Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 28 de marzo de 2015

Todos los perros son el perro


Fango
Gonzalo Moure
Edelvives. Zaragoza, 2015 (149 p.)


          La habitual fascinación de los niños por los animales, y en concreto por los perros, tal vez tenga que ver con su natural impulso a relacionarse con ese otro lado de lo real que también forma parte de nuestro mundo. Seguramente los animales representan -igual que para muchos adultos- la sombra que siempre va pegada a nuestra espalda, un atributo que nos resulta a la vez ajeno y propio, una realidad que supone un misterio, tanto por lo que tiene de presencia cotidiana como de escurridiza apariencia. Son como el eslabón que a la vez nos separa y nos une a la naturaleza de la que formamos parte, pero a la que no acabamos de pertenecer del todo. En nuestro imaginario, los animales viven en el bosque, en el interior de los sueños y entre las páginas de algunos cuentos infantiles. Su hábitat natural es -incluso para los que conviven cerca de nosotros- el reino del más allá, el escondido lugar donde los niños se internan con la intención de encontrar el misterio oculto de la vida.
          Ese es posiblemente el sentido de “Fango” (Edelvives, 2015), del escritor valenciano afincado en Asturias Gonzalo Moure. En esta novela un narrador sin nombre, que cuenta desde la edad adulta su amor a los perros, empieza por compartir un sentimiento común a la mayoría de los niños cuando se lamenta de que no le dejaban tener perros de pequeño. ¿Quién no ha deseado tener un animal -una mascota, como se dice ahora-, y sobre todo un perro, cuando era niño? ¿Y cuántas veces los padres han frustrado ese deseo de sus hijos?
Ilustración de Ester García
          Casi siempre, pues, igual que sucedía con la bicicleta que nunca traían los Reyes Magos, la misma costumbre era -y es- pedir un perro como denegarlo. Pero el narrador, “como no podía tener perros”, tuvo la suerte de poder leer libros donde precisamente “vivían” perros: Niebla, Argos, Kazán o Colmillo Blanco. Así, recuerda cómo le conmovió cuando a Ulises, al volver a su palacio después de haber pasado tantas aventuras, sólo le reconoce su viejo perro Argos. Sin embargo, sólo supo realmente lo que es amar y ser amado por un perro cuando se hizo amigo de Antonio, quien parecía haber nacido con un don para tratar a los animales. Con Antonio, que tenía el raro deseo de ser pastor, empezó a compartir la afición por el mundo de los perros y a vivir aventuras como aquella en la que salvan de los laceros a algunos perros vagabundos o cuando rescatan de la acequia al cocker del cónsul inglés. Así, por la infancia de los dos amigos van pasando perros de toda raza y condición, algunos heridos o con las cicatrices de su vida callejera -alimentando en ellos la idea de que “el espíritu de un perro está en el perro que le sucede” y que en definitiva “todos los perros son el perro”-, hasta que un día rescatan de un vertedero a Fango, “el mejor perro del mundo”. 
          Gonzalo Moure utiliza sus buenas dotes como narrador para escribir este hermoso libro -ilustrado por unas sobrias estampas en blanco y negro de Ester García- que, a través de la relación de dos amigos con los perros, nos habla de algunas cosas fundamentales: la inevitable sucesión de las pérdidas, el valor de la amistad en la infancia, la importancia del amor a la naturaleza y a los animales, la emoción de la aventura y el necesario aprendizaje de que tanto las tristezas como las alegrías forman parte de la vida.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 28 de marzo de 2015)


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