Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 5 de diciembre de 2015

Los 150 años de Alicia


Alicia. Edición Completa
Lewis Carroll
Edelvives. Zaragoza, 2015


          El 4 de julio de 1862, en una excursión en barca por el río Támesis, las tres hermanas Liddell escuchaban embelesadas el extraordinario cuento que les contaba Charles Lutwidge Dodgson, un profesor de matemáticas amigo de la familia. Era un relato lleno de absurdas maravillas, de animales curiosos y personajes estrafalarios, de juegos de palabras y expresiones tan lógicas que desafiaban a la realidad, de situaciones increíbles y divertidas que además el profesor contaba con el mismo ritmo vertiginoso y confuso como el que sucede en los sueños. Una de las niñas, cuyo nombre -Alicia- compartía con la protagonista de la historia, estaba tan entusiasmada que insistió en que Dogson la escribiera, de manera que aquel amigo de la familia se pasó la noche siguiente gestando la historia, y los meses sucesivos caligrafiando con esmero el cuento que, acompañado de unos dibujos hechos por él mismo, regaló a la pequeña Alicia en la Navidad de 1864. Lo tituló Aventuras subterráneas de Alicia y fue tan celebrado entre los que tenían la suerte de leerlo, que un año más tarde el autor se animó a publicarlo bajo el sello del famoso editor MacMillan. Así, el texto, revisado y ampliado, salió hace 150 años con el título de Alicia en el País de las Maravillas, bajo el seudónimo de Lewis Carroll y con ilustraciones del prestigioso dibujante John Tenniel, las mismas con las que se ha seguido ilustrando el libro en la mayoría de las ediciones aparecidas hasta ahora. Debido al éxito de la obra, en 1871 Carroll publica una continuación del cuento con el título A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, libro que en opinión de algunos lectores es mejor que el primero, pero que tal vez por las caricaturas sociales y los intrincados juegos literarios, es menos apreciado por los niños.
          Para celebrar estos 150 años en los que cada nueva generación ha tenido la oportunidad de perseguir con la pequeña Alicia al escurridizo Conejo Blanco, algunas editoriales han lanzado nuevas publicaciones de esta obra que cumple ese paradójico privilegio de que todo el mundo la conoce sin necesidad de haberla leído. Al álbum de gran formato que hace tres años Edelvives dedicó a Alicia -en el que la desenfrenada libertad de la imaginación y la transgresión mágica que representa ese mundo maravilloso y absurdo se ajustaba como la horma de un zapato a la fantasía desbordante de la ilustradora francesa Rébecca Dautremer-, se une ahora “Alicia. Edición completa”, de la misma editorial. Además de los dos textos creados por Lewis Carroll, esta obra primorosamente editada incluye Una avispa con peluca -un episodio “suprimido” y poco conocido de A través del espejo-, poemas y prólogos escritos por el autor para las ediciones históricas y un epílogo donde se cuenta cómo se escribió Alicia, la génesis del relato en la imaginación y la pluma de Carroll y los pasos que dieron lugar a la primera edición, acompañados de curiosas imágenes de aquellos libros y de las estampas que aparecieron en la época. Pero seguramente lo más interesante de esta llamada “edición completa” sean las ilustraciones originales de John Tenniel coloreadas por el acuarelista Harry Theaker en 1911 y por el artista Diz Wallis en 1995. Ambos aportan la belleza plástica necesaria, los grados de calidez expresiva y de luminoso ingenio que sirven para realzar más si cabe las maravillas que son contadas en este cuento al mismo tiempo divertido e inquietante, una historia que ningún lector -ni pequeño ni adulto- se debería perder.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 5 de diciembre de 2015)




sábado, 7 de noviembre de 2015

Días claros y días nublados


Luces de tormenta
Ignacio Sanz
Editorial Edelvives. Zaragoza, 2015
133 páginas


          Desde siempre se ha destacado que una de las funciones de la escritura es la posibilidad de servir como recurso terapéutico para quien escribe, sin perjuicio de que al mismo tiempo pueda ocasionar también en el lector un parecido efecto saludable. Así, la llamada literatura del yo -en forma de diario, autoficción, memorias, autobiografía, epistolario, etc.- es a menudo un artificio que permite desvelar al escritor la existencia de algún conflicto interno y, en su caso, resolverlo o, al menos, aliviarlo. Parece ser que sólo el hecho de plasmar en un papel las cuitas internas, tiene ya de por sí un beneficio para quien las refleja, resultado que se acrecienta si a lo escrito tiene acceso un posible lector, ya se trate de un receptor preconcebido -el destinatario de una carta- o anónimo -el ocasional comprador del libro-.
          Este sentido terapéutico que se atribuye en general a la comunicación -también a la oral, claro está- está muy presente en la novela “Luces de tormenta” (Edelvives, 2015), de Ignacio Sanz (Lastras de Cuéllar, Segovia, 1953). En ella una profesora de instituto recomienda a su alumna Sabina que durante las vacaciones de verano vaya escribiendo todo lo que se le ocurra con el fin de “aclarar un poco su propia vida”. No es que sufra un conflicto alarmante, muy distinto a lo que suele suceder a otros adolescentes de su edad, pero sí que vive algunas circunstancias que, siguiendo el acertado título del libro, pueden atormentarla. Sus padres están separados y cada uno vive en un lugar distinto, su madre en Madrid, donde quiere que vaya a pasar con ella algunas temporadas, y su padre en Centirrayo, el pueblo donde Sabina quisiera vivir para siempre. En el pueblo está todo lo que más le gusta: la maravilla de la naturaleza que lo rodea, con sus dos bosques, el río donde se bañan en verano, el campo cultivado que cambia de color según las estaciones del año; su padre, que cría gallos de corral para venderlos a un restaurante de Madrid, y su abuela, que “habla como si fuera una catedrática”; las confidencias con sus amigos y en especial con Germán, que le ha provocado el “hormigueo” del primer amor; y las historias y leyendas que se cuentan en relación a la curiosa atracción que por ese lugar tienen las tormentas. Entre ellas, Sabina apunta en su cuaderno el día en que a su abuelo Abilio le cayó del cielo una tormenta de ranas, la noche en que vieron proyectada en la pared del frontón la película “El tornado de Oklahoma”, la triste vida de la pobre Etelvina, la leyenda de la campana “Espantatormentas”, la historia del chozo donde por primera vez engendraron Petronilo y Laudelina o la mala suerte -o buena, según se mire- que tuvo Zoilo al sobrevivir al impacto de tres rayos.
          Como en su anterior novela -“El hombre que abrazaba a los árboles” (Edelvives, 2013)-, Ignacio Sanz se sirve de la feliz experiencia que supone adentrarse en los misterios de la naturaleza y en las vidas que se entrelazan en la tranquila rutina de un pueblo, para revelar en la joven protagonista algunos aprendizajes necesarios, aquellos que tienen que ver con el conocimiento de sí misma, de sus miedos, de sus inseguridades, pero también con la toma de conciencia de que en la vida “lo bueno es que haya días claros y días nublados”.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 7 de noviembre de 2015)


sábado, 10 de octubre de 2015

El silencio blanco


LA QUIMERA DEL ORO
Jack London
Anaya. Madrid, 2015
274 pág.


