Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 17 de diciembre de 2011

En el taller de Tadanori Yamaguchi

Arte sin adjetivos

La leve reverencia con la que Tadanori Yamaguchi
saluda al visitante es uno de los pocos indicios
que avisan de que entramos en un espacio
donde trabaja un artista japonés.
Naturalmente, también nos advierten sus rasgos físicos, su nombre y el peculiar acento de su habla, pero el taller instalado en una vieja nave que hasta hace poco fue usada como carpintería, es un gran espacio donde los utensilios, las formas y los ecos no proceden del lejano oriente, sino que su origen diverso está dispuesto para crear una obra de decidida voluntad universal.
            A la inevitable pregunta de qué hace un japonés en Pravia, Yamaguchi recorre ante el visitante una azarosa secuencia de acontecimientos en cuyo origen está un simposium internacional sobre talla en granito celebrado en 1995 en Kasama (Japón). Allí conoce a un artista que se interesa por su obra y le pone en contacto con el arquitecto gijonés Vicente Díaz Faixat. En 1997 interviene en el taller “Intervenciones Contemporáneas en el Patrimonio Arquitectónico” que imparte el arquitecto asturiano, quien, después de ver su catálogo, le propone que solicite una beca para continuar su formación en España. De esta manera, Yamaguchi, nacido en Nagoya (Japón) en 1970 y licenciado en Arte Creativo por la Universidad de Arte de Kyoto, es becado en 1997 como investigador por el gobierno español para cursar el módulo de Artes Aplicadas de la Piedra en la Escuela de Arte de Oviedo. Un año después obtiene una beca para el Museo de Escultura de Candás y más tarde una subvención de la Fundación Municipal de Cultura de Gijón.
En la actualidad reside en Pravia, donde también tiene el taller en una de las parroquias que rodean la villa. Durante este tiempo ha realizado numerosas exposiciones individuales y colectivas en diferentes puntos de España y ha sido reconocido por diversos premios, entre los que destacan la mención especial en la convocatoria de proyectos de intervención artística “Madrid Abierto 2004” y “Madrid Abierto 2005”, el Premio en el concurso de ideas para la Autovía Minera (2003), el Primer premio en el concurso de ideas sobre la silla para la Revista artística Mínima (Asturias, 2003), Primer premio IV Bienal de Escultura San Martín del Rey Aurelio (2003) y Primer premio en la V beca del Museo Bartola de Gijón (2007). Además, en el año 2000 fue premiado en el concurso Advan imaginación arquitectónica de Tokyo y en 2006 obtuvo una de las Becas AlNorte que concede el diario EL COMERCIO.
Tadanori Yamaguchi afirma que no cree que haya un arte definido por los países ni por las técnicas ni por los materiales ni por los estilos. A pesar de que alguna vez le dijeron que en su obra se notaba la huella de su país de origen, no se atreve a determinar qué significa eso en realidad. Piensa que no se puede hablar de arte japonés, como tampoco de arte español o arte asturiano. “Hay un arte sin adjetivos de la misma manera que tampoco se puede concebir un artista ceñido únicamente a la pintura, a la escultura, a la fotografía o, como en la actualidad, al videoarte o al ciberarte”. Por supuesto que hay quien es sólo o principalmente pintor, escultor o fotógrafo, pero Yamaguchi no quiere etiquetas que limiten su labor como artista. Igualmente los materiales deben considerarse sólo un medio que sirva de manera precisa para la expresión de lo que el artista concibe y siente. El hierro, la madera, la piedra, el papel o el lienzo se deben adecuar al propósito concreto y único de la obra. Y aún va más allá cuando afirma que tampoco le interesa hacer distinciones entre arte figurativo, abstracto, conceptual, minimalista o de cualquier otro tipo, entendiendo tal vez que sólo son calificativos a los que recurren los historiadores o los críticos para ser más didácticos, en definitiva para enmarcar y así tal vez ayudar a explicar una obra, pero que poco tienen que ver con la propia e íntima creación del artista. “El arte es arte y punto”, concluye Yamaguchi en un castellano que en su sencilla rotundidad parece haber aprendido en las conversaciones con sus vecinos de Pravia.
Buena prueba de que estamos ante un artista sin adjetivos es la variedad de materiales que habitan el espacio donde trabaja. Lo primero que llama la atención cuando se entra en la nave son los grandes bloques de mármol que le envían desde Carrara. De esa preciada piedra blanca –que parece arrancar de la cantera italiana el espíritu que tanto atrajo a los maestros clásicos-, Yamaguchi extraerá la obra de arte que en su interior el mármol ya contiene. En un taller cerrado dentro de la nave para que el polvo blanco no contamine con su humo irrespirable todo el espacio, provisto de una máscara y unas gafas protectoras hace los primeros cortes más bastos con la sierra radial, para después ir dibujando sobre la piedra la figura que más tarde sacará con el cincel, a golpes cada vez más firmes y certeros. La apariencia de rudo trabajador, de obstinado cantero en su severo oficio de artesano, parece contradecir la finura con que se empeña en el acabado. Igualmente, la dureza de la piedra contrasta con la blandura que sugiere una figuración tierna como “La maternidad”, que realizó en 2009 –en colaboración con la escultora Castora de Diego- por encargo de la “Fundación Cerezales Antonino y Cinia” de León. (Se puede ver cómo trabaja en un video colgado  http://www.tadanoriyamaguchi.com/)
            Situado cerca de la puerta de la entrada porque las dimensiones de la pieza no permitían adentrarlo más hacia el interior de la nave, un gran bloque de granito negro traído de África aguarda que el artista se ponga con él manos a la obra. “Lo pedí justo de este tamaño y forma para hacer algo que tengo en la cabeza”, dice Yamaguchi, pero no va más allá, no quiere dar más pistas sobre lo que para él encierra esa especie de plancha de piedra de aproximadamente cuarenta centímetros de alto, dos metros de ancho y cuatro de largo. “Mi propósito es ir eliminando de la piedra sólo lo que sobra para tratar de expresar mucho con los mínimos elementos”.
            Dentro de la nave hay otro espacio cerrado que guarda a modo de exposición permanente algunas obras del artista. En la puerta, como si se tratara de una columna que flanqueara la entrada a un templo clásico, descansa en un pedestal la maqueta de hierro que Yamaguchi presentó para un concurso de ideas que se convocó hace unos años sobre el entorno del Cabo Peñas. “Pretendía ser un laberinto en forma de silbato que la gente podría recorrer y así escuchar el sonido del viento cuando soplara entre sus paredes. Sería una pieza monumental, al modo de las que concibe Richard Serra como espacios para ser paseados por la gente. Además la obra se cubriría con una gran plataforma a la que se podría subir a través de unas escaleras para poder mirar desde allí el horizonte. Quedó seleccionada para el concurso, pero no lo ganó, tal vez porque su construcción hubiera sido demasiado costosa”.
            La exposición contiene una muestra de sus obras y es en sí misma una síntesis de la variedad de su quehacer como creador. Sobre las estanterías metálicas reposan esculturas con luz interior, piezas de mármol o de granito con las que ensaya diferentes formas geométricas, varias “propuestas” de cerámica artística, algunas “existencias” talladas en piedras de alabastro, una “explosión” de hierros que surgen como el nacimiento de una célula y una serie de “cuadros escultóricos” que enmarcan juegos de formas con papeles de colores. De las paredes cuelga alguna fotografía de gran tamaño en la que una bola de papel arrugado parece flotar como una estrella más en un espacio negro e infinito.
            El trabajo con la fotografía lo lleva a cabo en el interior de una cámara oscura que ha construido en el otro extremo de la nave y donde Yamaguchi asegura que no se asoma nadie más que él, seguramente para preservar un reducto de intimidad en ese espacio tan amplio y abierto, tan expuesto a la curiosa mirada del visitante. “De vez en cuando me encierro en esta cámara, un poco para descansar del duro trabajo con la piedra y otro poco porque suelo hacer varias cosas a la vez. Me cansa centrarme en una sola cosa, y así, cuando estoy concentrado realizando alguna tarea, me surgen ideas para trabajar en otra que tengo entre manos. También se puede deber a que nunca estoy satisfecho con lo que hago, lo cual es la única forma de avanzar, de buscar el arte total, que es lo que verdaderamente te enriquece como persona”.
           
