobrevivir en Madrid en los primeros días de la Guerra Civil, cómo descubrió la magia del cine, a directores y actrices que en medio de la catástrofe aún lograban perseguir sus sueños, cómo descubrió el amor con una chica que servía en la casa de Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez, y cómo éstos acogieron en su piso del barrio de Salamanca a un grupo de niños huérfanos antes de tener que huir hacia su exilio en América.
Así, a través de este entramado de acontecimientos reales y sucesos ficticios, el joven lector actual se adentra en ciertos pasajes de la Guerra Civil, pero también asiste al valor que tienen los recuerdos –históricos, familiares y personales- para ayudar a conformarnos y crecer como personas.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 18 de noviembre de 2017)



miércoles, 15 de noviembre de 2017

El corazón de las tinieblas - Joseph Conrad




           
          ¿Quién es Kurtz? ¿Quién es Marlow? ¿Dónde está esa selva y ese río innombrado? ¿Cómo surcar el cauce interminable, adentrarse en la vegetación que nos circunda, amenaza y ahoga? Esta novela no hace sino adentrarse en la profundidad del misterio, de forma que para descubrir su interior envuelve al lector con el manto físico de un paraje feraz, oscuro, caluroso, húmedo, inmenso y turbio, como la propia alma que pretende cubrir y, por ello, mostrar.

 
Joseph Conrad

sábado, 21 de octubre de 2017

Una obra maestra


Huracán en Jamaica
Richard Hugues
Alba. Barcelona, 2017


                Tal vez podría decirse que “Huracán en Jamaica” es la novela de aventuras más inquietante jamás contada. Y no tanto por los hechos narrados, por la zozobra que pueda provocar la agitada cadena de sucesos o por el propio ritmo que suele encoger el corazón de quien se engancha a este tipo de intrigas, sino por la sospecha de un acontecimiento no expuesto, la existencia de algo oculto que de forma permanente hace temblar la mirada del lector.
Así, la trama propiamente dicha no se aleja mucho del esquema típico de las novelas de piratas. A mediados del siglo XIX la familia inglesa Bas-Thornton y la familia criolla Fernández viven con sus cinco hijos en la isla de Jamaica, una especie de paraíso donde los niños se mueven con una libertad seguramente ya desconocida en la vieja y lejana Europa, repleta de colegios, prohibiciones y normas. Pero un huracán, precedido de un terremoto y una tormenta que entusiasman a los pequeños, devasta la isla y entonces a los padres no les queda más remedio que enviar a sus hijos a Inglaterra. Ya en el barco los niños, que tienen “pocas facultades para distinguir entre un desastre y el curso ordinario de sus vidas”, no sólo se adaptan rápidamente a la nueva situación, sino que tampoco se sorprenden cuando son asaltados por unos piratas. Acostumbrados desde siempre a una vida de juego, continuas peripecias y aventuras, los chicos –y las chicas- se desenvuelven en el “ambiente pirata” con una soltura que parece convertir en normal cualquier episodio por duro o truculento que sea. Es precisamente esa normalidad con la que el narrador cuenta –a veces a través de la omisión deliberada, la mera insinuación o el breve trazo- lo que desasosiega al lector, en ocasiones turbado ante la perversa seducción de la inocencia y la banalidad con la que se despacha un suceso trágico. 
Cartel de la película

Publicada inicialmente en 1929, Richard Hughes (1900-1976) indaga con “Huracán en Jamaica” –llevada al cine en 1965 por Alexander Mackendrick y titulada en español como “Viento en las velas”- en la peculiar perspectiva moral de los niños, en esa distancia –a menudo abismal- que hay entre la conducta desprejuiciada de la edad infantil y la severa autocorrección que se impone en el mundo del adulto. Incluso en el barco se ve reflejada esa brecha generacional, pues los propios piratas, que continúan de una forma decadente una “tradición vocacional”, ejercen por inercia un oficio ya desprovisto de maldad, mientras que los niños parecen asumir como un juego más de su infancia ciertos comportamientos malignos que deberían ser propios de sus imprevistos captores.
Los jóvenes –y los adultos- lectores de nuestro tiempo pueden disfrutar de la manejable y atractiva edición –en impecable traducción de Amado Diéguez- que nos presenta ahora la editorial Alba de esta obra maestra de la literatura. Un clásico de las novelas de aventuras que ofrece otras lecturas más allá del mero divertimento: el habitual afán de los adultos para manipular la verdad con el fin de lograr lo que ya tenían prefijado; la educación como medio para domesticar la natural tendencia de la infancia a saltarse las normas; el desmentido de la supuesta inocencia de los niños; la equivocada rotundidad que atribuimos al significado de ciertos contrarios (verdad-mentira, bondad-maldad, realidad-imaginación). Y todo narrado desde un punto de vista donde el humor, al pretender el distanciamiento irónico ante algunos hechos dramáticos, ahonda más en el desasosiego del lector cuando presiente la presencia larvada de lo innombrable.



