Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 20 de abril de 2013

En busca del gamusino


EN EL TALLER DE
ARMANDO MURIAS IBIAS
PRESIDENTE DE LA ASOCIACIÓN DE ESCRITORES DE ASTURIAS
 
Armando Murias (foto: Mario Rojas)

            El espacio donde crea Armando Murias Ibias (Caboalles, 1955) no es uno, sino múltiple, acorde con la variedad de su quehacer literario y profesional. Podemos imaginarnos que tiene un lugar con una mesa de trabajo donde ha llevado a cabo sus investigaciones lingüísticas (es doctor en Filología Hispánica) y ha escrito sus relatos, sus novelas (entre ellas “Los zapatones del quincallero”, Premio Letras de Novela Corta 2003) y sus obras de teatro, pero también podemos intentar descubrir en el Instituto Alfonso II de Oviedo el escenario por donde se mueve “El Gamusino”, ese “animal imaginario que sirve para alimentar la fantasía del que acude a su llamada” y que Armando Murias ha utilizado para bautizar al grupo teatral que ha formado con sus alumnos. La caza de ese ser prodigioso es lo que propone el profesor de literatura no sólo con el fin de motivar a sus jóvenes actores hacia el estudio de su materia, sino sobre todo para despertarles el gusanillo por el gusto literario. Este espacio donde bajo su batuta se ensayan y representan algunas de las obras que escribe –este año se titula “Gran Cabaret Alfonso 2.0”-, es únicamente el primer refugio del gamusino, pues a menudo suele escabullirse para reaparecer en otras tablas situadas en otros institutos, en alguna cárcel o en una residencia de ancianos.

Cartel de la obra hecho por las alumnas
            Desde hace unos meses Armando Murias procura también atrapar a ese bicho escurridizo sentado en el sillón invisible de Presidente de la Asociación de Escritores de Asturias. Es posible que ésta sea su labor más quimérica, aquella que se empeña en sortear la consabida crisis económica para lograr la difusión de la obra de los escritores que están asociados, potenciando para ello actividades ya consolidadas –y reconocidas por la sociedad asturiana- como la convocatoria anual de los Premios de la Crítica y de las Letras o las Jornadas de Literatura en Pravia, y al mismo tiempo tratando de impulsar nuevos proyectos para hacer más visible la presencia de este colectivo en la sociedad. Seguramente es el gamusino más delicado de capturar, pues suele correr ligero entre el intrincado laberinto de las instituciones, los resbalosos despachos de las editoriales, la rabiosa actualidad de los medios de comunicación y el inaprensible interés del público.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 20 de abril de 2013)