(Publicado en El comercio y La Voz de Avilés. 17 de diciembre de 2011)

sábado, 10 de diciembre de 2011

Una esquirla en el corazón


LA REINA DE LOS HIELOS
Autora: Marie Díaz
Editorial Edelvives. Zaragoza, 2011
63 páginas
Entre las cualidades de los cuentos clásicos está la facilidad que a menudo muestran para adaptarse no sólo a los modos propios de cada época, sino a la individual forma de narrar que cada persona posee. Esta capacidad se da sobre todo en los más populares, aquellos que los padres transmiten a sus hijos buscando el difícil equilibrio entre el atrevimiento de incluir algunas variaciones en el texto y el cuidado de no traicionar la esencia de lo narrado. De hecho, para contar bien un cuento hay que apropiarse de él, es decir, el narrador debe insuflarle su particular impronta para atrapar al lector o al oyente y llevárselo con él en esa suerte de rapto emocional que supone su escucha o su lectura. Así, en la transmisión oral o escrita que se hace entre generaciones se suelen añadir elementos y sobre todo eliminar aquéllos que chirríen con la sensibilidad de los tiempos. Sin duda, esta ductilidad es una virtud, pero también un riesgo, sobre todo si tenemos en cuenta cierta tendencia actual a una supuesta corrección moral en la que, para no hacer sufrir a los pequeños, nos esforzamos por edulcorar –y, por tanto, desvirtuar- los cuentos clásicos.
              No cae en ese peligro “La reina de los Hielos” de Marie Díaz, que, basado en el popular cuento de H.C. Andersen “La reina de las Nieves”, es capaz de introducir algunos cambios narrativos manteniendo los personajes, la estructura, la trama y, sobre todo, el sentido del relato original. Dividido –al igual que el relato de Andersen-, en siete historias o capítulos, esta adaptación cuenta cómo una malvada bruja llamada la Reina de los Hielos se hizo con un espejo que tenía la cualidad de reflejar de forma horrenda toda la belleza del mundo. En su afán por vencer al Sol, su mayor enemigo, el espejo se estrelló contra el suelo y se rompió en mil pedazos que saltaron por todas partes. Uno de esos fragmentos se clavó en el corazón de Kay, que inmediatamente fue transformado en hielo. A partir de entonces su amiga Freya notó cómo a Kay también se le congelaba el carácter, hasta que un día de fuerte temporal un misterioso personaje lo atrapó con sus malas artes y se lo llevó en su trineo blanco volando al interior de una recia tormenta de nieve y ventisca. Pasado el invierno, Freya sale en busca de su amigo, y para ello se verá obligada a atravesar un largo camino lleno de vicisitudes, aventuras fantásticas y sorprendentes encuentros con personajes tan misteriosos como “la anciana del jardín”, “el caballero y la doncella”, “la hija de los bandoleros” y “la anciana del Norte”. Hasta llegar al inhóspito, grandioso y frío Palacio de la Reina de los Hielos donde, si se sigue leyendo, se sabrá lo que sucedió después.
            En esta bella historia que conserva los elementos que debe contener todo cuento de hadas que se precie –el héroe (en este caso una niña), el personaje encantado, la bruja que lo seduce con su hipnotizadora mirada de hielo, las pruebas que el héroe tiene que pasar para lograr desencantar al amado, etc.- habitan “los sueños que vienen a visitar a los durmientes”.
Sería bueno que la lectura de esta fiel adaptación –ilustrada por Miss Clara con expresivos collages que añaden más belleza a la calidad literaria del texto- condujera a los pequeños (a partir de 8 años) –y a los adultos- a leer el original y de ahí seguir el hilo encantado que lleva a adentrarse en todos los cuentos de H.C. Andersen.
(Publicado en El Comercio y La Voz de Avilés. 10 de diciembre de 2011

sábado, 3 de diciembre de 2011

La guerra y sus consecuencias




 “El fuego y las cenizas"
Jorge Ordaz
Editorial Pez de Plata. Morcín (Asturias), 2011
222 páginas. 18,50 euros.
          
Con su última obra, Jorge Ordaz (escritor barcelonés afincado en Asturias) parece cerrar una trilogía de novelas “filipinas”, que inició con “La perla de Oriente” (finalista del Premio Nadal, 1993) y siguió con “Perdido edén” (1998). Si aquéllas se ambientaban en el siglo XIX, aún durante la época colonial española, en “El fuego y las cenizas” la acción se desarrolla en plena Segunda Guerra Mundial, cuando el ejército japonés desembarca en Filipinas después del ataque a Pearl Harbor.
            Estructurada en tres partes encabezadas por sendas citas de autores filipinos que escribieron en castellano –además de un prólogo y un epílogo-, la novela nos relata las “maniobras clandestinas” que van urdiendo los personajes en los momentos previos a la invasión, “el fuego” de guerra y represión que se sucede en Filipinas “bajo la férula japonesa” y “las cenizas” que van quedando esparcidas en un país y una población que se ve condenada a habitar “entre ruinas”. En Manila, llevados por un instinto depredador producto a su vez de una innata necesidad de supervivencia, se mueven personajes extremos, que son al mismo tiempo víctimas y verdugos de la situación en la que están inmersos. Son arquetipos de tantas narraciones donde se desenvuelven espías, sicarios, prostitutas, periodistas, políticos, empresarios y diplomáticos sin muchos escrúpulos, pero uno de los méritos de esta novela es que el autor ha conseguido que estos personajes-modelo aparezcan ante el lector como seres de carne y hueso, que en su deambular firme o escurridizo por los consulados, las lujosas mansiones, los clubes nocturnos o las cárceles más siniestras, sintamos con ellos el pálpito de la intriga, la crueldad de la violencia más despiadada, la viscosidad de sus traiciones o la silenciosa llama del amor. Los hechos históricos son el soporte de lo novelado, pero la realidad y la ficción están tan imbricadas en la trama que apenas se distinguen –y ya se sabe que para la verosimilitud de una novela esto poco importa- los episodios verdaderos de los inventados, de igual manera que se aprecia cómo los posibles personajes reales “dialogan” en el mismo plano con los imaginados por el autor.   
            Con un estilo literario de resonancias cinematográficas, Jorge Ordaz suele introducir los capítulos con unas referencias ambientales o históricas que enmarcan la escena que se va a desarrollar a continuación, donde la fuerza narrativa logra que el lector mantenga la atención en vilo, aquélla que se debe exigir a una buena novela que combina con maestría técnicas comunes a varios géneros: negra, espionaje, aventuras, histórica. De igual manera, en un despliegue de riqueza narrativa, el autor utiliza diferentes registros, como el diario y los diálogos escritos a modo de texto teatral.
            Hay que agradecer a Jorge Ordaz que acerque una vez más al lector español un territorio tan olvidado por la literatura –ensayística y de ficción- en castellano, más aún si tenemos en cuenta que Filipinas fue la parte más oriental de aquel imperio donde nunca se ponía el sol. Igualmente hay que celebrar el valor –en el doble sentido de valentía y buena cualidad- de la joven editorial asturiana “Pez de plata”, no sólo por el especial cuidado que presta a la  edición de sus obras, sino por la singular apuesta que hace por ilustrar sus libros. En este caso hay que destacar los expresivos dibujos en blanco y negro de Enrique Oria, que, como si fueran planos cinematográficos, ilustran espléndidamente esta estupenda novela de Jorge Ordaz.  
(Publicado en Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 3 de diciembre de 2011)


           







viernes, 11 de noviembre de 2011

sábado, 1 de octubre de 2011

Polizones en "El libro de las maravillas"