          Jack London (1876-1916) es un aguerrido narrador de la estirpe de Verne, Stevenson, Conrad, Melville o Poe. Además de algunas semejanzas biográficas, comparte con ellos -en mayor o menor medida- una similar poética, aquella que trata de revelar lo que le sucede a ese tipo de personaje que, situado ante una intensa experiencia, decide desprenderse del natural encogimiento del miedo para atreverse a forcejear con el destino que le ha tocado vivir. No se trata de resaltar la combativa condición del héroe, sino, más bien al contrario, de indagar en los abismos a los que en ocasiones nos arroja al común de los mortales nuestra propia e incierta existencia.
          Conocido sobre todo por sus novelas “La llamada de lo salvaje”, “El lobo de mar”, Martin Eden, “El talón de hierro” o “Colmillo blanco” -ésta aún más famosa a partir de sus exitosas versiones cinematográficas-, lo mejor de la obra de Jack London puede estar, sin embargo, en el conjunto de las breves narraciones que forman “La quimera del oro” y “Los relatos de los mares del Sur”. En su origen está sin duda la azarosa vida de su autor, que lo llevó a los 19 años a embarcarse en busca del oro que había aparecido en Klondike, cerca de la frontera con Alaska, y a los 30 a navegar por la Polinesia.
Jack London
          Los relatos incluidos en “La quimera del oro” (Anaya, 2015) están unidos por la llamada fiebre que llevó a tantos buscadores a Alaska durante la segunda mitad del siglo XIX. En ellos la fuerza narrativa que despliega el autor está acorde con la extrema severidad de la naturaleza y con el propio ímpetu que el hombre debe sostener para afrontar tales inclemencias, con el convencimiento de que a menudo resistir es la única forma posible de lucha y que la victoria se conforma -en su doble acepción- con la agónica conquista de la supervivencia. Así, la sardónica crueldad de un perro y la vengativa maldad de un hombre se reflejan de forma magistral en el relato titulado “Diablo”; el decidido propósito de conseguir dinero fácil por medio de una descabellada empresa asombra y divierte al lector en la por momentos disparatada fábula “Las mil docenas”; la tragedia lírica que sucede en el corazón verde del cañón rompe la silenciosa belleza del sereno “El filón de oro”; la encarnizada lucha por la supervivencia entre un lobo y un hombre hambrientos estremecen en el dramático “Amor a la vida”; el dilema moral entre el ideal de justicia que debe imponerse a sí mismo el hombre blanco y el íntimo temor que provocan los propios pensamientos ante un hecho repentino se dirime en el magnífico “Lo inesperado”; la tenacidad por encender un fuego como único remedio para resistir en medio de la soledad de la nieve se impone en el angustioso “La hoguera”; el ingenio de un condenado a muerte para salvarse de la tortura alivia también al lector en el cuento “El burlado”.
          Vicente Muñoz Puelles abre el libro con una breve -y acertada para los jóvenes lectores- presentación sobre la vida y la obra de Jack London y lo cierra con un apéndice que, a modo de relato escrito en primera persona, narra algunas andanzas biográficas del autor norteamericano del que el próximo año se cumple el centenario de su muerte. El volumen se completa con unas expresionistas ilustraciones en blanco y negro de Enrique Flores.
          Para seguir disfrutando de la lectura que sin duda producirán estos relatos ambientados en “el silencio blanco”, nada mejor que continuar leyendo las asombrosas aventuras narradas en “Los relatos de los mares del Sur”.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 10 de octubre de 2015)

sábado, 12 de septiembre de 2015

Los primeros Quijotes



          En un lugar de la escuela de cuyo nombre pocos quieren acordarse, no ha mucho tiempo que vivía un libro de los de tapa dura, ancho lomo y larga lectura. Rara vez el libro tenía todos los capítulos del original escrito por Cervantes, de manera que tan solo incluía los que eran más conocidos del público o los que pudieran ser más entretenidos y divertidos para los jóvenes lectores. De esta forma, la sola presencia de aquellos volúmenes en la biblioteca de la escuela podía llevar al momento propicio en el que un niño -debidamente llevado por el oportuno consejo de su maestro o sus padres- se acercara a aquel libro del que se decía que era inmortal.
          Y fue precisamente esa idea de inmortalidad, que en cierto modo sugería un encuentro solemne con el texto, -unida, bien es cierto, a la nociva costumbre de obligar a su lectura- la que, andando el tiempo, hizo engolar algunas voces para denunciar que el Quijote no era apropiado para los jóvenes lectores. Como consecuencia de esta especie de protección tanto del libro sagrado como de las tiernas cabecitas que pudieran leerlo, prácticamente se vaciaron los estantes de las aventuras del ingenioso hidalgo, hurtando, por consiguiente, la oportunidad de que pudieran disfrutar de ellas las nuevas generaciones. Pero a raíz de la celebración en 2005 del cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, la mayoría de las editoriales que publican para el público infantil y juvenil ha venido editando y reeditando adaptaciones del texto, Quijotes con menos capítulos o directamente el original cervantino debidamente anotado para hacerlo más accesible a todos los lectores. Entre las nuevas ediciones -surgidas también ahora con ocasión del cuarto centenario de la publicación de la segunda parte-, traemos aquí una pequeña selección.
          Para los más pequeños han aparecido “Mi primer Quijote” (Anaya, a partir de 5 años) y “Aventuras de Don Quijote de la Mancha” (Anaya, entre 8 y 12 años), ambos adaptados por Ramón García Domínguez e ilustrados por Emilio Urberuaga para recrear pasajes como el de los molinos o el yelmo de Mambrino. Edebé publica “El Quijote contado a los niños” (a partir de 8 años), de Rosa Navarro Durán y con ilustraciones de Francesc Rovira. “Las aventuras de Don Quijote” (Lumen, entre 5 y 8 años) es un álbum de gran formato que reproduce los episodios más conocidos (los molinos, las marionetas), incluyendo además una pequeña biografía de Cervantes. “Mi primer Quijote” (Espasa, entre 5 y 8 años) es una adaptación de la primera parte a cargo de José María Plaza, con divertidas ilustraciones de Julius. En su colección Adarga, Edelvives publica “El caballero Don Quijote” (a partir de 10 años), de Consuelo Jiménez e ilustrado por Xan López Domínguez.
          Para más mayores hay que destacar la edición para uso escolar de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” realizada por Arturo Pérez-Reverte para la RAE (Santillana), en la cual se han eliminado del texto cervantino algunos obstáculos y digresiones con el fin de facilitar su lectura y al mismo tiempo respetar la integridad y el sentido del original. Con la misma intención de acercar el libro inmortal a todos los lectores, en “Don Quijote de la Mancha” (Destino) Andrés Trapiello ha acertado a “traducir” al castellano actual el texto íntegro que escribió Cervantes.
          Con estas ediciones y otras que seguramente irán apareciendo hasta el próximo año en el que se cumpla el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, no habrá excusas para que puedan seguir cabalgando por las bibliotecas -escolares y domésticas- el Caballero de la Triste Figura y el Gobernador de la ínsula Barataria.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 12 de septiembre de 2015)





