Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 21 de diciembre de 2013

Llámame Ismael


TRES DÍAS EN EL VIENTRE DE LA BALLENA
PATXI ZUBIZARRETA
Edelvives. Zaragoza, 2013



            En la historia de la literatura hay pocos comienzos tan famosos como el “Llámame Ismael” pronunciado por el narrador de Moby Dick. A partir de ahí -como todos sabemos- se inicia el relato épico de la caza de la gran ballena blanca. Precisamente con esa frase empieza la última novela de Patxi Zubizarreta (Ordizia, 1964), que de esta manera parece querer marcar ya desde la primera línea el terreno donde se va a adentrar el lector de esta historia. Es un aviso a los niños de más de diez años para quienes va dirigido este cuento, pero más que eso se trata de un homenaje a la novela de Herman Melville y también un guiño de complicidad hacia los mayores –padres o maestros de esos niños- que hayan leído la mítica historia de la ballena blanca.
            Quien dice ahora la célebre frase, tartamudeando en sus dos palabras, es un muchacho que se presenta de esta forma ante el capitán del ballenero San Roque con el propósito de ser el nuevo grumete del barco. Aprovechándose de una trampa que le ha tendido al auténtico grumete, el jovencito llamado Ismael consigue, provisto del parche en el ojo típico de los más fieros marinos, formar parte de la tripulación que zarpará desde el puerto cantábrico de Deba hacia las lejanas aguas de Terranova. En el barco se hace amigo de Joanes, el arponero con quien va a compartir la vida marinera, el peligro de las tormentas marinas y, sobre todo, la tarea, la emoción y la aventura de la caza de las ballenas. Pasadas las peripecias propias de la mar, llegan al embarcadero de Portutxo,  donde, como todos los años, los marineros cargan las bodegas del barco con la grasa de la ballena, con el afán y la alegría propios de quienes desean regresar cuanto antes a su puerto de origen. Pero en la fiesta de San Juan, “la noche blanca” que hechiza a los pescadores con el fuego de sus hogueras, suceden algunas cosas que darán un vuelco inesperado a la historia. El peligro de pronunciar ciertas palabras (diablo, bruja) que llaman a la mala suerte, la llegada de los indios de la tribu micmac (entre ellos, la anciana Agnes y un muchacho con el que Ismael intercambia algunos adornos), la sombra aparecida en el barco, las “intrigas y tejemanejes” del Innombrable y la misteriosa desaparición en el mar del arponero y el muchacho van añadiendo enredos a una trama que acabará por atraer la atención del joven lector con una sorpresa final.
            La obra se organiza en cuatro capítulos, tres narrados por sendos personajes poco dados a hablar y mucho menos a escribir, como son el ratón Orejillas, el gato Maldemer y el diablo llamado El Innombrable, y un cuarto capítulo contado por La Ahuyentacampanas, la anciana Agnes que revela a Ismael sabias palabras de su tribu. Patxi Zubizarreta sigue algunas de las pautas de su anterior novela “El maravilloso viaje de Xia Tenzin” (Edelvives, 2009), donde también aparecen la aventura del viaje, la búsqueda del padre, los personajes maravillosos y las situaciones inexplicables. A ello se unen las referencias literarias (entonces “Las Mil y una noches”; ahora “Moby Dick”, “Jonás y la ballena”), que pueden invitar a los lectores a adentrarse también en la aventura de leer esas historias. Las ilustraciones en blanco y negro de Luis Doyague añaden con acierto expresividad visual a la obra.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 21 de diciembre de 2013)



sábado, 14 de diciembre de 2013

Buenos contra buenos


ME LEVANTÉ HERIDO
Pepe Monteserín
Septem Ediciones. Oviedo. 2013



            ¿Otra maldita novela sobre la Guerra Civil? Pues sí, pero no maldita, sino bendita, es decir, bienvenida novela sobre un joven que deja su tierra y su familia para luchar por un ideal tan noble para él como lo era para los que combatían en el lado contrario; un relato de iniciación en el que el protagonista se adentra de repente en la madurez al verse obligado a enfrentarse a la brusca aparición de una dramática circunstancia, en un terreno y un período que los comentaristas del futuro se verán obligados a narrar con los recursos de la épica; una historia sobre un hombre que pretende ser Euclides, capaz de precisar una geometría en “cada gota de sangre” y de calcular las azarosas posibilidades de la realidad a partir de una compleja fórmula poblada de “certezas, riesgos e incertidumbres”; una fábula en la que en medio de los odios antiguos o sobrevenidos, de las viejas amistades truncadas por traiciones, de las relaciones siempre sospechosas de poder ocultar algo más tras las disimuladas apariencias, se revela la convicción de que los personajes –las personas de carne y hueso que protagonizaron la historia real- se ven forzados a pelear en una guerra de “buenos contra buenos”; un romance, en fin, que narra al revés el tradicional romance del caballero y la dama, del soldado que es rescatado del cautiverio de las trincheras por las cartas, los regalos y la esperanza de un anhelo que periódicamente envía su madrina de guerra desde Arango, la retaguardia a orillas del río Nalón donde el desarmado caballero, después de levantarse herido, regresará para rendir pleitesía a su amada.
            Sin embargo, todos estos argumentos -y alguno más que se entrecruza en el relato- podrían quedarse en la mera enunciación de tópicos, si no resaltáramos como tal vez el mayor acierto de la novela la compleja estructura que sostiene con buen pulso y destreza la obra. Ya desde su primer libro (“Mar de fondo”, 1993), Pepe Monteserín ha acostumbrado a no dejarse llevar sólo por contar sin más una historia, sino que ha hecho alarde de ser dueño de ricos y variados recursos narrativos. Así, en “Me levanté herido” juega hábilmente con los cambios de tiempo y espacio, el largo tiempo que abarca la infancia de Luis Miranda antes de la guerra y el momento presente, en el que al final ya de la vida cuenta a su hijo Ricardo la experiencia ocurrida en la contienda, y el ancho espacio que se extiende desde la retaguardia de Arango hasta el frente de Aragón, donde el cabo Miranda cayó –para inmediatamente levantarse- herido en la cota 300. Mantiene el preciso equilibrio para que el lector no se tambalee al verse obligado a transitar desde los hechos pretendidamente plasmados de forma objetiva por la nieta historiadora a la propia visión que de los mismos tienen quienes en primera persona participan del relato. Las cartas, las referencias cinematográficas, las grabaciones de audio, los partes de guerra, las noticias de prensa, los documentos oficiales y los diálogos en la retaguardia, en el frente, en la actualidad y en el pasado enriquecen una novela que, a pesar de tener un claro protagonista, es fundamentalmente una novela coral, en la que el resto de personajes contribuye a ampliar la perspectiva de lo narrado.
            A la fidelidad al marco histórico se une un planteamiento moral al afirmar que se cuenta una “historia de buenos contra buenos”. Si esto fuera cierto, lejos de aliviar nuestras atribuladas conciencias, contribuiría a añadir aún más dolor al causado por una guerra que todavía necesitamos seguir contándonos.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 14 de diciembre de 2013)