MARCO POLO NO FUE SOLO
Autores: Pilar Lozano Carbayo y Alejandro Rodríguez
Editorial: Bruño
Madrid, 2011
158 páginas

 

            Mateo es un chico de ocho años que sobrevive como aprendiz de zapatero en la Venecia del final del siglo XIII. En los recados que suele hacer por la ciudad -que presume de ser la más animada y rica del mundo- se entretiene escuchando las extraordinarias historias que cuentan los viajeros que vuelven de Oriente. Hablan de la existencia de terribles animales de dos cabezas, de feroces guerreros más altos que una iglesia y de algo tan extraño para un veneciano como la nieve, ese inimaginable “manto blanco y helado que cae desde el cielo”. Mateo, enredado de pronto por las malas artes y las pillerías de una niña llamada Patrizia, se embarca como polizón nada más y nada menos que en la galera que lleva al joven Marco Polo hacia Oriente. Con él –escondida en un baúl de pescado en salazón- ha subido también a bordo Patrizia, quien asegura tener poderes mágicos. De esta forma, los dos jóvenes comienzan a vivir una serie de aventuras donde, tras servir como criados de los tripulantes del barco y como escuderos de un caballero un tanto chiflado por las cruzadas, se ven obligados –por petición desesperada de la familia de Marco Polo- a pasar unas pruebas para poder hacerse con aceite de las lámparas del Santo Sepulcro de Jerusalén. Para ello tienen que demostrar –ante los excéntricos monjes que custodian el santo lugar- que son portadores de tres cualidades muy comunes, pero difíciles de hallar a la vez en una sola persona: inteligencia, bondad y valentía. ¿Conseguirán hacerse con el aceite sagrado? Es el reto al que se tienen que enfrentar para que de esa forma la familia de Marco Polo cumpla la exigencia del Gran Kan, emperador de China, para poder regresar a su corte.  

            En esta novela histórica para pequeños (a partir de 9 años), los autores imaginan que las aventuras de Mateo y Patrizia forman también parte de “El libro de las maravillas”, que fue dictado por Marco Polo a su compañero de celda cuando –por culpa de la guerra entre Venecia y Génova- fue apresado en 1298 a la vuelta de su viaje a Oriente. Así, a través de las peripecias de los personajes -que combinan bien el misterio y el humor- los jóvenes lectores podrán descubrir tanto las maravillas de Oriente como la vida y costumbres de la Edad Media.

            Con esta novela Pilar Lozano Carbayo y su hijo Alejandro Rodríguez han ganado el Premio Lazarillo 2010, que concede la Organización Española para el Libro Infantil y Juvenil, patrocinado por el Ministerio de Cultura. La autora ha escrito una quincena de libros de narrativa, poesía y teatro, alguno de los cuales han sido galardonados con premios en el ámbito de la LIJ. Un cierto afán didáctico del libro se refleja en el glosario que se incluye en las páginas finales. Hay que destacar las ilustraciones de Jordi Vila Delclós, pues poseen tal calidad artística que se podrían valer por sí solas para narrar visualmente lo que cuenta el texto.

 (Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 1 de octubre de 2011)

sábado, 3 de septiembre de 2011

El secreto del bosque



 

DIENTE DE LEÓN
Mónica Rodríguez
Editorial Edelvives. Zaragoza, 2011

 

 

            El secreto está en el bosque. En el bosque real o imaginario de la infancia siempre habita un secreto, un misterio en el que la mayoría de los cuentos clásicos indaga. A menudo en estos cuentos un joven protagonista debe adentrarse en el bosque para encontrar el secreto y de esa manera encontrarse a sí mismo. Es la resolución del enigma o del misterio lo que le hace crecer, un paso que forzosamente ha de dar para despertar a la vida. Pero de este proceso de iniciación no se sale indemne, pues de entre los riesgos que uno debe afrontar –el miedo a lo desconocido, el impulso temerario, la traición a lo que más se ama, la irrupción del odio, la posibilidad del fracaso-, es inevitable enfrentarse al mayor de todos ellos: el dolor de saber que para hacerse el dueño del secreto es ineludible pagar –y ya para siempre- el consabido precio de la pérdida de la inocencia.

            De este proceso de transición trata fundamentalmente la deliciosa novela con la que Mónica Rodríguez acaba de ganar el Premio Ala Delta, galardón que se une a otros concedidos a otras obras, como el Premio de la Crítica de Asturias en LIJ en 2007 por “Los caminos de Piedelagua”. Nacida en Oviedo y licenciada en Ciencias Físicas, desde hace algún tiempo disfruta de una excedencia en su trabajo para dedicarse solamente a escribir para los más pequeños. Buena prueba de ello es la decena larga de libros publicados, entre ellos la serie Candela (Anaya).

            Además de lo señalado, en “Diente de león” interesa resaltar el atrevimiento de la autora para utilizar –en una obra destinada a niños a partir de 10 años- una estructura narrativa en la que se alterna la historia (en un contexto actual) de Manuel, un jubilado que por casualidad se encuentra con una anciana enferma en un hospital, con el relato (ambientado en la posguerra) sobre un importante acontecimiento de su infancia que durante varios días el mismo Manuel le irá contando a Nicolasa, la anciana que en silencio le escucha en la cama del hospital. Ahí aparece la necesidad de contar como una forma de confesión que saque a la luz sus fantasmas del pasado, sobre todo el sentimiento de culpa que aún sufre por una traición involuntaria, lo cual le permitirá a Manuel una nueva transición, la definitiva para afrontar en paz un futuro que cada vez se le hace más corto. Sin embargo, en ese tiempo que aún le queda puede contar con el recuerdo de las manos de Mirta (la amiga del bosque) y Nicolasa, que le han “hecho volar como un diente de león por el aire”.

La emocionada elegancia del texto, que se pincela a menudo con la belleza de imágenes poéticas, se complementa bien con la sobriedad narrativa de las ilustraciones en blanco y negro de Ximena Maier.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 3 de septiembre de 2011)

sábado, 6 de agosto de 2011

El mayor espectáculo del mundo



TRES TRUCOS DE MAGIA
Textos: Eva Mª Alonso Ruisánchez
Ilustraciones: Dolores Álvarez Quesada
Editorial: Diputación de Badajoz. 2011
Páginas: 77



            En las reseñas de libros de Literatura Infantil y Juvenil habitualmente se deja para el final la obligada mención a las ilustraciones que acompañan al texto, lo cual muchas veces es injusto, pues la calidad de las mismas exigiría una referencia más destacada en el comentario que se hace sobre la obra. Es el caso del libro que nos ocupa, donde se nos impone ya desde el principio resaltar la relevancia que tienen las ilustraciones para disfrutar por entero de la calidad del cuento. Por ello no es de extrañar que el libro acabe de recibir el Premio de Cuentos Ilustrados de la Diputación de Badajoz, cuyo jurado valoró “el aspecto ingenioso, imaginativo y divertido de la obra”, así como las ilustraciones “realizadas en la línea de Tim Burton”. En efecto, los dibujos de la asturiana Dolores Álvarez Quesada recuerdan en sus exagerados rasgos –piernas como palillos, grandes ojos que destacan en medio de cabezas desproporcionadas- y en el llamativo gesto de los rostros, el escalofriante expresionismo de las animaciones del cineasta norteamericano. El sencillo trazo que define a cada personaje se destaca por medio de un detalle –la narizota roja del payaso, las gafotas del niño científico, los enormes bigotes del dueño del circo, el rizo del aprendiz de mago, etc.-, pero ¿cómo se dibuja un niño partido por la mitad o un personaje invisible? Para saberlo y sobre todo para captar la emoción de las imágenes, habrá que adentrarse en la magia que nos ofrece este maravilloso libro.