(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 21 de octubre de 2017)

sábado, 23 de septiembre de 2017

Aprender a jugar con el lenguaje


Con el diccionario a diario: jugando con las palabras
Juan José Lage
Octaedro. Barcelona, 2017



Traemos hoy aquí, a este espacio habitualmente dedicado a reseñar obras de literatura infantil y juvenil, un libro que no es de ficción, pero que tiene como finalidad contribuir a desarrollar en los niños y niñas las habilidades necesarias para, entre otros beneficios relacionados con la lectura, poder disfrutar de manera plena de las obras literarias.
Uno de los requisitos necesarios para lograr que los niños se conviertan en buenos lectores, es decir, que adquieran la capacidad de decodificar y comprender textos escritos, es que tengan la oportunidad de desarrollar unas habilidades metalingüísticas básicas. Dicho de una manera llana, que sean capaces de jugar con todas las posibilidades que nos brinda el lenguaje. Así, no es suficiente el conocimiento de las letras y su correcta asociación con los fonemas que representan, para que se considere que un niño “sabe leer”. Como mucho, puede decirse que adquiere la “mecánica lectora”, una habilidad sin duda imprescindible para el desarrollo posterior de la lecto-escritura, pero leer supone algo más, implica establecer “representaciones mentales” a partir de la palabra escrita, es decir, alcanzar el significado, la intención última de llegar a la comprensión de lo leído. Esto lo saben – o deberían saberlo- los educadores en quienes confiamos para que enseñen a leer a nuestros niños.
Como decíamos, para favorecer la adquisición de estas competencias, el profesor asturiano Juan José Lage (director de la revista Platero, dedicada a la literatura infantil y juvenil) ha escrito este interesante y útil “Con el diccionario a diario: jugando con las palabras” (Octaedro, 2017). En la primera parte del libro se presenta una serie de actividades que se puede llevar a cabo en el aula o en casa en torno al diccionario. Desde algunos juegos más conocidos, como palabras encadenadas (casa-saco-coma…), palíndromos o palabras capicúa (somos), parónimas (afectivo-efectivo), anagramas (cuenta-cuneta) o familias de palabras, a otros más originales, como encontrar las palabras más largas del diccionario, palabras robadas (juego inventado por Cortázar en “Rayuela”), monovocalismos (carcajada) o tautogramas (frases cuyas palabras empiezan por la misma letra: María miraba mis manos). En la segunda parte, titulada “Jugando con las palabras”, se continúa proponiendo tareas como comparaciones (roja como un cangrejo), pentavocalismos (murciélago), retruécanos, neologismos, pleonasmos, etc.       
Lage, que fue galardonado en 2007 con el Premio Nacional al Fomento de la Lectura, se ha servido de toda su dilatada experiencia como profesor, bibliotecario, crítico literario, experto en animación a la lectura y escritor de varios libros de divulgación literaria, para desempolvar el diccionario –ese tocho que a menudo duerme en las estanterías a la espera de que alguien vaya a buscar el significado de alguna palabra- y plantear en torno a él variadas y múltiples actividades que puedan servir a los docentes para su trabajo cotidiano en el aula, pero también a las familias que quieran emplear el tiempo libre para jugar con las palabras, tratando así de despertar en los niños y niñas su creatividad y el gusto lúdico por el lenguaje. A ello también contribuye la inserción de fragmentos de textos literarios de diferentes autores, muy apropiados para ilustrar cada tarea que se propone.

El libro se completa con unos apéndices que incluyen citas relacionadas con el conocimiento y el lenguaje, juegos de pareados, ortografía de homófonos, y unas viñetas humorísticas. De gran utilidad es también la bibliografía, donde aparecen todo tipo de diccionarios, así como libros que contienen propuestas para jugar con las palabras y algunas novelas juveniles que tratan de divertir al lector a través del uso lúdico del lenguaje.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 23 de septiembre de 2017)