sábado, 23 de noviembre de 2013

Prohibido engañar con las cosas importantes


PROHIBIDO LEER A LEWIS CARROLL
Diego Arboleda
Editorial Anaya. Madrid, 2013


            “Prestigioso matrimonio de Manhattan, Nueva York, precisa urgentemente institutriz francesa para su única hija. Se requiere seriedad, también buenas referencias, sin duda buena educación y, muy importante, imprescindible, capacidad para mentir (tanto en inglés como en francés)”. Este curioso anuncio aparecido en las páginas de un diario en 1932 provocó una repentina ilusión en la aristocracia de una comarca francesa donde vivía Eugéne Chignon, una joven que, siguiendo los deseos del duque al que había servido su padre como mayordomo, había recibido la mejor formación para llegar a convertirse en una buena institutriz. La joven había conseguido aprender a hablar con soltura inglés, francés y alemán, y nadie dudaba de que estaba en disposición de poder educar perfectamente a cualquier hijo de un noble, pero, entonces por qué se habían entusiasmado tanto sus vecinos al leer aquel extraño anuncio que ofrecía un trabajo más allá del mar. En todas las casas donde había trabajado había conquistado a los niños, pero en todas también había enfadado a sus padres, que difícilmente podían soportar las constantes torpezas de Eugéne, los desaguisados y desastres que provocaba por cualquier sitio por donde pasaba. Se trataba de accidentes involuntarios, pero aún así los aristócratas dieron saltos de alegría cuando vieron la posibilidad de deshacerse para siempre de tal calamidad.
            En la carta que recibió Eugéne como respuesta a las “amables” recomendaciones que habían enviado sus vecinos, los remitentes de Manhattan le aclaraban cuatro puntos que debía cumplir estrictamente si no quería ser “automáticamente despedida”. Esas condiciones se podían resumir en que la niña a la que debía instruir era una verdadera apasionada de Lewis Carroll y “Alicia en el país de las maravillas” y que, por tanto, de ninguna de las maneras le sería permitido hacer la más mínima mención al autor y a su famoso libro. Es decir, como avisaba el anuncio, era imprescindible que mademoiselle Chignon pusiera en práctica su capacidad para mentir.
            A partir de ahí –siguiendo el viaje que la institutriz hace a América para encontrarse con la imponente residencia de los señores Welrush- la novela introduce a los jóvenes lectores en una historia extravagante y divertida, en la que aparecen continuamente personajes estrafalarios -monsieur Travagnant y su huevo del ave elefante de Madagascar, el espigado y hambriento Timothy Stilt, la siempre contrariada señora Welrush, el cabeza de morsa señor Welrush, presidente del Comité de Magnificación de Eventos de la Universidad y, sobre todo, la pequeña Alice, que hasta en el nombre es idéntica al personaje inventado por Lewis Carroll- enfrascados en situaciones inverosímiles. Más allá del suspense ante los posibles desastres que continuamente acechan tras las torpezas de la nueva institutriz, la historia mantiene la incertidumbre de si Eugéne logrará cumplir el trato de mentir a la pequeña Alice, de ocultarle que justamente en los próximos días será homenajeada en la Universidad nada más y nada menos que Alice Liddell, la ya octogenaria Alicia real que inspiró el personaje de Carroll.
            Este original cuento escrito con gracia e ingenio por Diego Arboleda y poblado de expresivas y animadas ilustraciones de Raúl Sagospe ha merecido el Premio Lazarillo 2012, un galardón que siempre habría que dar a aquellos que nos advierten de que “no está bien que nos engañen con las cosas que nos parecen importantes”.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 23 de noviembre de 2013)


sábado, 26 de octubre de 2013

Cuentos del Planeta Océano


CUENTOS Y LEYENDAS DEL MAR
Vicente Muñoz Puelles
Anaya. Madrid, 2013



            Como bien dice el autor en el Apéndice a esta colección de cuentos, el planeta al que llamamos Tierra debería llamarse planeta Océano. Sin embargo, esta apreciación basada en la evidencia de que tres partes de su superficie están cubiertas de agua, no podía ser considerada en la época en que se bautizó nuestro planeta, un tiempo en el que todavía no se había descubierto toda la inmensidad del ancho mar y en el que la extensión más grande para el hombre de entonces era precisamente la sólida tierra que pisaba. De ahí que la dimensión –tanto en la superficie como en su profundidad- desconocida de las aguas hiciera concebir a los antiguos pobladores la propia existencia de este espacio como un territorio mítico, por sí solo capaz de ser a la vez protagonista, argumento y escenario de las historias que empezaron a imaginar los primeros narradores de los que tenemos noticia.  
            A la tarea de acercar a los jóvenes lectores de ahora estas historias y algunas de las que más tarde se siguieron imaginando y contando, se ha dedicado con acierto Vicente Muñoz Puelles (Valencia, 1948) en este libro que consigue hacer un recorrido bastante fiel por los cuentos y leyendas del mar más señalados de todos los tiempos. Sin ánimo de ser exhaustivo -tal empeño sería imposible-, esta antología adapta algunas de las narraciones más conocidas para que sea el propio lector el que más adelante se atreva a sumergirse en la verdadera profundidad de los relatos. Así, “El diluvio y el arca” no sólo hace referencia a la famosa narración bíblica, sino que también enlaza la leyenda con otras similares aparecidas en Babilonia, Grecia o la India, y con las expediciones arqueológicas que han ido en busca del arca al monte Ararat; en “Jonás y la ballena” se cuenta la razón por la cual se apela al maleficio de Jonás cuando una desgracia sucede a bordo de un barco; “¿Dónde está la Atlántida?” indaga en el mito griego y en la descripción de Platón para seguir con la fascinación que aún produce el enigma del continente sumergido; en “Las sirenas” se relata el célebre episodio de Ulises, la aventura de Jasón y los argonautas, el relato de Heródoto y las sirenas con cola de pez y el viaje en el que la tripulación de Colón creyó ver sirenas junto al barco; en “Serpientes de mar y pulpos gigantes” se presentan algunos de los monstruos marinos que atormentaban la imaginación de los navegantes, como la rémora, el kraken o la serpiente marina; “Islas que aparecen y desaparecen” muestra leyendas en las que islas donde desembarcan los marinos, de pronto parecen cobrar vida al hundirse con ellos al fondo del mar; en “El Holandés Errante” se relatan algunas de las versiones sobre la leyenda del barco fantasma condenado eternamente a navegar sin rumbo; “La leyenda de Nanaue” cuenta la historia hawaiana del hombre tiburón y la hermosa joven Kalei; “La leyenda de Sedna” se presenta como “madre de todas las leyendas marinas”, inventada por los pescadores esquimales para concebir a la diosa que les proporciona los animales marinos; en “Los cangrejos Heike” se recuerda la batalla naval ocurrida en las costas de Japón entre dos clanes de samurais; en “La leyenda de Mocha Dick” se narra la aventura de la caza de un gran cachalote blanco, antecedente de la conocida novela de Melville; “El hombre que pescó el pez más grande” cuenta, en fin, el encuentro del narrador con Gregorio Fuentes, el pescador que inspiró el relato de Hemingway “El viejo y el mar”.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 26 de octubre de 2013)