sábado, 13 de abril de 2013

El infierno de los sueños perdidos



PARCO
Jordi Sierra i Fabra
Editorial Anaya. Madrid, 2013
141 páginas



            El ambiente marginal que a menudo lleva a la delincuencia en nuestra sociedad, ha sido tema habitual de la literatura y en especial de la dedicada al público juvenil, pues los escritores parecen servirse del espíritu rebelde –característica común a la adolescencia y condición necesaria de los personajes que pueblan estas historias- para hacer un guiño cómplice a los jóvenes lectores. De manera que –desde las celebradas novelas de Dickens- normalmente es fácil obtener éxito con narraciones en las que en medio de un escenario más o menos sórdido se desenvuelven chavales huérfanos o abandonados que se pierden en la lucha por sobrevivir en un medio hostil, amistades con las que a duras penas deambulan por caminos resbaladizos, adultos que –reflejo de lo que pueden llegar a ser en un futuro aún más incierto que el del resto de los mortales- se aprovechan de su cualidad de desvalidos y la aparición de algún alma caritativa que les tienda una mano para sacarlos del infierno, y cuya presencia pueda servir, de paso, para aligerar la trama con un emotivo toque de esperanza. A ello hay que añadirle –más o menos explícitas o disimuladas- las dosis de crítica social que exige cualquier narración que se atreva a adentrarse por los oscuros vericuetos de los espacios más marginales. 
            Si esto es así, si a lo largo de la historia de la literatura –y del cine- han proliferado las obras que cuentan esta realidad –la última en nuestro país la reciente “Las leyes de la frontera”, de Javier Cercas-, ¿por qué destacar esta novela de Jordi Sierra i Fabra (Barcelona, 1947) y por qué celebrar, en la vasta producción de su autor, que haya merecido el X Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil? Digámoslo desde el principio: porque más que una novela al uso se trata de un largo poema que clama ante el lector como un grito de auxilio.
En una suerte de esqueleto narrativo, en el que las palabras o frases que no alcanzan el final de la línea a menudo se asemejan a astillados huesos que se clavan en la mirada del lector, se va desgranando la historia de Parco, un adolescente recluido por asesinato en un centro tutelar de menores. En el correccional se relaciona con sus compañeros de presidio, los cuidadores, el abogado, el encargado de la biblioteca, el psicólogo, pero en su cabeza no paran de agitarse las imágenes del trágico final de su amigo Wences, del orgullo de una madre abandonada, del amor por Regina y de las nueve puñaladas (la de la ira, la de la rabia, la del placer, la de la frialdad, la del regocijo, la de la calma, la de la paz, la del adiós y la del fin) que le asestó a El Topo. La razón –o sinrazón- de lo ocurrido se desliza a lo largo del relato en versos cantados a ritmo de rock and roll: “Nada más nacer te hacen sentir pequeño” (John Lennon), “Vi pistolas y espadas en manos de niños” (Bob Dylan), “Donde las calles no tienen nombre” (U2), “Después de todo, solo eres otro ladrillo en el muro” (Pink Floyd), entendiendo así que cobran más sentido los poetas en “los reinos oscuros”, aquellos de donde sólo se puede salir si alguien es capaz de responder a la última palabra que en la última línea del relato implora, entre lágrimas, el joven atrapado en “el infierno de los sueños perdidos”.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 13 de abril de 2013)


lunes, 1 de abril de 2013

Un perro casi feroz

UN PERRO CASI FEROZ
M. Ángels Bogunyá
Edelvives. Zaragoza, 2012
122 páginas
Ilustraciones: Daniel Jiménez


            
La familia Zote, en su viaje de vacaciones, se ha visto obligada a detener su coche al lado de la carretera para que su hijo haga pis, pero al subirse de nuevo se les ha olvidado recoger al perro que siempre va con ellos. ¿En verdad se les ha olvidado subir a Trompo al coche? El perro espera sin moverse junto a un árbol, confiado en que cuando se den cuenta, los Zote volverán a buscarlo.
            A partir de ahí Trompo va contando en primera persona sus aventuras de perro abandonado. Se interna en un bosquecillo “tétrico y horripilante”, donde se hace amigo de un grupo de chuchos callejeros mandados por Capitán, un gran perro que le va a iniciar en la dura tarea de sobrevivir. Le enseña tres reglas importantes para no morir de hambre, pero Trompo sólo tiene oportunidad de poner en práctica dos de ellas para tratar de convertirse en un perro feroz. La tercera regla la aprenderá Trompo por su cuenta cuando se encuentre con Mati, una chica que le hará descubrir todo un mundo desconocido para él.
            Se trata de un cuento que, escrito de forma ágil, amena y divertida, atrapará sin duda a los niños en su lectura, teniendo en cuenta además que trata el tema más propio y profundo de todos los cuentos, como es el miedo a ser abandonado y la necesidad de aprender de los demás para sobrevivir.