sábado, 15 de agosto de 2015

La rara belleza de Nefertiti


El sueño de Berlín
Ana Alonso – Javier Pelegrín
Editorial Anaya. Madrid, 2015


         Dentro de la literatura infantil y juvenil hay un tipo de libros que, aunque no se indique expresamente en la solapa de promoción, son de autoayuda. No se presentan de forma explícita -como si se tratara de un manual al uso- las decisiones que debe tomar o los recursos que debe emplear el lector para librarse del mal que le aqueja, sino que es a través de los mecanismos de la ficción -entendida también como metáfora de la realidad- como el lector presuntamente dañado accede al remedio más efectivo. Se parte del problema que sufre un personaje, de una patología o de alguna característica personal -física o psíquica- que lo aparte de la norma establecida por la sociedad, para seguidamente plantear una solución. Estas historias suelen desarrollarse dentro de un esquema general marcado por el protagonista que padece el problema, los padres, maestros o compañeros que agravan el sufrimiento (lo que se llama en psicología “la segunda herida”, aquella que más duele, pues se añade a la propia que causa el padecimiento) y otro personaje que entra en escena para ayudar a remediarlo.
          En “El sueño de Berlín” (XII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil), de Ana Alonso y Javier Pelegrín, se sigue este modelo para afrontar el Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC). En primera persona se presenta Ana, una adolescente que “necesita repetir algunos comportamientos para evitar una crisis de ansiedad”, de modo que, entre otras cosas, se ve obligada a subrayar determinadas palabras, escribirlas varias veces seguidas o a lavarse las manos una y otra vez. Su imposibilidad para vencer estas manías la llevan a concebirse a sí misma como una enferma, con la consiguiente desvalorización personal y la dolorosa conciencia de sentirse prácticamente incapacitada para llevar una vida normal y poder realizar tareas tan comunes al resto de la gente como exponer en clase o visitar otro país. Con todo, lo peor son los problemas que tiene para relacionarse normalmente con sus compañeros, quienes se muestran desconcertados ante las conductas repetitivas de Ana. Por eso parece extraño que se acerque a ella Bruno, un nuevo compañero del instituto al que no sólo no parecen importarle las rarezas de Ana, sino que, poco a poco, se va a convertir en el amigo que necesitaba para ir normalizando su situación. Para ello, deberá rebajar las resistencias de la madre de Ana, demasiado protectora por el temor de lo que le pueda pasar a su hija, y sobre todo convencer a su amiga de que el mejor camino para vencer las dificultades es, en lugar de esquivarlas o dejarlas en manos del azar como ha hecho hasta ahora, tener el valor de afrontarlas. Así es como planea el viaje de toda la clase a Berlín con el fin de que Ana pueda ver en su museo arqueológico el busto de Nefertiti, figura por la que siente una curiosa atracción, tal vez porque se identifica con la belleza de su rostro, levemente desfigurado por la rara imperfección de un ojo despintado. Es su visión la que, ejerciendo la labor terapéutica de las metáforas, le servirá a Ana para verse reflejada y, de esta forma, atreverse a aceptarse tal como es.
          Alternando capítulos en los que escriben Ana o Bruno, esta entretenida novela traza bien la dificultad de entender un problema -el TOC o cualquier otro- desde fuera de quien lo sufre, así como destaca la comprensión y el apoyo de los demás como elementos necesarios para ayudar a superarlo.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 15 de agosto de 2015)





sábado, 18 de julio de 2015

Te cuento

Te cuento
Varios autores
Fotografías de Clemente Bernad
Editorial Alkibla

          Como ocurre con los mitos y las leyendas tradicionales, los cuentos clásicos han experimentado a través de los tiempos nuevas versiones en las que, sin variar lo sustancial -los personajes, la estructura, la trama y el propio sentido de la historia-, se han ido adaptando a las visiones impuestas en cada momento y lugar. Igualmente han sido una fuente inagotable de nuevas creaciones a partir de algunos de sus elementos esenciales, de manera que uno de los personajes puede cobrar vida en otra obra, un episodio formar parte importante de un argumento mayor o el mismo significado del cuento reflejarse en la intención última de la nueva creación, ya sea una obra de teatro, una novela, una película de dibujos animados o el libreto de una ópera.
          Este es el propósito de la colección “Te cuento” que nos presenta la editorial Alkibla, el de tomar estos textos antiguos como referencia para contar historias actuales que, a diferencia de los cuentos maravillosos tradicionales, nos muestran una realidad más cercana y a menudo también más desconocida, ficciones con la suficiente fuerza narrativa para ser capaces de despertar en el lector -a partir de 10 años según el editor, pero en algunos de los relatos habría que añadirle alguno más- el espíritu crítico con el que deberá construir una conciencia moral. Hasta el momento se han publicado seis cuentos de los doce que prevé el proyecto, cada uno escrito por un autor diferente, pero unidos todos por las imágenes en blanco y negro del fotógrafo y cineasta documentalista Clemente Bernad.
          La colección se abre con “Caperucita Roja”, cuento del que se sirve Patxi Irurzun para relatar en “Kaperu” el peligro de la calle -la jungla, en las advertencias que continuamente le hace su abuela- para una joven que, en sus correrías por la ciudad para pintar grafitis, se encuentra atrapada en el miedo de unos pasos que la persiguen. Bajo el título de “La sirenita” José Ovejero escribe “El hombre de la casa”, un relato en el que una mujer embarazada que acaba de llegar en patera conoce a un hombre, alguien que la ayuda, que le concede una esperanza ensombrecida por la decepción. En “Las palabras que ensucian el ruido del mundo”, Marta Sanz presenta un precioso cuento fantástico en el que el espejo de “Blancanieves” toma la palabra para contar la verdad, aquella que está “por debajo de las cosas”. Isabel Bono actualiza el cuento de “El patito feo” con “Puedes llamarme Pato”, un amargo relato sobre el drama que vive una joven anoréxica entre la indiferencia de sus compañeras del colegio de monjas. “Los tres cerditos” se convierten en “Lobo y los tres cerditos” en la extraordinaria historia que, en una “combinación entre lo repetido y lo irrepetible”, escribe Emilio Silva para contar cómo se salva un desahucio en un mar de lágrimas. En “La crisis, a terapia”, Javier López Menacho retoma el cuento “Juan sin miedo” para narrar en primera persona la angustia de un escritor, sus pesadumbres que culminan en la revelación de que “la vida es la pesadilla del sueño”.
          De calidad desigual, como es de prever en cualquier colección, estas versiones actualizadas de algunos cuentos clásicos mantienen en general un buen nivel literario que, al complementarse con la fuerza expresiva de los reportajes fotográficos -no sólo imágenes que ilustran el texto, sino por si solas capaces de trazar un relato visual sobre temas de actualidad-, vuelven muy atractivo este interesante proyecto de la editorial Alkibla.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 18 de julio de 2015)