sábado, 28 de septiembre de 2013

El horror de la inofensiva apariencia


JUEGOS INOCENTES JUEGOS
Ricardo Gómez
Edelvives. Zaragoza, 2013



            En el mundo real se llama Sebastian, sin tilde en la “a”, pero en el mundo virtual se le conoce como El Asesino, un nombre inconfesable. Su vida parece transcurrir como la de tantos jóvenes de su edad: acude al instituto más por rutina que por verdadero interés, se relaciona con una pandilla de amigos y amigas que andan más o menos emparejados y está interesado por una chica que no le hace mucho caso. Su familia se rompió desde que se separaron sus padres y ahora vive solo con su madre y con el recuerdo de su hermana muerta. Un recuerdo que parece habitar entre ellos más como un secreto, un vacío aumentado por el silencio de su nombre que apenas nadie se ha atrevido a pronunciar desde que murió de una enfermedad incurable. De esa doble circunstancia -la ruptura entre sus padres y la tragedia de su hermana mayor- puede haber concebido la gente la idea de que se haya convertido en un bicho raro, en un ser que ha estado al borde de la extinción y ahora es una especie protegida en el ecosistema del instituto.
Pero lo que realmente hace que Sebastian sea un personaje curioso es su desmedida afición por los videojuegos, una pasión que ha pasado de ser un entretenimiento a convertirse en una forma de ganarse un dinero. Sus excepcionales aptitudes con los juegos de ordenador -tan denostados por quienes sólo ven en ellos un peligro, como su madre o su amiga Patricia- han conseguido que la misteriosa empresa que le paga por prestarse a probar maquinitas de mata-mata, le ascienda de rango y le permita de esta forma jugar con simuladores de drones, esos aviones sin piloto que se han inventado para matar a distancia, manejados desde el cómodo despacho de un militar o un político. Sebastian está entusiasmado con el reto que supone no sólo tener que demostrar sus habilidades para despegar, aterrizar y maniobrar con los drones en circunstancias extremas, sino más aún con el desafío que representan las acciones bélicas en el mismo escenario de combate. La emoción que siente no le permite pensar que él mismo puede estar convirtiéndose en un monstruo que juega a matar en una sola partida a más de dos mil enemigos, pues él tiene claro que es peor la realidad, la sangre y los muertos de verdad que suelen aparecer en el telediario. Pero precisamente son esas noticias de la realidad –que se intercalan en la novela con la narración que va haciendo Sebastian de su propia vida- las que van avisando al lector del abismo que se oculta tras la inofensiva apariencia de los juegos virtuales.
 Con “Juegos inocentes juegos” (galardonada con el Premio Alandar de la Editorial Edelvives) Ricardo Gómez ha continuado indagando en la supuesta disyuntiva entre la realidad y la ficción, entre lo verdadero y lo falso, que ya había sondeado en su anterior novela “Mujer mirando al mar” (Editorial SM, 2010), también dedicada al público juvenil. Ahora no sólo cumple el autor con la consabida sospecha de que es la realidad la que imita a la ficción, sino más aún que esta dimensión virtual –la simulación de los juegos de ordenador- puede estar determinando, sin sospecharlo siquiera, de una forma trágica el propio devenir de la humanidad. Si en aquella novela Ricardo Gómez reflexionaba “sobre qué huellas reales se construye la ficción”, en ésta nos transmite el escalofrío de saber cómo se puede destruir la vida con solo apretar un botón de un inocente juego.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 28 de septiembre de 2013)

domingo, 8 de septiembre de 2013

¿Qué es la literatura?


            Ante esta pregunta de respuesta imposible, sólo se me ocurre contestar que lean este texto en voz alta, cada día y cada noche de la vida oscura, como si fuera una oración laica por la anhelada, improbable salvación del olvido de Juan Carlos Onetti.

Juan Carlos Onetti
XXX

         “Y está también el pasado brillo misterioso del pelo suelto en la almohada. Hay un codo rugoso bajo el oscilante seno izquierdo y éste queda rodeado, redondo y dormido en el ángulo del brazo. Un hilo de aire que sopla de tu boca o de la mañana roza el vello sombrío junto al sueño del seno, defendiendo la noche de tu cuerpo. Aquí la mañana, los hombres pesados y graves que despiertan sin ganas, quemándose el pecho con el café amargo y humeante. Allí tus sueños, el silencio y la mañana.
        “Ella y yo nos inclinamos atentos sobre tu cabeza quieta por donde pasean pies ligeros y absurdos. Es como la sola vez que te vi dormir. Pero entonces era el amor y ahora es el misterio.
        “Te miramos. A veces una mano se me va a tu mejilla para despertarte, para que parpadees veloz y asombrada, lágrimas y niebla de la noche y me oigas contarte que han pasado tantas cosas en mí, en la vida, y que sin embargo no ha pasado nada. Decirte nada y mirarte y emocionarme con nuestra antigua mirada. Pero el miedo quiebra mi mano y quedamos quietos y curvados mirando tu cara. Ya el sueño escapa de tu sueño lejano y obstinado. Como la luz grisada que vence las cortinas, las extrañas casas y las locas personas que te llenan van desbordando en la habitación.
        “Lentos brotes se hinchan y crecen, enlazan los muebles, frotan los rincones con sus enormes ojos ciegos. Nosotros, la mañana, el aire que fuiste meciendo en la noche, la mano perdida en la sábana, el pezón vinoso y replegado, todos somos tu sueño.
        “Flotamos suaves y veloces, murmurando ansiosos nombres de Dios, largos ruegos obscenos, palabras violentas y unos secretos que estaban rezagados y acabamos de encontrar; somos angustias, bocas redondas de pescados, luna escamosa, arenales, rutas, y el hombre de negros anteojos que asoma desde el piso treinta y saluda con su revólver y el fresco manojo de lilas a la cosa inmunda que trota las calles. Es el misterio de tu tierra dormida, la habitación nunca vista, la vieja sala embrujada con el bronce sucios de los candelabros, el piano desdentado y amarillo, el traje de baile perdido en el diván y la alfombra de extraviados dibujos con su vieja mancha de sangre y el esqueleto de una rosa, aplastado.
        “Pero otra vez cae rota la mano que alzaba hasta tu hombro, tu mejilla, tu labio pesado y mustio. Porque quería contarte que han pasado cosas, tantas cosas en la vida y que, sin embargo, nada, nunca pasa nada.




(Tierra de nadie – Capítulo XXX - Juan Carlos Onetti)

sábado, 31 de agosto de 2013

Relatos clásicos ilustrados


“La liga de los pelirrojos”. A. Conan Doyle
“El diablo embotellado”. R.L. Stevenson
Editorial Anaya. Madrid, 2013

            Es de agradecer que las editoriales que dedican toda o parte de su producción a la literatura infantil y juvenil, encuentren un hueco en la nutrida publicación de las novedades de los escritores de éxito asegurado para acercar a los jóvenes algunos de los clásicos imprescindibles, pero que aún así no suelen aparecer en la decretada nómina de los planes de estudio.
            En cualquier relación de escritores clásicos –y no sólo, claro está, para el público juvenil- deben estar incluidos los británicos (curiosamente los dos nacidos en Edimburgo a mediados del siglo XIX) Arthur Conan Doyle y Robert Louis Stevenson. Del primero son conocidas las historias protagonizadas por Sherlock Holmes, mientras que al segundo debemos tal vez la obra más celebrada de la literatura juvenil, como es “La isla del tesoro”. En este caso, la editorial Anaya nos presenta en su cuidada colección de “Relatos ilustrados” dos cuentos que representan claramente el estilo de los dos autores, al mismo tiempo que nos descubren las razones por las que sus obras pertenecen a lo más destacado de la historia de la literatura.

