Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 31 de diciembre de 2016

Una aventura íntima y silenciosa


Piara
Mónica Rodríguez
Narval Editores. Madrid, 2016



Entre la multitud de apellidos que se les suele poner a las obras literarias (policiacas, de aventuras, de misterio, de amor, de piratas, de princesas, de humor, de terror, negras, rosas, verdes,… así hasta alcanzar una lista interminable), hay un tipo de obras en las que parece no suceder nada. Son en cierto modo inclasificables, si no fuera porque esa misma condición les confiere su propia cualidad, una aparente ausencia de acontecimientos relevantes que, sin embargo, deben dejar traslucir un rasgo propio, por ejemplo el consabido cambio que experimentan los personajes de la historia. En ellas suele producirse una suerte de subterránea transformación, esa “aventura íntima y silenciosa” de la que habla Mónica Rodríguez (Oviedo, 1969) en su última novela “Piara” (Narval Editores).
La escritora ovetense, que dejó su trabajo en el Ciemat para dedicarse por entero a la literatura infantil y juvenil, cierra con esta deliciosa novela un año plagado de éxitos literarios. Con “La partitura” recibió el premio Alandar concedido por la editorial Edelvives y con “Alma y la isla” el Anaya de LIJ. Anteriormente ya había recibido otros galardones, entre ellos el Premio de la Crítica de Asturias 2007 por “Los caminos de Piedelagua” (Editorial Everest).
Imagen del blog de Patricia Metola
     La levedad del argumento de “Piara” se ve salpicada por hechos puntuales que en ese contexto no sorprenden al lector. Así, parece algo cotidiano que Ángela, una chica que vive feliz en su pueblo, rodeada de una piara de cerdos y sintiendo descalza la hierba que pisa, se encuentre de pronto con un chico desconocido bañándose en el río; es de esperar que Ángela vea desde la pequeña ventana del sobrado cómo su tío ayuda a morir al viejo caballo percherón; es de lo más normal que para evitar que se muera de frío, la tía Guillermina meta entre sus tetas al pollo que nació sin plumas; es algo habitual que a Ángela le guste hacerse la muerta dentro de los ataúdes que esperan en el almacén de “la tienda de todo” a ser ocupados definitivamente por alguien; no es extraño que una yegua se ponga de parto cuando todos los invitados están ya emperifollados para asistir a una boda; parece costumbre poner nombres propios –Garrufo, Fermín, Romina- a los cerdos y jugar con ellos en su propio fango; es de creer que se curen las heridas con un emplasto hecho con las matas de orejas de vaca que crecen en las esquinas de los muros; es posible que Ángela escuche el poderoso latido del corazón de la yegua con el fonendo del veterinario. 
        Y por debajo o por encima, a un lado o al otro, o dentro mismo de esa vida cotidiana en la que sólo ocurre lo que nunca ha dejado de ocurrir, transcurre mansamente, como de soslayo, la relación entre Ángela y Pedro, el misterioso niño de ojos tristes llegado de la ciudad, que de la mano de su amiga va descubriendo las acostumbradas maravillas del mundo rural. Pero sobre todo a los dos jóvenes el paso de los días va despertándoles sentimientos nuevos, una “corriente caliente” que poco a poco va atravesándoles de parte a parte sus corazones. Esto es lo que pasa cuando no pasa nada, el asombro repentino ante la experiencia más importante que nos puede suceder en la vida. Las acuarelas de la ilustradora Patricia Metola aportan una suave plasticidad a una novela plagada de sensuales imágenes.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 31 de diciembre de 2016)


sábado, 10 de diciembre de 2016

Para disfrutar en compañía



El niño que se convirtió en coche”

 Marcelo Matas de Álvaro
 Editorial Juglar. Toledo, 2016



            Marcelo Matas ha escrito varios cuentos infantiles, el volumen de relatos “Ingenio lego” (de próxima publicación) y participado en varios libros colectivos.  Pertenece al Comité de Redacción de la revista “Platero”, una atalaya privilegiada para pulsar los gustos e inquietudes de los más pequeños, y es colaborador de “El Comercio” y de la revista digital “Literarias”. De su experiencia con este difícil público y su deseo de divertir y enseñar nace “El niño que se convirtió en coche”, cuento que acaba de ver la luz en la editorial Juglar dentro de su coqueta colección Mandarina.