(Publicado en la Revista de Literatura Infantil y Juvenil PLATERO. Nº 190. Marzo-Abril 2013)

Siete noches

SIETE NOCHES
Paloma Muiña
Edelvives. Zaragoza, 2012
47 páginas
Ilustraciones: Rebeca Luciani


            Jorge es un niño que nunca tiene sueño a la hora de irse a dormir. Siempre pone alguna excusa para que su madre permanezca más tiempo en la cama junto a él. Pide que le cuente un cuento, se levanta a hacer pis, quiere un vaso de agua o volver a cenar. Cuenta las estrellas que tiene pegadas en el techo de la habitación o se imagina que hay alguien escondido detrás de la cortina. Así los siete días de la semana, hasta que el domingo a su madre se le ocurrió una idea que, por fin, hará que Jorge se duerma.
            La agilidad de la narración y la teatralidad de los diálogos facilitan la lectura en voz alta del cuento, que bien puede hacerse en la cabecera de la cama de los niños, aun a riesgo de que éstos decidan no dormirse hasta que se acabe el relato.

(A PARTIR DE 5 AÑOS)


(Publicado en la revista de Literatura Infantil y Juvenil PLATERO. Nº 190. Marzo-Abril de 2013)

El arenque rojo


EL ARENQUE ROJO
Gonzalo Moure
Alicia Varela
Editorial SM. Madrid, 2012


            
           Según cierta tradición popular, el fuerte olor del pescado sirve para distraer a los perros de caza de su objetivo. De ahí que sea el arenque rojo la pista falsa que el ojo del lector –con su distraída mirada- siga a través de estas páginas. Es como la zanahoria tras la que va el asno en su ineludible y cansino caminar alrededor de la noria o el MacGuffin que utilizaba Alfred Hitchcock con la intención de dirigir la atención del espectador hacia un elemento que lo despistara de la trama principal, de la línea recta que pudiera llevarle antes de tiempo al desenlace del relato. También el arenque rojo es el argumento tramposo que alguien introduce en la discusión para confundirnos, con el objetivo de que aceptemos esa falacia como prueba de la presunta bondad de su tesis.
            Gonzalo Moure (autor de los textos)  y Alicia Varela (ilustradora) no pretenden utilizar la engañifa del arenque rojo para que el lector –o mejor dicho, el veedor de las láminas- se deje llevar por su visión traicionera y olvide así el curso del relato, sino precisamente que su presencia en cada página no suponga más que una anécdota o un hilo apenas perceptible, incapaz de distraerle del resto de las historias que pueblan el libro. Historias que no se cuentan, que no están escritas en las páginas de un libro que sólo tiene ilustraciones para ser imaginadas. Un libro que es una ventana abierta a un parque donde va pasando el tiempo –van pasando las páginas- mientras el espectador –el lector-veedor- va descubriendo la historia oculta que hay tras cada personaje, cada postura y cada gesto. 


               Ese descubrimiento no tiene que ver con la presunta verdad de lo que sucede en el parque, sino más bien con la exploración interior que el “lector” de imágenes debe hacer para inventar su propio relato. La original propuesta de Moure y Varela es que el lector sea el escritor de los cuentos que cada personaje, es decir, cada uno de nosotros, lleva consigo. Así, podemos fijarnos en el músico que toca la flauta, en el ciclista que lleva una maceta en su bici, en la chica que medita junto a un árbol, en la niña que mira embelesada su globo azul, en el perro que sonríe al ser fotografiado, en la nube que llueve sobre un paraguas abierto, en la viejecita del bastón o en el tobogán vacío. Cada historia puede seguir en la próxima página, se mezcla con otra historia o simplemente desaparece antes de llegar al final del libro, donde en un sobre cerrado el lector encontrará lo que ha escrito Gonzalo Moure sobre lo que acabamos de ver. Seguramente sus relatos no coincidirán con los que nosotros hemos imaginado y nos sorprendamos al leer “Una flor en el suelo”, “La mujer que se sentía vieja antes de tiempo” o “El joven poeta que leía versos ingrávidos”, pero su mirada –como la nuestra- habrá vencido el poder del arenque rojo, aquel que se empeña en distraernos para no ver las historias -las vidas- que continuamente suceden a nuestro alrededor. 

(Publicado en la revista digital Literarias el 1 de abril de 2013)