            El texto escrito por la también asturiana Eva Mª Alonso Ruisánchez tiene todos los ingredientes que se debe exigir a un buen cuento infantil: la calidad de una escritura sencilla –que no simple- plagada de ocurrentes diálogos que hilan la trama de una forma natural, la imaginación puesta al servicio de lo que muchos niños alguna vez han soñado y a la vez temido, el humor -disparatado o sutil- destinado a divertir a lectores inteligentes (que son todos los que tienen la costumbre de leer), y la aparición de situaciones sorprendentes que tal vez pondrán la piel de gallina a algunos padres –o maestros- demasiado preocupados por alejar a los niños del “peligro” de enfrentarse a ciertos miedos que, sin embargo, seguramente harán las delicias de los jóvenes lectores (a partir de 8 años), atraídos siempre por el desasosiego que provocan las emociones a las que les llevan los temores más profundos (abandono de los padres, pérdida de la integridad física, etc.).

            De los tres trucos de magia a los que alude el título del libro se da cuenta en tres capítulos distintos en los que tres niños –cada uno por su lado- son protagonistas de tres acontecimientos extraordinarios. Las historias se entrecruzan en una divertida sucesión de aventuras más o menos disparatadas, llenas del ingenio y la imaginación que conlleva la magia, a través de la cual nos introducimos en el maravilloso mundo del circo, bajo cuya carpa –como se dice en el texto- “siempre son felices los niños”.

            Hay que resaltar la importancia de las instituciones públicas en el fomento de la creación a través de premios y certámenes que den la oportunidad de desarrollar nuevos valores literarios y artísticos. En este caso, es necesario reconocer a la Diputación de Badajoz la primorosa edición de esta obra de LIJ en la que se da a conocer a dos jóvenes creadoras asturianas, que gracias a ello ya son una feliz realidad en el campo de la literatura y la ilustración.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 6 de agosto de 2011)

sábado, 9 de julio de 2011

Juan Farias o la aventura de escribir


 
Juan Farias


 

            Hace apenas un mes fallecía Juan Farias Díaz-Noriega, un escritor que traemos a este rincón de “Páginas para pequeños” por su relevancia en la Literatura Infantil y Juvenil española del último medio siglo. Nacido en 1935 en Serantes (La Coruña), de madre gallega y padre asturiano, su vida, como la de tantos otros, se vio marcada por las dramáticas consecuencias de la contienda civil y la posguerra. La profesión de su padre (ingeniero militar) obligó a la familia a un peregrinaje por diferentes ciudades, lo cual parece dejar una huella para determinar su futura afición por los viajes. De hecho, ya a los 15 años decide embarcarse de grumete en un velero que se dedicaba a la pesca del bacalao por la costa irlandesa. Así empieza su carrera como marinero, que, en diferentes singladuras, le llevará a dar tres veces la vuelta al mundo en el mítico “Juan Sebastián Elcano”.

            De esta experiencia marinera sacará la materia para su posterior carrera como escritor, pues gran parte de su obra huele a mar y salitre, a recuerdos de aventuras ocurridas a bordo de un barco o a la orilla siempre misteriosa del mar. En este sentido, seguramente no será casual que su primera novela (“Después amanece”) la escriba en Canarias –rodeado de agua- y que reciba en 1960 el Premio de Narrativa de la Universidad de La Laguna. Será el primer galardón de una larga serie de reconocimientos en su dilatada trayectoria como escritor. Entre estos premios cabe destacar  el Premio Ciudad de Oviedo en 1964 por “Los niños numerados”, Finalista del Premio Nadal en 1966 por “Los buscadores de agua”, Premio Nacional de Televisión en 1972 como guionista de la serie “Crónicas de un pueblo”, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 1980 por “Algunos niños, tres perros y más cosas” y Primer Premio Iberoamericano de LIJ en 2005 al conjunto de su obra.

            Su estilo se caracteriza por un realismo próximo al costumbrismo (“suelo escribir sobre la gran aventura: lo cotidiano”), con personajes populares (“son historias que ocurren en un mundo habitado por gente común”), trazado por medio de una prosa concisa y natural, pero provista de una sugerente originalidad, de una suerte de poesía que a menudo se adentra en los territorios de la imaginación y la fantasía. El tema que subyace en la mayoría de sus obras es el amor (“querer, amar, es mi cuento preferido”), introducido en una trama que tiende a la transgresión, a la insobornable intención de contravenir las normas más convencionales.  
 

            De los libros dedicados por Juan Farias a la LIJ, destacamos a partir de 6 años: “Las cosas de Pablo” (SM, 1993), “Cuando Arturo se escapó de casa” (Edelvives, 1993); a partir de 9 años: “Algunos niños, tres perros y más cosas (nueve cuentos)” (Oxford, 2006), “Un cesto lleno de palabras” (Anaya, 2000), “Por donde pasan las ballenas” (Espasa, 1997), “El grumete” (Espasa, 1992), “Un tiesto lleno de lápices” (Oxford, 2004); a partir de 12 años: “A la sombra del maestro” (Alfaguara, 1995), “Los corredoiras” (Gaviota, 2003), “Crónica de la Media Tarde” (Trilogía compuesta por “Años difíciles”, “El barco de los peregrinos”, “El guardián del silencio”, Ed. Gaviota 1996), “Ronda de suspiros” (Gaviota, 2003), “El último lobo” (Everest, 2003), “Por tierras de pan llevar” (Gaviota, 1999); a partir de 14 años: “Ismael, que fue marinero” (Everest, 2000), “Los niños numerados” (Lóguez, 1996), “El paso de los días” (Alfaguara, 2000), “Los pequeños nazis del 43” (Lóguez, 1987). La mayoría de ellos cuentan con estupendas ilustraciones, como “El árbol, el árbol y el camino” (SM, 1994), que obtuvo el Premio Internacional de álbum ilustrado por las colaboraciones de Juan Ramón Alonso.

            En su “Autorretrato”, incluido en su libro “Los buscadores de agua” (Caralt, 1966), Luis Farias decía: “Sé lo que quiero. Lo conseguiré si no estiro la pata antes de tiempo”. Me permito afirmar que seguramente consiguió lo que quería, a pesar de haber fallecido, para todos los amantes de la LIJ, antes de tiempo.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 9 de julio de 2011)
 

sábado, 2 de julio de 2011

En el taller de Purificación Trabanco

Ventanas hacia el interior

Parece que de Peñaflor (Grado), donde nació Purificación Trabanco,
se ha traído la artista un pequeño jardín para situarlo justo
debajo de la ventana de su taller en Oviedo,
con la intención de siempre seguir habitando en el origen,
en aquel rincón de la infancia al que se asoma en cada obra.