sábado, 20 de junio de 2015

200 números de la revista Platero

Nº 200 de Platero

          En octubre de 1985 un maestro de escuela llamado Juan José Lage elaboró un “Boletín informativo de la Biblioteca” para repartir entre sus compañeros del colegio público de Infiesto. Con el objetivo de dinamizar la poca activa biblioteca del centro, en sólo ocho páginas -tiradas a ciclostil- pretendía “informar sobre los autores, temas y libros de la entonces todavía incipiente Literatura Infantil y Juvenil (LIJ), fomentar hábitos lectores y mentalizar sobre la importancia de la biblioteca escolar como fuente de aprendizaje”. Al año de salir ese primer Boletín se formó en el Centro de Profesores de Oviedo un Seminario de LIJ que empezó a elaborar una revista con el nombre de Platero, en homenaje al personaje creado por Juan Ramón Jiménez. La periodicidad de su publicación era de siete números al año y se distribuía de forma gratuita en los centros educativos del Principado de Asturias.
          Desde entonces hasta la actualidad, en la que se celebran sus treinta años de existencia y la salida del número 200, la idea original de la revista no ha cambiado, de forma que sigue siendo un reducido grupo de profesores de educación infantil, primaria y secundaria quienes hacen las reseñas de los libros, entrevistan a autores, escriben reportajes o artículos de fondo con la intención de divulgar la LIJ entre la comunidad educativa. De vez en cuando, a menudo coincidiendo con alguna efeméride, se elabora un número monográfico dedicado a un autor o una obra, entre ellos Lewis Carroll, Roald Dahl, Ana María Matute, Edgar Allan Poe, los 300 años de Caperucita Roja o el centenario de la primera edición de “Platero y yo”, publicado en noviembre del año pasado. El reconocimiento a esta labor de divulgación llegó en el año 2007, en el que la revista Platero recibió, en manos de su fundador Juan José Lage, el Premio Nacional al Fomento de la Lectura, concedido por el Ministerio de Cultura. Igualmente ese mismo año se le entregó el Premio “Platero” de la Organización Española para el Libro Infantil.
          En un ámbito -el de la cultura- en el que la supervivencia de las publicaciones depende de un hilo, es digno de celebrar -sobre todo resaltando el empeño de Juan José Lage, una de las personas que mejor conoce en España la LIJ, colaborador en diferentes medios de comunicación y autor de algunos importantes libros sobre la literatura destinada a los más pequeños, como “Animar a leer desde la biblioteca” (CCS, 2010), “Diccionario histórico de autores de la LIJ contemporánea” (Mágina, 2010), “Antología de cuentos y algunos poemas” (Octaedro, 2011), “Bibliotecas escolares, lectura y educación” (Octaedro, 2013)- el camino que ha llevado la revista Platero hasta la publicación de este número 200, que con el título de “Ilustres ilustrados” incluye un sucinto repaso a “La historia de Platero”, una selección comentada de los que se consideran los mejores álbumes ilustrados del siglo XX y de lo que llevamos del XXI y -en las páginas centrales que habitualmente suelen ocupar las reseñas de los libros- una semblanza de los 15 “Maestros de lecturas” que ahora siguen con entusiasmo la encomiable labor de sacar cada dos meses una revista literaria.
          Como las orejas del burrito creado por Juan Ramón, en la actualidad también son gemelas las ediciones en papel -que sigue distribuyéndose gratuitamente entre los centros educativos de Asturias- y digital de la revista (http://blogdelarevistaplatero.blogspot.com.es/), donde aparte de ver el número del mes, se puede consultar una hemeroteca, leer citas de autores y textos seleccionados, y enlazar a otros blogs o páginas de interés.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 20 de junio de 2015)


sábado, 23 de mayo de 2015

La tarea del héroe


La princesa rana
Cuento tradicional ruso
Interpretado por Tatiana Davidovitch
Editorial Pobre Lobo. Madrid, 2014