            “La liga de los pelirrojos”, de A. Conan Doyle, es una muestra fiel de las pesquisas que debe llevar Sherlock Holmes –ayudado de su inseparable doctor Watson- para resolver un caso que se le presenta. En su despacho aparece Wilson, un prestamista pelirrojo, con la intención de solicitar sus servicios para esclarecer la misteriosa desaparición de la llamada “liga de los pelirrojos”, curiosa asociación que se dedica a “proporcionar empleos cómodos a personas con dicho color de pelo”. Pero no menos extraño es el trabajo que le encomendaron a Wilson en ese club: copiar los volúmenes de la Enciclopedia Británica en horario de diez a dos, con un sueldo de cuatro libras a la semana. La rareza de ese empleo “puramente nominal” es el hilo del que irá tirando Sherlock Holmes para averiguar la verdadera razón de la existencia de la liga y de su repentina disolución. Con este relato Conan Doyle nos demuestra su talento para urdir tramas que se desarrollan con la sutileza, la inteligencia y el humor que siempre han sabido agradecer los buenos lectores.

            Con “El diablo embotellado”, Stevenson nos introduce en el ambiente extraordinario que es tan característico de su obra. Cuenta la historia de Keawe, un hawaiano que compra en San Francisco una botella con un diablo dentro. Como el genio de la lámpara de Aladino, el diablo concederá al dueño de la botella todo aquello que desee. Sin embargo, tras la aparente maravilla se oculta en verdad un regalo envenenado, pues su dueño debe tener siempre presente que si vende la botella, sus poderes y su protección desaparecen, pero si muere antes de venderla por menos dinero del que le costó, estará condenado eternamente al infierno. El dramático dilema de dejarse llevar por la satisfacción de todos los deseos mundanos o preservar la salvación del alma, llevará a Keawe al borde de la tragedia y al lector a vivir de cerca la conmovedora inquietud de una duda vital.
            La cualidad literaria de los relatos se aviene perfectamente con la naturaleza de las ilustraciones, de manera que Iban Barrenetxea logra representar con gracia las tribulaciones de los personajes de Conan Doyle y Raúl Allén es capaz de plasmar de forma gráfica la intriga y el misterio del cuento de Stevenson.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 31 de agosto de 2013)

sábado, 3 de agosto de 2013

La extensión de los bosques


EL HOMBRE QUE ABRAZABA A LOS ÁRBOLES
Ignacio Sanz
Editorial Edelvives. Zaragoza, 2013.
129 páginas



            Muchas veces se ha contado la historia en la que un niño -o una niña- se ve deslumbrado por la sabiduría de un adulto que no pertenece a su familia. Tanto es así, que parece norma de los cuentos infantiles que deba ser precisamente un personaje ajeno al entorno familiar quien sea el encargado de abrir los ojos del pequeño al mundo que le rodea. Los relatos de todos los tiempos nos dicen que uno necesita salir de casa para aprender, que más allá de las cuatro paredes –de la familia y de la escuela- siempre hay alguien que nos va a ayudar a descubrir las cosas esenciales de la vida.
Este camino hacia el primordial descubrimiento del mundo es el que nos propone recorrer Ignacio Sanz (Lastras de Cuéllar (Segovia), 1953) con “El hombre que abrazaba a los árboles” (Premio Ala Delta 2013 de la Editorial Edelvives). Cuenta cómo Felicidad -una niña que vive en un pueblo rodeado de bosques de pinos- recibe de la experiencia de Marcial –el viejo leñador del que se ha hecho amiga- esa sabiduría necesaria para vivir. En sus incursiones por el bosque a bordo de una desvencijada furgonetilla, Marcial va revelando a Felicidad sus sorprendentes conocimientos y las extrañas aventuras que le habían ocurrido en Canadá la época que pasó allí talando los árboles más grandes del mundo. Así, hace ver a la pequeña el porqué se puede considerar a la ardilla entre los animales voladores o cómo es posible conversar con las urracas. De Canadá le cuenta la increíble historia del Picapinos, un leñador que vivía dentro de una secuoya gigante y que pasaba los ratos libres tallando esculturas de animales. También le confiesa la emoción y el miedo que sintió ante la presencia de un oso en el claro del bosque, pero oculta una y otra vez la aventura de amor que está detrás del envenenamiento de su percherona yegua Roberta. Lo extraño es cuando, en medio de sus charlas, a veces Marcial se queda en blanco, como si el pensamiento se le hubiera ido a otro sitio. Es lo que la maestra doña Upe dice que le pasa a algunas personas mayores cuando se quedan sin palabras, que parece que su cabeza se convierte en un desierto. Al final, después de que a Marcial se le parara la cirila en el medio del bosque y con ello también se le apagaran definitivamente los recuerdos, Felicidad llega al fondo de lo que quería contar desde el principio del libro. Rememora la historia de su viejo amigo y el olmo centenario de la estación, el terco empeño del leñador que antes de talarlos siempre tenía por costumbre abrazarse a los árboles.
Siguiendo la línea de sus últimas obras (véase “Una vaca, dos niños y trescientos ruiseñores”. Edelvives, 2010), Ignacio Sanz acerca a los jóvenes lectores el mundo de la naturaleza, un terreno -a menudo ajeno a los gustos e intereses de las actuales generaciones- en el que es ineludible adentrarse para poder extraer de él formas de conocimiento que la vida precisa. Parece decirnos que es necesario –y tal vez urgente- que nos comprometamos no sólo en conservar el lugar de la naturaleza, sino más aún en asegurar la extensión del bosque en la ciudad que habitamos, de la misma manera que el viejo leñador se impone la tarea de ser leal con su oficio y con la amistad que –aun en su silencio- le procura Felicidad.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 3 de agosto de 2013)

sábado, 6 de julio de 2013

El amargo sustento de la vergüenza


“LOS PECES NO CIERRAN LOS OJOS”
Erri De Luca
Editorial Seix-Barral. Barcelona, 2012
113 páginas