Como fiel integrante –y fundadora- de la Asociación Cultural Artística Panta Rei, la actividad artística de Purificación Trabanco fluye continuamente de la pintura a la escultura, de lo figurativo a lo abstracto, de la tradición a la vanguardia, de lo cotidiano a lo extraño, en definitiva de la necesidad de abarcar en cada obra la unicidad que concrete –y amplíe- a los contrarios.
“Empecé en el taller de César Pola haciendo paisajes”, dice Purificación Trabanco, “como algo natural que tenía que ver con el mundo rural en el que había nacido y vivido cuando era niña. Curiosamente, los paisajes siempre tenían un camino, que era como una especie de salida del cuadro o un sitio por donde seguir”. Ahora, desde la ventana del taller donde trabaja todas las tardes, también se ve un camino, aunque tal vez no tan bucólico –o tan misterioso- como los que pintaba en sus primeros cuadros. Es la avenida plagada de coches que van y vienen del Occidente, desde o hacia la carretera de Grado, a la que algunos llaman de Galicia. Pero el tráfico que rueda afuera se amortigua a este lado de la ventana con la música clásica que continuamente sale de la pequeña radio que está sobre la mesa del estudio.
“También casi al mismo tiempo que hacía los paisajes, comencé a hacer en unos cursos que se impartían en Taller 3 (Escuela Municipal de Artes Plásticas del Ayuntamiento de Oviedo) unas bolas graciosísimas de cerámica con insectos, tal vez porque siempre he sentido una curiosa atracción por los bichos”. Para demostrarlo enseña un cuaderno donde ha ido dibujando insectos, como si se tratara del cuaderno de campo de un entomólogo. “Pero fue en el Taller Experimental de Humberto donde aprendí nuevas técnicas artísticas y a manejar diferentes materiales que me permitieron realizar una serie de obras más atrevidas, pero a la vez, creo, sin dejar de ser cercanas a un mundo que me ha sido propio desde siempre. Por ejemplo, a mí me gustaba hacer cacharros de cerámica: vasijas, cuencos, tazas…, es decir, utensilios cotidianos hechos de barro, de forma artesanal a partir de gres blanco. Pero en un momento dado, voy introduciendo esos cacharros en grandes piezas construidas con madera y cristal. De ahí surge la idea de la colección que llamé “Acumulaciones contenidas”, donde voy añadiendo diversos materiales, como madera, cerámica, cristal, cera y pintura”. De esta forma, Purificación Trabanco hace confluir una estética más tradicional basada en una suerte de representación hiperrealista de los objetos más comunes de su entorno con una vocación más decididamente experimental. A la vez es como si la artista sintiera la necesidad de crear piezas que no agoten sus posibilidades en la utilización de un solo elemento y se dejara llevar por una inclinación a trabajar con todos los materiales que la propia obra le sugiera. Pero, como bien dice el nombre dado a esta colección, las acumulaciones no se amontonan de una manera confusa y desordenada, sino que lo que más las define es precisamente la contención, es decir, el ajuste preciso de todos los elementos al sentido evocador –o provocador- que la artista insufla en cada pieza.
En una de las estanterías del taller, pequeñas figuras humanas de cerámica reposan en diferentes posiciones: sentadas sobre una balda con los pies colgando hacia el vacío, tumbadas de costado o de espaldas, curvadas en posturas de descanso imposible. Las figuras no parecen estáticas, sino que en su aparente inmovilidad dan la sensación de verse abocadas a buscar continuamente el equilibrio al que les obliga su misma condición inestable. “Ese equilibrio también está en las propias figuras cuando las he metido en las cajas con las que he realizado algunas esculturas –dice Purificación Trabanco-. En esas piezas los hombrecillos parece que danzan, que se mueven buscando una armonía, un equilibrio que tal vez no tienen por sí solos”. También sugiere la idea de la fragilidad de las formas, de cómo al juntarse las pequeñas figuras humanas dentro de la caja de la escultura se mezclan hasta casi confundirse, hasta difuminarse los límites de los cuerpos en una amalgama de posturas a la vez opuestas y complementarias. ¿Con estas piezas pretende la artista plasmar la idea de que sólo en la aglomeración de las formas –por si solas ensimismadas en su inestable posición-, en el contacto e incluso en la unión de los cuerpos, podemos abandonar la fragilidad que nos define como humanos? ¿O tal vez esa propia necesidad de tener que lograr el equilibrio a través de la fusión de los contrarios es la que más nos aterra –a todos los hombrecillos atrapados en el interior de las cajas- al hacerse más visible aún la absoluta derrota de su soledad?
Entre los objetos que se encuentran por la mesa o en las estanterías, Purificación Trabanco enseña unos “Libros de artista”, donde aparecen también unos hombrecillos en diferentes posiciones, como si quisieran alcanzar o seguir algo que se hallara tras una ventana abierta en el papel. “En casi toda mi obra, ya sea pintura, escultura o en estos cuadernillos que hago, pongo alguna ventana. Es como los caminos que siempre hacía en mis primeros cuadros de paisajes”. En estos libros, las ventanas abiertas son pequeños cuadrados a los que parecen intentar asomarse las figuras humanas que andan por allí. En las esculturas, la ventana es la propia pieza, la caja con cristal a la que se asoma el espectador de la obra para ver las cerámicas que la habitan: hombrecillos, utensilios, cacharros que se han deformado o roto forzados por la acumulación a la que obliga el límite del espacio. En los cuadros, las ventanas rompen la geometría trazada con diferentes colores, tonos y matices para componer, a través de un elaborado juego de luz y sombras, una múltiple perspectiva de líneas y formas que pugnan por salir de los límites de la propia pintura.
“También se puede decir que tenía ventanas la pieza que me premiaron en Luarca. Se llamaba “Lectura de color” y se trataba de una especie de silla con respaldo alto, hecha con madera y plomo. Estaba pintada con colores que formaban unos cuadrados que sí, que bien pudieran semejarse a ventanas”. Con esta obra Purificación Trabanco ganó el Primer Premio de Escultura XXX Certamen Nacional de Arte de Luarca en 1999. Es curioso pensar en poder sentarse en una silla con un respaldo que nos sugiera una ventana, un espacio por el que, si nos giramos, podamos asomarnos a lo que hay al otro lado, quizá a la propia vida que nos va dejando por la espalda. Además de en el Ayuntamiento de Luarca, algunas obras suyas están en la Facultad de Derecho de la Universidad de Oviedo, en el Hospital Comarcal de Jarrio (Navia) y en colecciones particulares. Ha realizado numerosas exposiciones individuales y colectivas en diversas salas, galerías y centros de cultura, de las que, aparte de las realizadas en Asturias, cabe destacar las llevadas a cabo en Santander, Cáceres, Madrid, Gante (Bélgica) y Essen (Alemania).
Enseña Purificación Trabanco un cuadro enorme en el que aparece pintada una pila de utensilios blancos colocados en un difícil equilibrio. Es como la pintura de una obra escultórica a punto de venirse abajo, una montaña de cacharros que amenaza en su inevitable e inminente caída con un estruendo que apague para siempre la serenidad que se respira en el taller. “Últimamente siento que me interesa continuar más con la escultura, pero sin dejar totalmente de lado la pintura. De hecho, he empezado a experimentar con manchas de tinta, óleo y acuarela, siempre con un insecto colocado por ahí, como revoloteando”, dice la artista, mientras enseña un cuadro que al visitante le recuerda las manchas del test de Rorschach, con su capacidad de despertar en el observador sueños, deseos o temores, pero también la de sugerir la visión de nuevos mundos, que a menudo no son más que un reflejo de aquellos primeros paisajes a los que nos asomábamos –siempre a través de la ventana- en la infancia. Las ventanas de ahora son los caminos de los primeros paisajes. O los caminos de entonces son las ventanas de ahora, la misma ventana por la que se ve la carretera que lleva a Galicia, es decir, por la que sigue la artista en su viaje interminable a Peñaflor.
 (Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 2 de julio de 2011)

sábado, 11 de junio de 2011

Clásicos para niños



            La mayoría de las editoriales que dedica toda o parte de su producción al público infantil cuenta en su catálogo con algunos títulos o una colección entera en la que se adaptan obras de la literatura clásica para que sean accesibles a los más pequeños. Es, sin duda, una labor encomiable, pues a menudo la profusión de nuevos títulos provoca tal inundación del mercado que ahoga también las obras que siempre deberían permanecer a flote. Con las novedades que pueblan las librerías suele pasar, como en la metáfora de los árboles y el bosque, que al hacerse continuamente más visibles en la primera línea de las estanterías, tienden a ocultar el frondoso y rico bosque de la literatura clásica. En el empeño de las editoriales por no olvidarse de estos libros de referencia contribuyen, claro está, los planes de estudio, que suelen aconsejar a los profesores los textos que los alumnos deben leer en sus clases de lengua y literatura.

            Para facilitar este acceso de los jóvenes lectores a la literatura clásica, la editorial Edelvives creó hace unos años la colección Adarga (haciendo referencia y, por tanto, homenaje al inicio del “Quijote”). Con la colaboración de algunos autores actuales de prestigio ha ido sacando trece títulos, dedicado cada uno de ellos respectivamente a Espronceda, los hermanos Machado, el Mío Cid, Larra, Galdós, el Conde Lucanor, Miguel Hernández, los poetas del 27, la poesía castellana del siglo XV, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Gabriel Celaya y, cómo no, el Quijote.
 