          Este cuento popular ruso viene a demostrar que todos los relatos que han llegado por vía oral hasta nuestros días conforman, a pesar del empeño del hombre por elevar fronteras, un acervo común, de manera que debemos convenir que en un desconocido y lejano origen se produjo sobre una amplia geografía la serie de arquetipos literarios que hemos concebido bajo el nombre de cuentos tradicionales. Títulos tan conocidos como Blancanieves, Cenicienta o Caperucita Roja son sólo versiones -ajustadas al tiempo y al espacio que les son propios- de un caudal narrativo universal. Por ello, no es de extrañar que en su indispensable “Cuentos al amor de la lumbre” (Anaya, 2011), Antonio R. Almodóvar incluya en el volumen correspondiente a los “Cuentos maravillosos” el título “La princesa rana”, dentro del capítulo dedicado al arquetipo de “La princesa encantada”. Las diferencias entre la versión rusa que nos ofrece ahora Tatiana Davidovitch en la recién nacida editorial “Pobre Lobo” y la española que presentó en su día A. R. Almodóvar tienen que ver con la distinción que precisamente este autor hace entre lengua y habla, en el sentido de que la “lengua” sería el arquetipo, “la abstracción resultante capaz de explicar en síntesis la totalidad del cuento”, mientras que “las hablas del cuento son las distintas versiones de él que podemos encontrarnos”. Así, las dos “princesas ranas” compartirían los “siete personajes” -entendidos desde una noción amplia y flexible del concepto- que definen a los “cuentos maravillosos”: el héroe, el falso héroe, el agresor, el donante del objeto mágico, la víctima, el padre de la víctima y los auxiliares del héroe.
          En esta “interpretación” del cuento ruso el personaje del héroe es el hijo pequeño del zar, el zarevich Iván, quien, obligado por el mandato de su padre y la azarosa dirección de una flecha, debe casarse con una rana. Sin duda, su suerte parece un hecho desgraciado, pero, frente a la apariencia de que sus hermanos mayores se han casado con mayor fortuna, la rana guarda la maravillosa cualidad de quitarse su piel y convertirse en una hermosa doncella llamada Vasilisa la Sabia. Así, va saliendo más airosa de las pruebas que el zar pone cada día a las esposas de sus hijos: hornea el pan más delicioso, cose la mejor camisa y hace resplandecer su belleza en la fiesta de palacio. Pero esa misma noche del baile el zarevich Iván comete el error de arrojar al fuego la piel de rana, lo cual provoca que su esposa, transformada en cisne, salga volando por la ventana hasta el otro confín del mundo, donde vive Koschei el Inmortal, el personaje agresor definido como “ojos sin alma, huesos sin carne”. A partir de entonces Vasilisa la Sabia pasa a ser la víctima a quien deberá rescatar su esposo, el héroe Iván. En su camino se encuentra con un anciano (el donante del objeto mágico) que le entrega un ovillo para que le guíe en su búsqueda, a través de montañas, bosques, campos y mares donde tendrá que pasar algunas pruebas hasta llegar a la cabaña de Baba Yaga. Esta bruja (auxiliar del héroe) le dará la clave para enfrentarse a Koschei (a la vez falso héroe y padre de la víctima), quien la tiene cautiva en su reino inmortal.
          Es de celebrar la aparición de la editorial Pobre Lobo, que con “La princesa rana” (ilustrado por Sally Cutting) inicia la publicación de cuentos fantásticos con personajes procedentes de la mitología eslava.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 23 de mayo de 2015)



sábado, 25 de abril de 2015

Cuando leer es divertido



No debería esperarse a la celebración del Día del Libro o a las Ferias que se organizan unas semanas después para comprar algún cuento o álbum ilustrado para los más pequeños, pero ya que muchos tienen la buena costumbre -bendito ritual- de adquirir algún libro estos días, aprovechando de paso la oportunidad que ofrecen los descuentos, nos permitimos hacer aquí una pequeña selección de algunos de los más divertidos aparecidos últimamente. 
“Cuando papá era pequeño había dinosaurios” y “Antes, cuando no había colegio”, de Vicent Malone y André Bouchard (Edelvives), pertenecen a una colección de álbumes ilustrados en los que, a modo de las viñetas humorísticas, se cuenta un chiste que despierta la risa por lo anacrónico del texto y la gracia de la ilustración. Así, se puede leer que “Antes, cuando no había colegio, la teoría de la evolución se entendía con solo salir a la calle” o “Cuando papá era pequeño, los calzoncillos de pelo de animal eran la moda”. Los dibujos son tan divertidos que los pequeños -y los mayores- pueden pasan un buen rato con sólo ir mirando las ilustraciones de los libros. 
También de André Bouchard aparece “¡Soy el lobo!” (Edelvives), un original cuento en el que un lobo se desespera porque no puede despertar a una niña para meterle miedo. Pero de pronto aparece de debajo de la cama la pesadilla de la niña, un monstruo que, al contrario del lobo, quiere que ésta siga durmiendo para que pueda aterrorizarla dentro de sus sueños. La cuestión se complica cuando también se presenta el monstruo que en la habitación de al lado está tratando de atemorizar a la abuela de la niña. Todo se enreda aún más con las pesadillas del lobo, que le convierten en víctima de los propios miedos que pretende provocar. Las desenfadadas ilustraciones de este divertido álbum seguramente contribuirán también a que los más pequeños puedan reírse de los temores y pesadillas que son tan propios de su edad.
En esta misma línea que toma como referencia los conocidos cuentos infantiles para crear una nueva historia, se encuentra “Feliz Feroz”, de El Hematocrítico (Editorial Anaya). Una loba de la familia Feroz llama preocupadísima a su hermano porque su hijo Lobito es buenísimo: estudia mucho, hace los deberes, tiene todo ordenado y hasta se atrevió un día a ayudar a cruzar la calle a una señora. Entonces el tío se propone hacer de él un lobo digno de llevar el apellido Feroz. Para ello, le enseña a engañar a Caperucita, a disfrazarse para visitar a la abuelita, a soplar fuerte para derribar la casa de los tres cerditos y a afinar su voz para poder comerse a los cabritillos. Al final, Lobito también consigue “meter miedo”, pero de una sorprendente manera. 
La Colección Mortimer, de Tim Healey y Chris Mould (Editorial Anaya), ha presentado por ahora tres disparatados cuentos en los que el ingenioso Mortimer (“un tipo pequeño con grandes ideas”) se dedica a inventar cacharros como la “máquina moquiavélica” (en “La invasión del moco”), “el arma antigravitaroria (en “El platillo volante”) o “el ingenio fantasmagórico” (en “Hay fantasmas sueltos”), que trastornan hasta el delirio la normal vida de su colegio. Los divertidos textos escritos en verso se intercalan ágilmente con unas llamativas ilustraciones que, empleando sólo un color chillón en cada cuento, logran dar un ritmo trepidante a estos tres relatos llenos de humor y fantasía, muy acertados para provocar la sorpresa y la risa en los pequeños lectores.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 25 de abril de 2015)




viernes, 3 de abril de 2015

Gavilla de soledades


Club Lola y otros espectáculos
José Ángel Ordiz
Liber Factory. Madrid, 2014
(337 págs.)