            Si la frontera entre los géneros literarios es tan permeable que a menudo se presenta cuanto menos que arriesgado el empeño de encuadrar una obra dentro de una u otra categoría, los límites son aún más inestables cuando se pretende catalogar una novela como literatura dirigida a los adultos, excluyendo por tanto la posibilidad de que pueda acercarse a ella el público juvenil. En este sentido parece claro que muchos grandes autores que son del agrado de los jóvenes (Verne, Dickens, Stevenson, Poe), han escrito para “todos los públicos”, sin comprometer su labor en función de la edad de los destinatarios.
            De ahí que nos atrevamos a traer a este rincón de “Páginas para pequeños” –en este caso bien es cierto que para “pequeños un poco mayores”- la novela “Los peces no cierran los ojos”, de Erri de Luca, editada en una colección considerada para adultos. Esta deliciosa nouvelle tiene todos los ingredientes que se supone pueden ser del interés de los jóvenes lectores, asumiendo incluso el riesgo –en estos tiempos donde son tan recurrentes los mismos temas- de adentrarse de forma abierta en algunos de sus tópicos. Así, cumple con uno de los paradigmas de la LIJ, como es contar la experiencia del aprendizaje vital, el momento y el lugar preciso que representa para el personaje el tránsito de la edad infantil a la edad adulta. Ese tiempo y ese espacio es un verano napolitano en el que un niño de diez años –edad que se escribe por primera vez con dos cifras- descubre el amor. Siguiendo los cánones de un género tan frecuentado por los autores, se trata de un niño raro –sin nombre en el texto-, que “no quiere tener peso”, de forma que pasa los días mudo, buscando gusanos en la arena y leyendo libros. Sin embargo, el niño quiere dejar de serlo, pues tiene la sensación de que a pesar de que él crece internamente, su cuerpo se queda atrás y para ello no le queda más remedio que obligar a su cuerpo a cambiar, aun a riesgo de que tal determinación conlleve un “precipicio de efectos desconocidos”.  
Como es sabido, es el descubrimiento del amor el sospechado trance que culmina la infancia. Es el vuelo del ánimo sobre el que se mece la transición hacia la edad adulta, una suerte de ligereza que aún no tiene que ver con el deseo, sino con una iluminación del vacío que el niño lleva dentro. Pero la aparición del amor –esquivando de este modo el peligro de dejarnos adormecer por los dulces parajes del “verano azul”- trae consigo un aprendizaje tal vez más profundo, la revelación de que la venganza –promovida por la persona amada- no puede suponer nunca la base de la justicia, sino solamente el amargo sustento de la vergüenza (“lo scuorno”), la honda consternación del protagonista por no haber sido “quien exijo ser”.
Contada en primera persona después de haber transcurrido cincuenta años, el narrador dice “no inventar” su pasado, sino avanzar en el relato que le va dictando el recuerdo. Un relato que está escrito con un lenguaje preciso, acotado en una mayoría de frases simples, desnudas de todo artificio que pueda distraer al texto de lo esencial, pero que sin embargo están dotadas de la cualidad poética necesaria para transportar al lector hacia un cierto encantamiento. El mismo que a través de un tono lírico también consigue romper los límites de la prosa y confundir los géneros. 

 (Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 6 de julio de 2013)


sábado, 8 de junio de 2013

Iguales y distintos

COLECCIÓN CUBILETE

Editorial Bruño

            Los responsables de las editoriales saben que, a falta de sagas o secuelas que consigan atrapar al lector en el deseo o la necesidad de seguir adquiriendo volúmenes para continuar alimentando el insaciable gusanillo de la lectura, una de las estrategias comerciales que más éxito suele tener es la creación de colecciones. Pueden ser de clásicos, de biografías o de cualquier otro tema que sea lo suficientemente atractivo como para poder despertar el afán que a menudo tenemos no sólo por la recopilación de cosas, sino más aún por la pulsión casi predeterminada por acabar aquello que empezamos. Y en esta ambición los jóvenes lectores suelen verse abocados con más entusiasmo que los adultos, pues es fácil comprobar cómo muchos pequeños van sacando uno a uno todos los volúmenes de una colección de la biblioteca escolar o cómo piden a sus mayores que compren los que les faltan para completar la lista de los libros que les quedan por leer del lote. Es por ello que –antes que un reproche- nos congratulemos de que esta avispada visión de las editoriales contribuya de una manera tan decidida a la animación a la lectura de los más jóvenes.
            El logro de este fin se ve sin duda favorecido por la Colección Cubilete de álbumes ilustrados que acaba de presentarnos la editorial Bruño. Se inicia con tres títulos -dirigidos a primeros lectores- enlazados por el hilo común de tratar de forma original y divertida historias que relatan lo diferente.


            “El buen lobito” –premiado en la Feria Internacional del Libro Infantil de Bolonia-, con texto y dibujos de Nadia Shireen, describe con ingenio y humor los empeños de un lobo bueno para convertirse en un lobo de verdad, un lobo que para transformarse en feroz debe aullarle a la luna o derribar a soplidos la casa de uno de los tres cerditos. El fracaso en esa ardua tarea se ve de pronto compensado por una oportuna ocasión en la que “el buen lobito” es capaz de demostrar que puede ser tan malo como cualquier lobo. El cuento se cierra con un sorprendente final que puede dejar helada la sonrisa confiada del niño lector –o escuchante-, pero justamente por eso, por la pretensión de alejarse de ciertos convencionalismos edulcorados, la narración guarda –a través de ese último desasosiego- un significado más profundo.


            El ilustrador Emilio Urberuaga cuenta en “Nanuk, Bobuk, Tontuk y una foca blanca” la historia de un oso polar que era diferente. Nanuk no sólo era negro, sino que no le gustaba la carne de foca. Precisamente sirviéndose de los rasgos que lo hacían distinto, sus hermanos Bobuk y Tontuk se divertían mucho con él hasta que, ya de mayores, cayeron en la cuenta de lo peligroso que era jugar con alguien diferente. Así fue como Nanuk, al quedarse sólo, tuvo la suerte de encontrar a Aput, una foca adulta de color blanco, con quien descubrió que sus diferencias era lo que –curiosamente- les hacía más iguales. El cuento –acompañado por la calidad de las ilustraciones a las que nos tiene acostumbrados su autor- es un canto a la diversidad como la condición necesaria para sentirnos más unidos a los otros.


            “¡No me dejan hacer nada!” es el expresivo título que Thierry Robberecht (autor) y Annick Masson (ilustradora) ponen a este álbum donde una niña se queja constantemente de lo que no le dejan hacer, en comparación con lo que sí pueden hacer los animales (sacar la lengua, sorber por la nariz, comer con las manos o dormir el día entero) o su hermano pequeño (por ejemplo, eructar). Sin embargo, ella ha encontrado una divertida solución que comparte con el lector en la sorpresa de la última página.