            Los dos últimos títulos que han aparecido en esta colección son “Una sed de ilusiones infinita” (Antología de Rubén Darío) y “Vivir es fácil” (Antología de Gabriel Celaya). La selección de los poemas del autor nicaragüense ha estado a cargo del poeta granadino Luis Muñoz, quien, después de una breve introducción, organiza la antología en torno a cinco temas: Niñas y mujeres, El jardín interior, Animales, Retratos y La poesía. En su lectura, que bien puede hacerse en voz alta para deleitar el oído del niño con la bella musicalidad de los poemas, resuena el amor, las imágenes fantásticas, el mundo interior del poeta, los animales cercanos o exóticos, los retratos de personajes admirados (Machado, Juan Ramón, Cervantes…) y, en fin, la emocionada y feliz aventura de la poesía del autor más importante del Modernismo.
 

            La antología de Gabriel Celaya –oportuna por celebrarse este año el centenario de su nacimiento- está preparada por el también poeta Felipe Juaristi. Como en el libro anterior, se presenta una breve semblanza del poeta y de su obra para, posteriormente, agrupar los poemas bajo cinco epígrafes: Coplas y canciones, El hombre, La tierra, La vida y La mar. Los niños podrán disfrutar con la lectura de cantares y romances de raigambre popular, del amor del poeta hacia algunos personajes (su mujer Amparitxu, Picasso, Charlot…), de la contemplación de los paisajes urbanos y rurales de su tierra vasca, de la alegría de vivir en un mundo que a cada paso nos asombra, y del mar –de la mar- como realidad y metáfora de la existencia.

            Hay que destacar la cuidada edición de todos los títulos que forman esta colección, encuadernados con tapa dura e ilustrados por autores que saben complementar perfectamente la cualidad individual de cada autor y su obra.

 
(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 11 de junio de 2011)

sábado, 14 de mayo de 2011

Cómo se hace una novela


MUJER MIRANDO AL MAR
Ricardo Gómez
Editorial SM. Madrid, 2010
128 páginas


             En uno de sus habituales paseos por el Rastro de Madrid, un escritor se ve atraído por una vieja carpeta roja que se expone en un puesto de fotos y postales antiguas. El letrero que aparece sobre la superficie de la carpeta (Cartas. Gaspar Baraona. 1954) y sobre todo lo que encuentra en su interior (un puñado de cuartillas mecanografiadas), le hacen pensar en la posibilidad de imaginar una historia a partir de esa colección de cartas. Apenas sin regatear el desorbitado precio que el dueño del puesto pide por la carpeta, se hace con el codiciado tesoro que dará lugar a la historia que el autor nos cuenta a continuación.

            Como si se tratara de un pequeño manual para enseñar a los más jóvenes cómo se hace una novela, Ricardo Gómez va desgranando las cuestiones que se plantea un escritor cuando se encuentra ante un material real que es susceptible de convertirse en ficción. Las cuartillas de la carpeta forman un largo poema narrativo que cuenta una historia de amor enmarcada en el duro y trágico ambiente de la posguerra. El material –los papeles mecanografiados- existe en las manos del escritor, ¿pero existió en verdad lo que cuenta? ¿El poema, como en los romances antiguos, glosa un acontecimiento real o es sólo la plasmación de una aventura inventada? En definitiva, para conseguir lo que el autor se propone, esta disyuntiva sobre la realidad y la ficción, sobre lo verdadero y lo falso poco debe importarle, a pesar de que para convertir la historia en novela se empeñe en indagar sobre los supuestos hechos reales. Con este afán, el escritor hace un viaje al territorio donde cree que se sitúa lo narrado en el poema, con la esperanza de encontrar algún indicio que le ayude a desarrollar la trama que quiere contar. Después de un periplo más o menos detectivesco, que sirve al autor para trasladarnos a algunos tristes acontecimientos de la contienda civil y de la posguerra, el escritor vuelve a casa sin añadir más datos a los que ya de por sí contienen las cuartillas, pero imbuido del ambiente propicio para escribir la historia que le ha sugerido su lectura.

            Ricardo Gómez, que logró con esta preciosa novela el Premio Gran Angular 2010 de Literatura Juvenil, consigue dar una vuelta de tuerca en las novelas dedicadas al público juvenil, pues a través del escritor-personaje hace un planteamiento metaliterario, en el cual se va reflexionando “sobre qué huellas reales se construye la ficción”. A ello también contribuyen los amarillentos facsímiles de los poemas encontrados en la carpeta, que se van insertando en el texto narrativo donde se cuentan las pesquisas que lleva a cabo el autor. En la estela de la novela Soldados de Salamanina, de Javier Cercas, Ricardo Gómez cuenta cómo va escribiendo la novela a la vez que indaga sobre la trama real de la misma. Al final del libro, en apenas treinta páginas se narra en tercera persona la historia de amor y duelo que desde el principio el escritor-personaje se ha empeñado en contar.

Sin duda, este libro será del agrado de los jóvenes lectores interesados en las cuestiones formales de la literatura, sobre todo aquellos que ya están pensando en escribir su propia historia.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 14 de mayo de 2011)

sábado, 30 de abril de 2011

En el taller de Daniela Zanzoni

La elegancia del espacio



“Me imagino mi obra expuesta en grandes espacios minimalistas”,
afirma Daniela Zanzoni en el taller desde el que casi se pueden ver,
a través de un ventanal orientado al mediodía, los blancos costillares
que el arquitecto Santiago Calatrava concibió para llenar el espacio vacío
donde se ubicaba en Oviedo el campo de fútbol de Buenavista.