          Para que un libro de relatos consiga ser algo más que una mera reunión de los textos cortos que a un autor se le han ido escapando cuando sólo pretendía hacer “ejercicios de muñeca”, debe haber un hilo que los una, la imprescindible hebra para que la gavilla de relatos no se suelte y se nos caigan, como sarmientos secos, de las manos. En esta reunión de “diez narraciones de variada temática y extensión no menos dispar”, el hilo conductor nace de la novela corta “Club Lola”, que, por su dimensión (180 páginas) y su calidad literaria, bien pudiera haber sido objeto de una edición en solitario.
          La novelita tiene como escenario un club nocturno donde, como en un microcosmos, se desenvuelven diferentes tipos humanos que, en definitiva, han encontrado en ese espacio un medio para la supervivencia, es decir, un lugar donde es posible compartir la soledad a la que les ha condenado la propia vida. Es la soledad de Jerónimo, el extraño personaje que aparece un día por el club con la intención de gastarse allí cinco millones de pesetas en cien días; es la soledad de Lola, la dueña del local que ha llegado a ese turbio cometido tras el abandono de un amor cobarde; es la soledad de Rogelio, el camarero leal que sabe escuchar y callar todas las historias; es la soledad de todos los hombres que cada noche acuden al club engañándose con la verdad de un amor falso; y es la soledad de todas las chicas que, como Celeste, prefieren no hablar para no tener que mentir. Todas las soledades son definitivas porque es imposible cambiar el pasado de donde proceden. Están labradas en un tiempo que aparece en la narración de forma fragmentaria, intercalado con un presente que también se presenta ante el lector con la demora precisa que exige una historia llena de sugerencias, de diálogos entrecortados, de palabras a medio decir y de escenas retratadas con el filtro de la mirada irónica. Esa es la esencia de José Ángel Ordiz (Sotrondio, 1955), que, como nos tiene acostumbrados en la mayoría de sus obras, logra destilar el lenguaje hasta lo justo que quiere expresar u ocultar, llevando así pegado a la austeridad del estilo el sobrio existir en el que se refugian los protagonistas de la historia.
          En el resto de los relatos que acompañan a esta magnífica novela corta se puede seguir el rastro de soledades que deja “Club Lola”. Así, en Las ignorancias del saber” la soledad aparece cuando alguien la denuncia con su presencia; en Nunca seremos ángeles” la viuda defiende en un acto de justicia la dignidad de su vida solitaria; en “El espectáculo debe continuar” la inmigrante que tiene su hijo allá comparte soledades con el enfermo para el que trabaja acá, dueño ahora del corazón solitario que le han trasplantado de una suicida; en “María Bonita” el sexo consuela y amplía al mismo tiempo la soledad del marido, de la mujer y del hombre, los tres necesitados del silencio cómplice de los otros; en “Doble aniversario”, la imposibilidad del olvido de quien ha causado la definitiva soledad a la que nos condena la muerte. Otros cuatro relatos vienen a completar esta gavilla de soledades que forman parte de la “vida caníbal”, aquella a la que Ordiz siempre está atento para transformarla en esa literatura que se sigue asombrando ante “la canallada de algunas certezas”.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 3 de abril de 2015)



sábado, 28 de marzo de 2015

Todos los perros son el perro


Fango
Gonzalo Moure
Edelvives. Zaragoza, 2015 (149 p.)


          La habitual fascinación de los niños por los animales, y en concreto por los perros, tal vez tenga que ver con su natural impulso a relacionarse con ese otro lado de lo real que también forma parte de nuestro mundo. Seguramente los animales representan -igual que para muchos adultos- la sombra que siempre va pegada a nuestra espalda, un atributo que nos resulta a la vez ajeno y propio, una realidad que supone un misterio, tanto por lo que tiene de presencia cotidiana como de escurridiza apariencia. Son como el eslabón que a la vez nos separa y nos une a la naturaleza de la que formamos parte, pero a la que no acabamos de pertenecer del todo. En nuestro imaginario, los animales viven en el bosque, en el interior de los sueños y entre las páginas de algunos cuentos infantiles. Su hábitat natural es -incluso para los que conviven cerca de nosotros- el reino del más allá, el escondido lugar donde los niños se internan con la intención de encontrar el misterio oculto de la vida.
          Ese es posiblemente el sentido de “Fango” (Edelvives, 2015), del escritor valenciano afincado en Asturias Gonzalo Moure. En esta novela un narrador sin nombre, que cuenta desde la edad adulta su amor a los perros, empieza por compartir un sentimiento común a la mayoría de los niños cuando se lamenta de que no le dejaban tener perros de pequeño. ¿Quién no ha deseado tener un animal -una mascota, como se dice ahora-, y sobre todo un perro, cuando era niño? ¿Y cuántas veces los padres han frustrado ese deseo de sus hijos?
Ilustración de Ester García
          Casi siempre, pues, igual que sucedía con la bicicleta que nunca traían los Reyes Magos, la misma costumbre era -y es- pedir un perro como denegarlo. Pero el narrador, “como no podía tener perros”, tuvo la suerte de poder leer libros donde precisamente “vivían” perros: Niebla, Argos, Kazán o Colmillo Blanco. Así, recuerda cómo le conmovió cuando a Ulises, al volver a su palacio después de haber pasado tantas aventuras, sólo le reconoce su viejo perro Argos. Sin embargo, sólo supo realmente lo que es amar y ser amado por un perro cuando se hizo amigo de Antonio, quien parecía haber nacido con un don para tratar a los animales. Con Antonio, que tenía el raro deseo de ser pastor, empezó a compartir la afición por el mundo de los perros y a vivir aventuras como aquella en la que salvan de los laceros a algunos perros vagabundos o cuando rescatan de la acequia al cocker del cónsul inglés. Así, por la infancia de los dos amigos van pasando perros de toda raza y condición, algunos heridos o con las cicatrices de su vida callejera -alimentando en ellos la idea de que “el espíritu de un perro está en el perro que le sucede” y que en definitiva “todos los perros son el perro”-, hasta que un día rescatan de un vertedero a Fango, “el mejor perro del mundo”. 
          Gonzalo Moure utiliza sus buenas dotes como narrador para escribir este hermoso libro -ilustrado por unas sobrias estampas en blanco y negro de Ester García- que, a través de la relación de dos amigos con los perros, nos habla de algunas cosas fundamentales: la inevitable sucesión de las pérdidas, el valor de la amistad en la infancia, la importancia del amor a la naturaleza y a los animales, la emoción de la aventura y el necesario aprendizaje de que tanto las tristezas como las alegrías forman parte de la vida.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 28 de marzo de 2015)


sábado, 28 de febrero de 2015

La goleta de la imaginación


La isla del Tesoro
Robert L. Stevenson
Anaya. Madrid, 2014 (314 pp.)
  