(Publicado en en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 8 de junio de 2013)

sábado, 11 de mayo de 2013

La aventura de animar a leer


BIBLIOTECAS ESCOLARES, LECTURA Y EDUCACIÓN
JUAN JOSÉ LAGE FERNÁNDEZ
Editorial Octaedro. Barcelona, 2013



            Hoy no asomamos a estas “Páginas para pequeños” una novela, un cuento o un conjunto de poesías para que puedan ser leídos por los más jóvenes, sino una obra sobre literatura infantil y juvenil (LIJ) dirigida a los mayores: profesores, bibliotecarios, padres, estudiosos o simplemente adultos interesados en este campo tan presente en el mundo infantil y tan necesitado de aproximaciones y estudios.     
Reseñamos la última obra de Juan José Lage, que continúa así su empeño en la divulgación de la LIJ. Después de la publicación de “Animar a leer desde la biblioteca” (CCS, 2005), “Diccionario histórico de autores de la literatura infantil y juvenil contemporánea” (Octaedro, 2010) y “Antología de cuentos y algunos poemas con propuestas didácticas” (Octaedro, 2011), el autor asturiano presenta ahora una obra que es un compendio de sus intereses como estudioso de la LIJ, pues incluye –ya en el título- la triple vertiente a la que se ha dedicado con pasión en su vida profesional: las bibliotecas escolares, la lectura y la educación. Sus cualidades como profesor, bibliotecario y crítico literario son visibles en su decidida voluntad por acercar al público la literatura dirigida a los más pequeños, cuyo mérito ha sido reconocido con diversos galardones, entre ellos el Premio Nacional del Ministerio de Cultura por haber contribuido al fomento de la lectura a través de la revista Platero, que fundó y dirige desde 1985.
            El libro se divide en tres capítulos. En el primero – titulado Literatura Infantil y Juvenil-, Juan José Lage comienza abordando “el arte de la difícil facilidad de escribir un buen libro”, resaltando que, naturalmente, si contáramos con las claves adecuadas, él mismo ya las hubiera puesto en práctica. Pero, a pesar de esta dificultad, Lage cree que es posible escribir un buen libro si el autor de LIJ tiene en cuenta algunas condiciones: no olvidar el niño que fue, tener la absoluta libertad de escribir lo que quiera, utilizar con pericia el humor y el misterio y, de paso, tratar de dar respuesta a problemas existenciales básicos desde la sencillez que supone ser capaz de “decir con palabras corrientes cosas extraordinarias” (Schopenhauer), introduciendo, si es preciso, un elemento antisocial y desestabilizador. Se completa el capítulo con un repaso de los Premios Nobel que han escrito alguna obra para niños, una breve historia sobre la censura en la LIJ, el recurrente debate sobre la oportunidad de la adaptación de los clásicos y un análisis sobre las claves de los cuentos de Andersen. La segunda parte del libro aborda las Bibliotecas escolares. Después de revisar el estado de la cuestión, Lage presenta un decálogo del buen bibliotecario escolar y propone una serie de experiencias –algunas desarrolladas por el propio autor- para contribuir a su necesaria y deseable dinamización. El tercer capítulo, dedicado a la Animación a la lectura, parte de unos mandamientos y principios encaminados a motivar a leer a los más jóvenes, para seguidamente reflexionar sobre algunas técnicas y actividades destinadas a este fin: librofórum, encuentros con el autor, las claves de los cuentos de hadas, las preguntas que debe hacerse todo contador de historias y algunas consideraciones finales sobre los mitos de la lectura juvenil. Se completa el libro con tres apéndices que incluyen citas de autores, una selección de álbumes ilustrados y una bibliografía básica. En definitiva, se trata de una obra muy completa, indispensable para todos los interesados en la LIJ, especialmente los responsables de las bibliotecas de los centros escolares.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 11 de mayo de 2013)

sábado, 20 de abril de 2013

En busca del gamusino


EN EL TALLER DE
ARMANDO MURIAS IBIAS
PRESIDENTE DE LA ASOCIACIÓN DE ESCRITORES DE ASTURIAS
 
Armando Murias (foto: Mario Rojas)

            El espacio donde crea Armando Murias Ibias (Caboalles, 1955) no es uno, sino múltiple, acorde con la variedad de su quehacer literario y profesional. Podemos imaginarnos que tiene un lugar con una mesa de trabajo donde ha llevado a cabo sus investigaciones lingüísticas (es doctor en Filología Hispánica) y ha escrito sus relatos, sus novelas (entre ellas “Los zapatones del quincallero”, Premio Letras de Novela Corta 2003) y sus obras de teatro, pero también podemos intentar descubrir en el Instituto Alfonso II de Oviedo el escenario por donde se mueve “El Gamusino”, ese “animal imaginario que sirve para alimentar la fantasía del que acude a su llamada” y que Armando Murias ha utilizado para bautizar al grupo teatral que ha formado con sus alumnos. La caza de ese ser prodigioso es lo que propone el profesor de literatura no sólo con el fin de motivar a sus jóvenes actores hacia el estudio de su materia, sino sobre todo para despertarles el gusanillo por el gusto literario. Este espacio donde bajo su batuta se ensayan y representan algunas de las obras que escribe –este año se titula “Gran Cabaret Alfonso 2.0”-, es únicamente el primer refugio del gamusino, pues a menudo suele escabullirse para reaparecer en otras tablas situadas en otros institutos, en alguna cárcel o en una residencia de ancianos.

Cartel de la obra hecho por las alumnas
            Desde hace unos meses Armando Murias procura también atrapar a ese bicho escurridizo sentado en el sillón invisible de Presidente de la Asociación de Escritores de Asturias. Es posible que ésta sea su labor más quimérica, aquella que se empeña en sortear la consabida crisis económica para lograr la difusión de la obra de los escritores que están asociados, potenciando para ello actividades ya consolidadas –y reconocidas por la sociedad asturiana- como la convocatoria anual de los Premios de la Crítica y de las Letras o las Jornadas de Literatura en Pravia, y al mismo tiempo tratando de impulsar nuevos proyectos para hacer más visible la presencia de este colectivo en la sociedad. Seguramente es el gamusino más delicado de capturar, pues suele correr ligero entre el intrincado laberinto de las instituciones, los resbalosos despachos de las editoriales, la rabiosa actualidad de los medios de comunicación y el inaprensible interés del público.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 20 de abril de 2013)


sábado, 13 de abril de 2013

El infierno de los sueños perdidos



PARCO
Jordi Sierra i Fabra
Editorial Anaya. Madrid, 2013
141 páginas



            El ambiente marginal que a menudo lleva a la delincuencia en nuestra sociedad, ha sido tema habitual de la literatura y en especial de la dedicada al público juvenil, pues los escritores parecen servirse del espíritu rebelde –característica común a la adolescencia y condición necesaria de los personajes que pueblan estas historias- para hacer un guiño cómplice a los jóvenes lectores. De manera que –desde las celebradas novelas de Dickens- normalmente es fácil obtener éxito con narraciones en las que en medio de un escenario más o menos sórdido se desenvuelven chavales huérfanos o abandonados que se pierden en la lucha por sobrevivir en un medio hostil, amistades con las que a duras penas deambulan por caminos resbaladizos, adultos que –reflejo de lo que pueden llegar a ser en un futuro aún más incierto que el del resto de los mortales- se aprovechan de su cualidad de desvalidos y la aparición de algún alma caritativa que les tienda una mano para sacarlos del infierno, y cuya presencia pueda servir, de paso, para aligerar la trama con un emotivo toque de esperanza. A ello hay que añadirle –más o menos explícitas o disimuladas- las dosis de crítica social que exige cualquier narración que se atreva a adentrarse por los oscuros vericuetos de los espacios más marginales. 
            Si esto es así, si a lo largo de la historia de la literatura –y del cine- han proliferado las obras que cuentan esta realidad –la última en nuestro país la reciente “Las leyes de la frontera”, de Javier Cercas-, ¿por qué destacar esta novela de Jordi Sierra i Fabra (Barcelona, 1947) y por qué celebrar, en la vasta producción de su autor, que haya merecido el X Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil? Digámoslo desde el principio: porque más que una novela al uso se trata de un largo poema que clama ante el lector como un grito de auxilio.
En una suerte de esqueleto narrativo, en el que las palabras o frases que no alcanzan el final de la línea a menudo se asemejan a astillados huesos que se clavan en la mirada del lector, se va desgranando la historia de Parco, un adolescente recluido por asesinato en un centro tutelar de menores. En el correccional se relaciona con sus compañeros de presidio, los cuidadores, el abogado, el encargado de la biblioteca, el psicólogo, pero en su cabeza no paran de agitarse las imágenes del trágico final de su amigo Wences, del orgullo de una madre abandonada, del amor por Regina y de las nueve puñaladas (la de la ira, la de la rabia, la del placer, la de la frialdad, la del regocijo, la de la calma, la de la paz, la del adiós y la del fin) que le asestó a El Topo. La razón –o sinrazón- de lo ocurrido se desliza a lo largo del relato en versos cantados a ritmo de rock and roll: “Nada más nacer te hacen sentir pequeño” (John Lennon), “Vi pistolas y espadas en manos de niños” (Bob Dylan), “Donde las calles no tienen nombre” (U2), “Después de todo, solo eres otro ladrillo en el muro” (Pink Floyd), entendiendo así que cobran más sentido los poetas en “los reinos oscuros”, aquellos de donde sólo se puede salir si alguien es capaz de responder a la última palabra que en la última línea del relato implora, entre lágrimas, el joven atrapado en “el infierno de los sueños perdidos”.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 13 de abril de 2013)