Como estamos acostumbrados a leer en las novelas románticas –y raramente sucede en la vida real-, Daniela Zanzoni dejó su Roma natal por amor. Allí había estudiado en el Liceo Artístico y en la Facultad de Arquitectura, donde obtuvo el título de Arquitecto, y allí había empezado a trabajar en el estudio de arquitectura de su padre cuando un asturiano, que cursaba Filosofía y Letras, hizo que su mirada cambiara las nobles ruinas de la antigua capital del Imperio por las piedras cubiertas de verdín del Prerrománico Asturiano. Al fin y al cabo, se trataba de cambiar de lugar, pero apenas de espacio, pues a ambos territorios los unía –y los une- una parecida arquitectura.
En las paredes del taller cuelgan los títulos expedidos por la Universitá di Roma, que avisan al visitante de que la formación de la artista exige conceder un valor privilegiado –en su obra y en su lugar de trabajo- al orden y al equilibrio de las formas. Frente a la entrada, una reproducción del Guernica de Picasso, reinterpretado por la propia Daniela con un pequeño cuadrado rojo que en medio de la obra rompe la monotonía de los grises, enmarca el taller desde la multiplicidad de perspectivas que trasluce el cubismo y se convierte en referente de las geometrías que habitan el espacio. La disposición de las mesas de trabajo acota el lugar a la vez que sus superficies blancas ocultan a ratos la colorida cuadrícula que forman las baldosas del suelo. En la estantería reposan, colocados en horizontal o vertical, libros y revistas de arte, bocetos para nuevas ideas y pequeños cuadros de alguna época anterior, donde figuras recortadas en cartón parecen querer escaparse de un laberinto entramado de hilos. De un libro que abre Daniela aparecen también formas recortadas, arquitecturas en miniatura que surgen del interior troquelado de las páginas.
            A través de la ventana que está justo encima de su mesa de trabajo, se ve la línea de la calle sobre la que se yergue la verticalidad de los edificios de enfrente, los que ocultan la visión del Calatrava. “El afán de las ciudades por hacerse con obras de famosos arquitectos tiene que ver con el deseo de proporcionar una identidad a una ciudad que no la tiene. A Bilbao ya no se la puede entender sin el Gugenheim, que le dio una identidad propia. Quizá también le suceda lo mismo a Avilés con el Niemeyer, pero no todas las ciudades tienen por qué seguir ese camino. Oviedo ya tenía y tiene una identidad con la catedral y los monumentos del prerrománico. Y que conste que a mí me gustan las obras de Santiago Calatrava, la luminosidad y limpieza de sus líneas, pero no este Calatrava”, advierte Daniela Zanzoni en un castellano casi perfecto, tan solo mejorado por la dulce sonoridad de su acento italiano.  
            “Realmente lo que hace falta en Oviedo son más espacios donde poder hacer exposiciones. Por este motivo, para tratar de difundir nuestras obras, creamos hace años la Asociación Cultural Artística Panta Rei”, explica. El grupo lo forman Paz Balmori, Pedro García, Agustín García, Puri Trabanco, Teo Hernando y Daniela Zanzoni. Se conocieron en el “Taller Experimental de Humberto”, donde Daniela asegura que adquirió una nueva visión de concebir el arte, una idea que contribuyó de manera decisiva a su afán por experimentar continuamente con nuevas formas artísticas. Seguramente es la misma visión que hace que cada miembro del grupo desarrolle su propia obra desde una propuesta absolutamente individual, sin más vinculación con el resto que la innegociable condición de ser independiente.
            En su afán de constante innovación, la obra de Daniela Zanzoni ha pasado por diferentes etapas. Una inicial fase expresionista a la que sucede en 1997 la experimentación con las formas geométricas en la que, bajo la denominación de Planoetrías, investiga con “volúmenes que evolucionan en un único plano”. En el año 2000, tal vez sugerida por la redonda cifra del cambio de siglo, empieza una etapa que la propia Daniela califica de “Desmaterialización”. En ella introduce el ordenador, herramienta de trabajo que en esos años aún pocos artistas se atreven a utilizar, lo cual supone un cambio radical en la evolución de su obra: “La introducción de la impresión digital en material transparente que me permite crear formas etéreas que se disuelven y desvanecen en el espacio”. El empleo de acetatos transparentes superpuestos sobre una superficie roja, blanca o negra da una idea de volumen, de una forma tridimensional dispuesta para que cambie según las múltiples perspectivas que pueda, caprichosamente, contemplar un observador inquieto. Así, el cuadro pasa de ser un clásico soporte estático a convertirse en un espacio variable, dotado de la cualidad dinámica que le otorga el espectador en movimiento. De esa interacción entre el objeto y la mirada surgen “las formas que se deshacen, la pesada materia que se desvanece en sus contornos, en definitiva, la muerte de la forma”, explica Daniela.
            En el año 2004 da un paso más en su investigación con las formas creando espacios donde la luz emerge como la característica primordial de la obra. Llama a esta propuesta “Et fiat lux”, evocando las primeras palabras del Génesis, con lo cual parece querer cumplir la función principal del creador: dar luz, iluminar desde una nueva mirada las formas que habitan el mundo.
            Arrinconadas en un pequeño cuarto que tiene junto al lugar de trabajo, están las obras que le van quedando de las numerosas exposiciones en las que ha participado. Aparte de Oviedo, Gijón, Avilés y otros puntos de Asturias, ha expuesto individualmente en galerías de Madrid, Cáceres y Valencia, y ha formado parte de exposiciones colectivas en galerías, salas de arte y centros de cultura de media España, participando asimismo en 2004 en la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Turín (Italia) y en 1997 en la Galería Cataluña de Gante (Bélgica). “Sí, he expuesto en muchos sitios”, deja caer Daniela como quien dice, rutinariamente, que ha estado paseando por el parque, con una modestia que es el fiel reflejo de la suavidad con la que se mueve por el taller, seguramente también consecuencia de una manera de ser en la que quita importancia a todo lo que no sea el mero hecho de trabajar e investigar con las formas. “A mí lo que más me interesa es poder estar aquí todas las tardes haciendo lo que más me gusta”, dice Daniela, ahora sí, ahora con el brillo del entusiasmo en su cara.
            Por eso también cuesta que se refiera a los certámenes, premios y menciones que ha recibido. Baste decir que, con motivo de la consecución de alguno de estos méritos, hay obras suyas colgadas en las paredes de la Junta General y de la Consejería de Cultura del Principado de Asturias, en la Comunidad de Madrid, en la Diputación de Cáceres, en la Caja de Ahorros de Asturias y en la Feria Internacional de Arte de Turín.
            Pero, como dirían sus antepasados, Daniela Zanzoni no se duerme en los laureles y, siguiendo al pie de la letra el nombre del grupo del que forma parte, tiene presente que tanto en la naturaleza como en el arte “todo fluye”, con lo cual su pensamiento inquieto –a pesar de la tranquilidad que transmite su persona- le lleva a seguir investigando. “Tengo la sensación de que se agotó lo que estaba haciendo y que a partir de la última exposición que acabo de hacer en la galería Dasto, estoy en un período de reflexión en el que quiero dejar la impresión digital y volver a trabajar con materiales más tradicionales: papel, cartulina, libros, hilos… Todavía no sé si de todo esto saldrá algo que merezca la pena”, duda Daniela mientras enseña sus últimos trabajos: Libros o revistas a los que ha cortado en tiras las páginas, una herida de la que brota, formando una creciente melena de hilos negros, la sangre de las palabras, la propia tinta que, gota a gota, va formando un charco –imaginario o real- sobre el suelo cuadriculado del taller. “Investigo nuevas maneras de destruir las formas”, dice Daniela Zanzoni, bajando la voz para que pueda escucharse la música clásica que, en sus precisas notas, rubrique la elegancia del espacio que habita.
(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 30 de abril de 2011)

sábado, 16 de abril de 2011

Para animar a leer


ANTOLOGÍA DE CUENTOS Y ALGUNOS POEMAS
Juan José Lage Fernández
Ediciones Octaedro
Barcelona, 2011



            En Asturias tenemos la suerte de contar con uno de los mayores expertos en Literatura Infantil y Juvenil (LIJ). Es una suerte y un privilegio, pues seguramente pocos autores podrían hacer una selección de cuentos y poemas para el público infantil con tanta solvencia como la que Juan José Lage presenta en este libro. Como profesor y bibliotecario en diferentes centros educativos de Asturias, su profundo amor por la LIJ le llevó a fundar en 1985 la revista Platero –galardonada con el Premio Nacional al Fomento de la Lectura en el año 2007- con el doble objetivo de dinamizar las bibliotecas escolares como espacio de animación a la lectura y de difundir entre la comunidad educativa la literatura que se publica para los más pequeños, es decir, la que en definitiva se dirige a todos los alumnos de los colegios.

Como consecuencia casi natural de este empeño, Lage ha ido publicando algunos libros con la intención de seguir orientando al profesorado en su difícil tarea de adentrarse en el espeso bosque de la literatura infantil y poder guiarse a través de los pocos árboles verdaderamente imprescindibles para no perderse. Así, como manuales necesarios en este intrincado –y lleno de maravillas- camino hacia la LIJ, publicó “Animar a leer desde la biblioteca” (CCS, 2005) y “Diccionario histórico de autores de la literatura infantil y juvenil contemporánea” (Octaedro, 2010). Ahora aparece, como continuación de estos libros y formando parte de una especie de trilogía sobre el fomento de la LIJ, este volumen recopilatorio de una serie de cuentos y poemas de los mejores autores.

La primera parte del libro está dedicada a la antología de cuentos e incluye cuentos de autores españoles (Gloria Fuertes, Antoniorrobles, Carlos Murciano, etc.), extranjeros (Oscar Wilde, H.C. Andersen, Gianni Rodari, etc.) y cuentos populares recogidos por diferentes autores, como Fernán Caballero o los Hermanos Grimm. El segundo capítulo es una extensa antología de poemas escritos para el público infantil, entre los que figuran algunas poesías de Gloria Fuertes, Carmen Gil y otros. En el tercer apartado del libro, Lage nos descubre su faceta más creadora al incluir unas “historias populares rimadas”, que son como pequeñas adaptaciones en verso de cuentos clásicos e incluso de la más famosa novela jamás escrita (“Esta es la historia de un caballero/y la de su fiel escudero”). En simpáticos pareados, que seguro harán la delicia de los niños, el autor se atreve a condensar en un puñado de versos la emoción y la trama de “La sirenita”, “Pulgarcito”, “Caperucita Roja” y otros cuentos que se encuentran en el imaginario común de todos los niños del mundo.