          Cuando en octubre de 1881 un niño o un joven compró un ejemplar de la revista infantil “Young Folks” y empezó a leer la primera entrega de “La isla del tesoro”, seguramente sintió la desconocida emoción de poder vivir una magnífica aventura y más aún padecer una cierta ansiedad por tener que esperar la salida de los siguientes ejemplares de la revista, donde se siguió publicando la obra hasta su final en enero de 1882. Es seguro que este niño o este joven no sabía que con la misma emoción y parecida ansiedad su autor había escrito sus primeros quince capítulos en quince días, a razón de uno diario, y que después de una obligada parada por habérsele quedado “la boca vacía” de palabras, consiguió acabar la novela al mismo ritmo con el que la había comenzado.
R.L. Stevenson

          De igual manera, un niño o un joven de hoy en día que tenga la suerte de leer por primera vez esta joya de la literatura escrita por el escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894) y publicada ya en forma de libro en 1883, de pronto se verá inmerso -con una desconocida mezcla de placer e inquietud- en la piel de Jim Hawkins para vivir una aventura que tan sólo puede residir en los sueños de la infancia; se asombrará de cómo en el joven Jim se unen el valor y el miedo, la astucia y el punto de inconsciencia necesario para poder enfrentarse a los peligros que conlleva la aventura y la posibilidad cierta de la muerte; descubrirá que el mal, sustentado en la traición protagonizada por el pirata cojo John Silver el Largo y su partida de marineros desleales, siempre es un desafío para el bien, representado por las personas de honor -el caballero, el doctor y el capitán del barco- y por aquellos que están de parte de la justicia y el orden; reconocerá que el protagonista no hace más que emprender un viaje hacia si mismo, hacia su propio interior en busca del tesoro que siempre está en riesgo de no ser encontrado o, peor aún, de ser robado por los piratas que a menudo nos acechan con el cuchillo entre los dientes. Aunque tal vez no caiga de inmediato en la cuenta de que el aprendizaje de Jim Hawkins es de parecido calibre al que experimenta él mismo cuando se le revela, en el placer de la lectura de esta emocionante, profunda novela, un conocimiento personal e intransferible, aquel que cada uno sea capaz de hacer después de haber navegado en la goleta de la imaginación. Es el mismo viaje que realizó el propio Stevenson, quien huyendo del clima de su Escocia natal que tanto daño hacía a su precaria salud, fue en busca de su isla del Tesoro a los mares del sur, donde se convirtió para los nativos en Tusitala, el narrador de cuentos.
          La ocasión para reseñar esta obra maestra la brinda la edición en tapa dura que nos presenta ahora la editorial Anaya, con traducción de María Durante y con unas magníficas ilustraciones de Jordi Vila Delclòs que se ajustan al texto casi al modo de los fotogramas de las películas antiguas. Esta nueva edición incluye, además de la nomenclatura de la goleta y el mapa de la isla para facilitar a los jóvenes lectores la comprensión de algunos términos y ayudarles a visualizar los enclaves donde sucede la aventura, un entusiasmado prólogo a cargo de Fernando Savater.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 28 de febrero de 2015)

sábado, 7 de febrero de 2015

Higia pecoris, salus populi


Bendice estos animales que vamos a recibir
Pepe Monteserín
Ediciones Trea. Gijón, 2014
492 páginas

          En estos tiempos en que se celebra la confusión o confluencia de géneros, podríamos afirmar, aún a riesgo de resultar demasiado osados para lanzar tal propuesta, que seguramente Pepe Monteserín acaba de inventar un nuevo género literario con su última obra “Bendice estos animales que vamos a recibir” (Ediciones Trea, 2014). Se trataría de una suerte de diario al que se podría calificar como temático o de argumento. Durante 111 días de “excursión e incursión” -desde el 3 de febrero al 24 de mayo de 2014-, el prolífico escritor praviano ha ido dando cuenta a modo de diario de sus encuentros con más de treinta veterinarios y de sus impresiones sobre esta profesión que trabaja con el reino animal. A diferencia de los diarios al uso, en los que el autor, dejándose llevar por el azar de los días, va plasmando más o menos fielmente lo que le ocurre o lo que se le pasa por la cabeza, la característica principal de este tipo de “diario temático” bien pudiera ser, como anticipa el autor en el prólogo, divulgativa, lo cual lo aleja del deliberado intimismo del diario ortodoxo para llevar a cabo una intencionada labor transitiva, de información -y, por tanto, de formación- sobre el asunto propuesto.
          Así, Monteserín nos invita -más bien nos lleva de la mano- a acompañarle en sus encuentros con los veterinarios que van contando los entresijos de su profesión, con la cualidad añadida de que somos de la misma estirpe que el autor, un espectador profano que se asombra de todo lo que ve, experimenta o le cuentan. Como el detective de un relato policíaco, el autor se presenta en el lugar de los hechos, pregunta a los testigos y recoge pistas para descubrir qué es la Veterinaria, esa ciencia que, siguiendo el lema de “Higia pecoris, salus populi”, parece el eslabón necesario entre los animales y el hombre, ya que a menudo el mundo animal es -como en una adivinanza- aquello que está a la vez más cerca y más lejos de nosotros, los seres vivos que más se nos parecen porque no en vano compartimos el mismo reino, pero de los que a la vez nos separa la distancia a que nos obliga nuestro orgullo racional.
          Esa realidad -mancomunada entre animales y veterinarios- que nos presenta el autor abarca el dilatado espacio que va de las explotaciones ganaderas a las clínicas de animales pequeños, de las especies exóticas de los zoológicos al control de la sanidad alimentaria, de las facultades de veterinaria al cuidado de los caballos de carreras, de las especies marinas a la apicultura, del matadero de Noreña a los pastores nómadas de Senegal. Y más, bastante más porque, como en todo buen relato, el tema o el argumento de la obra no es más que una excusa para, en este caso, contar -con las pinceladas de humor que le son propias a Monteserín- historias personales, recorrer la geografía de España y parte de Francia, hacer alguna alusión histórica, sacar a relucir ciertas costumbres o traer referencias literarias, como Platero, el burrito de plata que recorre, con su paso lento, las páginas del libro.
          Con todo, tal vez el mayor mérito de esta obra es que Monteserín no sólo nos muestra una realidad a menudo tan desconocida, sino que el mundo animal aparece ante nosotros como una sorprendente revelación, aquella que, como recoge el texto en una cita de Asunción Herrera, es capaz de “dar significado a nuestra identidad”.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 7 de febrero de 2015)