lunes, 1 de abril de 2013

Un perro casi feroz

UN PERRO CASI FEROZ
M. Ángels Bogunyá
Edelvives. Zaragoza, 2012
122 páginas
Ilustraciones: Daniel Jiménez


            
La familia Zote, en su viaje de vacaciones, se ha visto obligada a detener su coche al lado de la carretera para que su hijo haga pis, pero al subirse de nuevo se les ha olvidado recoger al perro que siempre va con ellos. ¿En verdad se les ha olvidado subir a Trompo al coche? El perro espera sin moverse junto a un árbol, confiado en que cuando se den cuenta, los Zote volverán a buscarlo.
            A partir de ahí Trompo va contando en primera persona sus aventuras de perro abandonado. Se interna en un bosquecillo “tétrico y horripilante”, donde se hace amigo de un grupo de chuchos callejeros mandados por Capitán, un gran perro que le va a iniciar en la dura tarea de sobrevivir. Le enseña tres reglas importantes para no morir de hambre, pero Trompo sólo tiene oportunidad de poner en práctica dos de ellas para tratar de convertirse en un perro feroz. La tercera regla la aprenderá Trompo por su cuenta cuando se encuentre con Mati, una chica que le hará descubrir todo un mundo desconocido para él.
            Se trata de un cuento que, escrito de forma ágil, amena y divertida, atrapará sin duda a los niños en su lectura, teniendo en cuenta además que trata el tema más propio y profundo de todos los cuentos, como es el miedo a ser abandonado y la necesidad de aprender de los demás para sobrevivir.


(Publicado en la Revista de Literatura Infantil y Juvenil PLATERO. Nº 190. Marzo-Abril 2013)

Siete noches

SIETE NOCHES
Paloma Muiña
Edelvives. Zaragoza, 2012
47 páginas
Ilustraciones: Rebeca Luciani


            Jorge es un niño que nunca tiene sueño a la hora de irse a dormir. Siempre pone alguna excusa para que su madre permanezca más tiempo en la cama junto a él. Pide que le cuente un cuento, se levanta a hacer pis, quiere un vaso de agua o volver a cenar. Cuenta las estrellas que tiene pegadas en el techo de la habitación o se imagina que hay alguien escondido detrás de la cortina. Así los siete días de la semana, hasta que el domingo a su madre se le ocurrió una idea que, por fin, hará que Jorge se duerma.
            La agilidad de la narración y la teatralidad de los diálogos facilitan la lectura en voz alta del cuento, que bien puede hacerse en la cabecera de la cama de los niños, aun a riesgo de que éstos decidan no dormirse hasta que se acabe el relato.

(A PARTIR DE 5 AÑOS)


(Publicado en la revista de Literatura Infantil y Juvenil PLATERO. Nº 190. Marzo-Abril de 2013)

El arenque rojo


EL ARENQUE ROJO
Gonzalo Moure
Alicia Varela
Editorial SM. Madrid, 2012


            
           Según cierta tradición popular, el fuerte olor del pescado sirve para distraer a los perros de caza de su objetivo. De ahí que sea el arenque rojo la pista falsa que el ojo del lector –con su distraída mirada- siga a través de estas páginas. Es como la zanahoria tras la que va el asno en su ineludible y cansino caminar alrededor de la noria o el MacGuffin que utilizaba Alfred Hitchcock con la intención de dirigir la atención del espectador hacia un elemento que lo despistara de la trama principal, de la línea recta que pudiera llevarle antes de tiempo al desenlace del relato. También el arenque rojo es el argumento tramposo que alguien introduce en la discusión para confundirnos, con el objetivo de que aceptemos esa falacia como prueba de la presunta bondad de su tesis.
            Gonzalo Moure (autor de los textos)  y Alicia Varela (ilustradora) no pretenden utilizar la engañifa del arenque rojo para que el lector –o mejor dicho, el veedor de las láminas- se deje llevar por su visión traicionera y olvide así el curso del relato, sino precisamente que su presencia en cada página no suponga más que una anécdota o un hilo apenas perceptible, incapaz de distraerle del resto de las historias que pueblan el libro. Historias que no se cuentan, que no están escritas en las páginas de un libro que sólo tiene ilustraciones para ser imaginadas. Un libro que es una ventana abierta a un parque donde va pasando el tiempo –van pasando las páginas- mientras el espectador –el lector-veedor- va descubriendo la historia oculta que hay tras cada personaje, cada postura y cada gesto. 


               Ese descubrimiento no tiene que ver con la presunta verdad de lo que sucede en el parque, sino más bien con la exploración interior que el “lector” de imágenes debe hacer para inventar su propio relato. La original propuesta de Moure y Varela es que el lector sea el escritor de los cuentos que cada personaje, es decir, cada uno de nosotros, lleva consigo. Así, podemos fijarnos en el músico que toca la flauta, en el ciclista que lleva una maceta en su bici, en la chica que medita junto a un árbol, en la niña que mira embelesada su globo azul, en el perro que sonríe al ser fotografiado, en la nube que llueve sobre un paraguas abierto, en la viejecita del bastón o en el tobogán vacío. Cada historia puede seguir en la próxima página, se mezcla con otra historia o simplemente desaparece antes de llegar al final del libro, donde en un sobre cerrado el lector encontrará lo que ha escrito Gonzalo Moure sobre lo que acabamos de ver. Seguramente sus relatos no coincidirán con los que nosotros hemos imaginado y nos sorprendamos al leer “Una flor en el suelo”, “La mujer que se sentía vieja antes de tiempo” o “El joven poeta que leía versos ingrávidos”, pero su mirada –como la nuestra- habrá vencido el poder del arenque rojo, aquel que se empeña en distraernos para no ver las historias -las vidas- que continuamente suceden a nuestro alrededor. 