El objetivo del libro es plenamente didáctico, de manera que los profesores y los padres se puedan servir de estos cuentos y poemas para leerlos en voz alta a los niños (“la narración oral es la mejor estrategia de animación a la lectura que conozco”, afirma el autor en el prólogo) y, por tanto, contribuyan a la adquisición de su gusto por la lectura. Para completar esta propuesta, Lage incluye un cuarto capítulo donde presenta, en forma de talleres de cuento y poesía, una serie de juegos con las posibilidades del lenguaje, en las que los niños encontrarán el verdadero placer de sentir la maravilla de crear y de imaginar a través del inagotable mundo de las palabras. Concluye el libro con un Decálogo del buen contador de cuentos y una imprescindible Bibliografía Básica.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 16 de abril de 2011)

sábado, 19 de marzo de 2011

Misterios del tío Fermín




El hombre con el pelo revuelto
Daniel Nesqueens
Editorial Anaya. Madrid, 2010.
103 páginas.

            Daniel Nesquens (Zaragoza, 1967) tiene apellido de futbolista holandés y de ahí tal vez le venga la habilidad para regatear con maestría -con la elegante filigrana que inspiró siempre a los futbolistas de la selección naranja- entre las zancadillas que a menudo impone la realidad y la ficción. A la barrera de la realidad Nesqueens la sortea con una buena bolea de surrealismo que hace inútil la estirada atónita del portero. A la ficción desaforada la sujeta con el pase en corto del humor, que siempre deja sentado de culo al contrario. Esas son las claves de “El hombre con el pelo revuelto”, el libro que ha merecido el VII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil.  

Después de haber escrito un buen puñado de libros infantiles –entre ellos algunos álbumes ilustrados-, en 2008 creó la serie “Marcos Mostaza” (Editorial Anaya), cuyo protagonista es un niño de casi diez años que va contando en primera persona sus aventuras, fantasías y secretos, todo ello adobado con un peculiar sentido del humor que ha hecho las delicias de un gran número de jóvenes lectores. Otra obra a destacar en su dilatada carrera como escritor –en apenas 10 años desde que comenzó a publicar- es “Hasta (casi) 100 bichos” (Editorial Anaya), libro en cierto modo inclasificable, una especie de bestiario que disecciona -con el arma blanca del humor que permiten los absurdos verbales, las arriesgadas metáforas y los juegos de palabras- el mundo animal desde una particular visión que, aparte de a los niños, ha hecho reír a muchos adultos que se atreven a saltar la artificiosa barrera entre los géneros.

            “El hombre con el pelo revuelto” está en la línea de los libros anteriores de Daniel Nesqueens. Digamos que es marca de la casa, pues en él se recurre a las historias surrealistas y al humor más o menos absurdo para narrar las visitas sorprendentes que el tío Fermín hace a su sobrino. El tío aparece y desaparece como un Gato de Cheshire que va contando a su sobrino historias raras, misteriosas y divertidas, con un lenguaje paradójico que amplia su vida cotidiana con otros mundos donde la imaginación es la reina de la casa. De ese personaje extravagante –y a la vez tan cercano- el niño va descubriendo la felicidad que puede transmitir todo aquello que podemos crear con las palabras y que, de hecho, es a menudo más interesante que la realidad que pisamos con los pies en el suelo. Sin pretender una moraleja, el autor nos muestra la verdad de la ficción, más auténtica si cabe cuando en la improbabilidad de lo inventado se mezcla, a gusto del consumidor, el original ingenio de lo maravilloso y el imprevisible chispazo del humor. Las magníficas ilustraciones a las que nos tiene acostumbrados Emilio Urberuaga contribuyen a llenar de color la imaginación de los lectores de todas las edades (a partir de 8 años).

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 19 de marzo de 2011)




Netvibes


sábado, 12 de febrero de 2011

Dos cuentos de Miguel Hernández


“DOS CUENTOS PARA MANOLILLO “
MIGUEL HERNÁNDEZ
Editorial Pictografía. Murcia, 2009.
Edición facsímil



            En la vida de Miguel Hernández, tan cargada de sucesos dramáticos, conmueve hasta las lágrimas la escena en la que el poeta, al terminar una visita de Josefina Manresa en la cárcel de Alicante, quiere entregarle a su hijo un libro que ha escrito para él. Podemos imaginar, en medio de la oscura soledad del poeta, el rayo de ilusión que le ofrecía la posibilidad de ver la risa de su hijo, la “luz que proclama la victoria del trigo sobre la grama”. Pero, con el mismo desdén y frialdad del desalmado régimen al que sirve, el carcelero se lo quita y se lo da a Josefina, evitando así la íntima satisfacción que para Miguel Hernández suponía dar el libro en propia mano a su hijo, transmitir de piel a piel la profunda cualidad de lo creado. Podemos hacernos una somera idea de la desolación del poeta al ser privado del contacto físico, incluso de la mínima cercanía para poder entregarle emocionado (a través de ese libro acompañado tal vez por algunas palabras “hondas como un beso”) un legado de esperanza dentro del dolor de la enfermedad y de la muerte, que ya tan próxima barruntaba.

El libro, encuadernado por el mismo poeta con tapas duras, se titulaba “Dos cuentos para Manolillo”, con el añadido entre paréntesis “Para cuando sepa leer”. Los cuentos eran “El potro obscuro” y “El conejito”, que Miguel Hernández había traducido del inglés y escrito a mano con letra redondilla y clara para que pudiera ser perfectamente legible por un niño pequeño. Unas sencillas ilustraciones realizadas por él mismo con acuarelas y ceras resaltan la belleza del texto.

“El potro obscuro” cuenta cómo precisamente “Potro-Obscuro” lleva sobre sus lomos a niños, niñas y animales a la gran ciudad del Sueño. Tiene reminiscencias del famoso cuento “Los músicos de Bremen”, y el eco que se repite, como una cantinela en la boca de los personajes (“Llévame, caballo pequeño, a la gran ciudad del sueño”), no es otro que la búsqueda de la libertad, el deseo de llegar a un lugar “donde no hay dolor ni pena”. “El conejito” es una fábula en la que un conejo se ve atrapado en un huerto por culpa de su glotonería. La referencia es “El cuento de Perico, el conejo travieso”, publicado por Hellen Beatrix Potter en 1902. A la agilidad de la narración contribuyen los pensamientos del conejo expresados en el texto en forma de diálogos, y a través de los cuales el pequeño lector puede sentir el deseo, la felicidad y el temor que el conejo va sintiendo. Son cuentos muy breves, de sonoridad poética, muy apropiados para contar antes de acostarse a niños pequeños que aún no saben leer o para primeros lectores, que seguramente encontrarán ese placer inicial que les llevará a adentrarse en el amor por la lectura. 



Con motivo de la celebración del centenario del nacimiento de Miguel Hernández, esta edición facsímil incluye una preciosa introducción de Jesucristo Riquelme, quien también acompaña estos cuentos, en volumen aparte, con una breve biografía y una antología de sus poemas más conocidos, divididos en cuatro capítulos que corresponden con las épocas de su poesía.

Para completar el conocimiento de la obra y la vida de Miguel Hernández, se puede ofrecer a los jóvenes lectores biografías y antologías para niños, como “Mi primer libro sobre Miguel Hernández” (Anaya), de José Luis Ferris, “La vida y poesía de Miguel Hernández contada a los niños” (Edebé), de Rosa Navarro, “Miguel Hernández para niños” (Susaeta), “Miguel Hernández y los niños” (Everest), “Miguel Hernández para niños y niñas… y otros seres curiosos” (Ediciones La Torre).

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 12 de febrero de 2011)