sábado, 31 de enero de 2015

El pasado adormecido


La edad de la anestesia
Elena Alonso Frayle
Edelvives. Zaragoza, 2014


          La propia narradora de esta novela afirma que su intención cuando se propuso escribir la historia va más allá de contar algo que ocurrió: la misteriosa muerte de Paul Ebling; el tiempo detenido en una habitación de una clínica; la ciudad de Berlín, dividida por el muro que materializaba la irreconciliable ruptura entre dos mundos; o la semblanza de toda una generación que vivió durante años al margen de la realidad. Así, Laura, la joven que narra la historia en primera persona, asegura que el sentido de lo que está contando tiene más que ver con el propio descubrimiento de lo que hubo detrás de esos hechos.
          Esa indagación se produce en una clínica de rehabilitación que se encuentra en medio de los tupidos bosques de Brandeburgo, cerca de Berlín, donde Laura debe pasar seis semanas para recuperarse después de haber sido operada de una cardiopatía que sufre desde su nacimiento. Su enfermedad ha marcado su vida, dotándola de una fragilidad que en parte ha sido compensada por los numerosos libros que ha leído y por la suerte de ser bilingüe, consecuencia de tener la ventaja de ser hija de una madre alemana y de un padre español, suerte que en la actualidad se ha roto con la separación de los padres. En la clínica, que a lectora tan voraz le trae ecos del sanatorio para tuberculosos de “La montaña mágica” de Thomas Mann, conoce a Jan, un joven descendiente de emigrantes españoles, que se encuentra allí haciendo el Praktikum para sus estudios. Ha elegido ese lugar atraído sobre todo por ser el lugar donde Honecker, el último presidente de la RDA, vivía recluido con sus ministros y otros jerarcas del Politburó. Laura, conmovida porque Jan, en el idioma un tanto peculiar que aún conserva de sus antepasados españoles, le ha confiado el secreto de que va a investigar lo que hay dentro de los cajones de la biblioteca donde se amontonan libros y documentos que quedaron después de la caída del Muro, se une a sus pesquisas, seducida también por el olor “humano” y las agradables atenciones del joven, cuya sola presencia basta para despertarle sensaciones y sentimientos hasta ahora desconocidos para ella. Así, la atormentada estancia que Laura había previsto en la clínica, aburrida y sola, desconectada de la televisión, el móvil y los ordenadores, rodeada de pacientes más enfermos que ella, asistiendo a la tortura de las sesiones de rehabilitación y para colmo atendida por el repulsivo “Doktor Infaustus”, se convierte de repente en una maravillosa oportunidad para husmear en los secretos que aún guarda el edificio y, sobre todo, en la íntima emoción de saberse cómplice de la investigación que Jan, a partir de una foto encontrada en un cajón, quiere hacer sobre el pasado de su misteriosa familia.
          Elena Alonso Frayle (Bilbao, 1965) ha logrado con “La edad de la anestesia” (Premio Alandar de Narrativa Juvenil 2014) una magnífica novela de aprendizaje en la que, utilizando muy bien la técnica de intercalar capítulos en los que se narra de forma objetiva el episodio de la muerte de Paul Ebling -circunstancia que investigan los dos protagonistas del relato-, va llevando al lector a descubrir junto con la narradora el período de letargo que se sufrió en la reciente Historia de Europa, pero más aún -y en contraste con este adormecido pasado- le enseña cómo a Laura se le va revelando el emocionado despertar de su propia vida.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 31 de enero de 2015)




sábado, 3 de enero de 2015

16 ciudades, un sombrero y la ballena blanca



          Por estas fechas las editoriales que publican para el público infantil y juvenil suelen presentar atractivos libros de gran formato, los llamados álbumes ilustrados que, encuadernados en tapa dura, aúnan en sus páginas las ilustraciones y el texto. Entre la gran oferta que estos días inunda las librerías, nos permitimos hacer una pequeña selección.
          En la colección “Los grandes clásicos”, la editorial Bruño añade a los publicados el año pasado (“Los tres cerditos y el lobo”, “La bella durmiente” y “Caperucita roja”) los volúmenes “Cenicienta” y “Pinocho”, ambos con versiones muy amenas y bien ajustadas a los más pequeños a cargo de Concha López Narváez y con las características ilustraciones en collage de Violeta Monreal. De la misma editorial e ilustradora, pero con texto de Lorenzo Silva, aparece “16 ciudades”, un entretenido viaje por algunas de las ciudades más importantes del mundo, entre ellas Barcelona y Madrid. En cada ciudad se cuenta quién la fundó y cuándo, cuánta gente vive allí, su papel en la historia y en la actualidad, sus monumentos, museos y ciudadanos ilustres. Además, en cada doble página hay escondidos seis objetos que el lector debe descubrir.
          “El sombrero de la reina” (Steve Antony. Editorial Bruño) es un original álbum en el que la reina persigue el sombrero que le ha quitado el viento. En versión bilingüe español-inglés, el pequeño lector hace, junto a la reina, un divertido recorrido por las calles, los monumentos y el cielo de Londres. Para los primeros lectores, la colección Cubilete presenta “Así es mi corazón” (Jo Witek y Christine Roussey), un precioso álbum donde se van expresando los sentimientos y emociones -asociados a dibujos que los evocan- que se albergan en esa especie de casita con jardín que es el corazón, y “Dentro de nuestra mamá” (Witek y Roussey), un singular libro de “autoayuda” narrado en primera persona por la hermana que espera la llegada de un nuevo hermanito, ilustrado con sencillos dibujos y salpicado de solapas sorpresa donde aparece el bebé feliz dentro de la tripa de la madre.

         “El pequeño elfo Cierraojos” (Edelvives) cuenta cómo un elfo se aparece por la noche junto a la cama de Víctor para cerrarle los ojos y así, mientras duerme, poder entrar en sus sueños a través de siete cuentos, tantos como días tiene una semana. Es una adaptación bastante libre de siete breves cuentos de H. C. Andersen, primorosamente ilustrados a bolígrafo por Éric Puybaret. Con texto e ilustraciones de Benjamin Chaud, “Osito y un rayo de sol” (Edelvives) narra las peripecias que tiene que pasar un oso para lograr alcanzar a su osito que ha desaparecido. La persecución a través del alocado tráfico de la ciudad, subido a un tren o a bordo de un barco, hasta llegar a la playa donde bailan la canción del sol, está ilustrada a doble página con magníficas estampas donde es preciso detener la mirada para poder asombrarse con todos los detalles. “Ahab y la ballena blanca” (Manuel Marsol) parte de la conocida novela de Herman Melville para narrar en primera persona el viaje del capitán Ahab en busca de Moby Dick. A través de un ingenioso y divertido texto y de unas expresivas ilustraciones a toda página, el lector se introduce en las procelosas aguas de la aventura de hallar a la mítica ballena blanca, a la vez que se acerca de forma original a un clásico de la literatura. Esta preciosa obra ha obtenido el Premio Internacional Álbum Ilustrado 2014 de la editorial Edelvives.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 3 de enero de 2015)