(Publicado en la revista digital Literarias el 1 de abril de 2013)


sábado, 16 de marzo de 2013

La realidad de las apariencias


EL AÑO DE LA VENGANZA
Antonia Meroño
Editorial Edelvives. Zaragoza, 2012
204 páginas



            Las narraciones realistas dirigidas a un público infantil o juvenil suelen estar ambientadas en dos contextos bien definidos: el ámbito familiar o el escolar. En esos dos entornos se desarrolla una trama normalmente poblada de padres, madres, hermanos, abuelos, vecinos, amigos, compañeros de colegio o instituto, profesores y animales de compañía. Al tratarse de medios tan cercanos a los jóvenes lectores, estas historias son a menudo de su agrado, pues no sólo les gusta encontrar en ellas unas referencias fácilmente reconocibles, sino que al ver trasladada a la ficción la realidad en la que cada día se desenvuelven, seguramente ellos mismos se complacen de poder percibirse como probables personajes de una historia inventada. Y nada hay más sugerente que poderse identificar con un protagonista imaginario, sobre todo aquel que se mueve en un entorno tan cotidiano como la propia familia o el colegio o el instituto donde uno acude cada mañana. Pero ya se sabe que la mera trasposición de la realidad –si esto en verdad fuera posible- al papel no es suficiente para enganchar al lector, pues para que la ficción sea atractiva a los jóvenes, se necesita de un elemento que sea capaz de incluir en el relato un matiz de irrealidad, un artificio que de forma palpable o sutil añada dosis de misterio al acostumbrado transcurrir de la trama.
            Este es el guión que cumple de manera acertada Antonia Meroño (Murcia, 1969) con su novela “El año de la venganza” (Edelvives, 2012). Empieza contando la historia de Valentina, una adolescente que, debido a sus malas notas, es obligada por su madre –sus padres están divorciados- a estudiar en el instituto donde ella ejerce como jefa de estudios. Así, ya desde el inicio se ven mezclados en la narración el ámbito doméstico con el académico, una circunstancia que no es del agrado de Valentina, recelosa también ante la idea de tener que relacionarse con sus nuevos compañeros. Desde su complejo de chica gorda y poco agraciada, en secreto va clasificándolos según la apariencia que presentan, deteniendo su atención ante Álvaro, un atractivo joven que irradia bondad y sabiduría, y Albertina, la extravagante chica que le ha tocado como compañera de pupitre. Estos dos personajes parecen guardar un secreto que suscita todo su interés: el halo de seducción con que Álvaro parece rodear su presencia y, sobre todo, la extraña cualidad que tiene Albertina para poder “asomarse al interior de la gente”. Se hace amiga de ellos y poco a poco se va integrando en la marcha del instituto, va ampliando su círculo de amistades, sus notas van subiendo y consigue que mejore la relación con su madre. Hasta que la desaparición de dos chicos del pueblo despierta en Valentina una sospecha que la empujará a irse metiendo de lleno en el esclarecimiento del suceso. A la vez que se va adentrando en la indagación de los hechos, irá descubriendo algunos aspectos del lado misterioso de sus amigos –la verdad de sus secretos, la realidad de las apariencias- y de Francisco –el conserje del instituto, de pasado oculto- o la doctora Aguirre –la enigmática profesora de física-.
            Entre estos personajes que parecen moverse en la frontera de la locura y la razón, se encuentra el responsable de una demorada venganza, aquella que –como en las novelas realistas- necesita de la ocultación de las pruebas, de crearse una realidad nueva para sobrevivir.

 (Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 16 de marzo de 2013)

sábado, 16 de febrero de 2013

Homenaje a Julio Verne



LA ISLA DE BOWEN
CÉSAR MALLORQUÍ
Editorial Edebé. Barcelona, 2012
510 páginas


            No ha hecho falta la socorrida excusa de tener que celebrar algún centenario del nacimiento o muerte de Julio Verne (1828-1905) para que César Mallorquí (Barcelona, 1953) haya decidido dedicarle su particular homenaje. El autor catalán se sirve de las lecturas que alimentaron sus primeros años y sobre todo de su dilatada –y reconocida- carrera como escritor de literatura infantil y juvenil para hacer una novela “al estilo Verne”.
Con ecos de “La isla misteriosa” –y de otras obras y autores a los que César Mallorquí alude en un texto a modo de epílogo-, “La isla de Bowen” (Premio Edebé de Literatura Juvenil 2012) narra la empresa en la que se aventura el profesor Ulises Zarco en busca del lugar donde se ha hallado un fragmento de titanio puro, cuya existencia no sólo parece técnicamente inviable, sino históricamente imposible, pues el sitio donde apareció ese metal prodigioso es una cripta del siglo X, período en el que la temperatura de los hornos medievales difícilmente podría alcanzar los 1.668 grados que, según el experto Bartolomé García –químico del ilustre Instituto Geológico de España-, se precisan para la fusión del titanio. Esa misión la emprende a petición de la testaruda Lady Elisabeth Faraday, quien, en compañía de su atractiva hija Katherine, utiliza todos los recursos a su alcance para convencerle de que acuda al encuentro de su marido John Foggart, prestigioso arqueólogo desaparecido precisamente cuando estaba explorando el sepulcro de San Bowen en la isla donde apareció el titanio. La obstinación de Lady Elisabeth también obliga a Ulises Zarco a admitirla, junto a su hija, a bordo del “Saint Michel” –navío de la sociedad geográfica SIGMA para la que trabaja el profesor-, donde viajan en compañía del ayudante Adrián Cairo, el científico Bartolomé García, el joven fotógrafo Samuel Durango y una nutrida tripulación capitaneada por el experimentado Gabriel Verne.
El viaje hacia ese lugar situado más allá del Círculo Polar Ártico está lleno de aventuras –la persecución de un sospechoso buque llamado “Britannia”, el descubrimiento de la historia del santo Bowen, las continuas discusiones entre la dama inglesa y el profesor, los escarceos amorosos de Katherine y Samuel, las arriesgadas maniobras que se ve obligado a afrontar el navío, los peligros constantes de la mar y de las tierras por donde pasan, las traiciones propias y las escaramuzas con el enemigo-, pero no son nada comparable con el terrible misterio que les espera en la isla de Bowen, donde una peculiar partida de ajedrez mantendrá en vilo el destino de toda la expedición.
El acertado homenaje a Julio Verne se aprecia en los elementos que hacen reconocible al gran escritor bretón: el misterio y la intriga que sumergen al lector hacia el interior de la aventura, la presencia de aparatos adelantados al tiempo que se narra y de maravillas imaginarias que pretenden anticipar el futuro conocimiento ingeniado por la ciencia-ficción, la camaradería y la traición como las dos caras de la misma condición humana, el viaje a lugares extraordinarios que no son sino el reflejo externo de la exploración de uno mismo, la audacia de enfrentarse a seres insólitos, el humor y el amor que contribuyen a dulcificar por momentos la historia, los personajes heroicos o cobardes, honestos o canallas, de una sola pieza o poliédricos, tipos, en fin, concebidos para lograr el digno objetivo del entretenimiento del lector (a partir de 15 años).

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 16 de febrero de 2013)