            Escrito a fuego lento y con mirada de observador de patio de colegio, en el autor se nota una mano acostumbrada a tratar con el público infantil y juvenil y unos ojos también muy hechos al ámbito literario que nos ocupa, el de los niños que, lejos de las prisas y de las sagas literarias infantiles actuales -más preocupadas de vender cromos y merchandising que de labrar una buena historia-, saben que son niños y que no les apetece crecer. Y es que libros como éste, con una historia sencilla, basada en un hecho real, pero con un toque de ese período un poco surrealista que es la infancia, son los que han de acompañarnos al crecer, no tanto físicamente sino en cuanto a nuestra imaginación, la cual va configurándose a base de historias y experiencias desde esta primera y fundamental etapa de la vida.
            Destinado a un público a partir de 7 años, el cuento presenta a Luis, un niño al que le encantan los coches y que sufre una especie de metamorfosis kafkiana al encarnarse en un coche. Sus amigos también se convierten en otros objetos y juguetes como pelotas, muñecas, indios y vaqueros o dinosaurios. De toda esta locura infantil nace el sentimiento de compartir nuestros juegos con los demás, y la enseñanza -una de ellas- que este cuento nos muestra, la de que disfrutamos más en compañía de los demás, de que este mundo está hecho para compartir, y ya desde la infancia debemos saberlo y obrar en consecuencia.
Ilustración de Mónica de Íscar
            La joven ilustradora Mónica de Íscar representa en dibujos la historia sin por ello utilizar las tan manidas alharacas técnicas de otras colecciones, sin tintas fluorescentes ni dibujos prediseñados, pero con un buen hacer sabiendo sumergir al lector en ese mundo infantil dulce, despreocupado y sin aristas, consiguiéndose así un cuento escrito para leer, pero también para contar y recontar, ya que tiene la longitud ideal para no cansar, pero sí para sumergir en un mundo de sueños a los niños y adultos que se acerquen a conocer la asombrosa aventura de Luis, el niño que se convirtió en coche.
            Esta historia no solo es recomendable para maestros y bibliotecarios, sino que también -les aseguro- hará las delicias de los padres, madres, abuelos, tíos, primos y hermanos que se acerquen a ella, ya que tiene el tamaño perfecto para ser disfrutada una y mil veces antes de ir a la cama, durante un viaje, antes de jugar o en el tiempo diario de lectura, ya que a buen seguro no cansará a los más pequeños que se acerquen a ella, niños y niñas a quienes les encanta soñar, pero siendo conscientes los adultos que compartimos con ellos ese momento mágico que conlleva abrir un libro, de que tenemos que alimentar esos sueños con historias como ésta, sencillas, tiernas, encantadoras y que enseñen algo. Este es el caso. Disfrútenlo.



(Reseña publicada por David Fueyo en el suplemento Culturas de El Comercio La Voz de Aviles. 10 de diciembre de 2016)




sábado, 3 de diciembre de 2016

En busca del tesoro


Las aventuras de Tom Sawyer

Mark Twain
Editorial Anaya. Madrid, 2016


              
             “En la vida de cualquier chico normal llega un momento en el que siente un deseo irresistible de salir a donde sea en busca de un tesoro escondido”. Esta sentencia, con la que comienza el capítulo XXV de “Las aventuras de Tom Sawyer”, bien pudiera resumir el tema del que tratan no sólo todos los cuentos infantiles o las narraciones juveniles, sino cualquier obra literaria que aspire a alcanzar la categoría de artística. Así, el protagonista –en este caso adolescente, pero puede ser de mayor edad- despierta a la vida en el momento en el que se le revela el mundo como un lugar que debe descubrir por sí mismo. Es el camino –plagado de ilusiones, pero también de laberintos y peligros- hacia el propio crecimiento personal que se da en las narraciones de iniciación o aprendizaje, cualidad que de alguna u otra manera vienen a tener todas las novelas, pues seguramente no hay regla de oro más insoslayable que la necesaria transformación que debe experimentar el principal personaje de la ficción. De ahí que el autor se vea obligado a “esconder un tesoro” que sea preciso descubrir, tanto por el protagonista como –y esto es lo más importante- por un lector avispado y atento.
                  Sin duda, uno de los maestros en indagar en este propósito es el escritor norteamericano Mark Twain (1835-1910), quien en la célebre “Las aventuras de Tom Sawyer” –y también en la magistral “Las aventuras de Huckleberry Finn”- hace experimentar al joven protagonista ese “deseo irresistible de salir a donde sea” para buscar ese tesoro misterioso y oculto.
Mark Twain
Pocos personajes –bien es cierto que a ello han contribuido también las continuas versiones cinematográficas- pertenecen más al imaginario colectivo como Tom Sawyer, ese muchacho travieso que se rebela continuamente contra los deseos y las imposiciones del mundo adulto. El ingenio expresado en el famoso suceso del blanqueo de la valla de la tía Polly, la desbordante imaginación para inventarse la formación de una banda de piratas, de indios o de justicieros como Robin Hood, la valentía para enfrentarse al malvado Indio Joe, el sentido de la justicia al salir en defensa del acusado Muff Potter, la lealtad con los amigos de correrías, en especial Huckelberry Finn, los escarceos amorosos con la joven Becky Thatcher,… son episodios por los que transita nuestro “niño malo” en el camino para adentrarse en la propia aventura de la vida.  Una sucesión de peripecias que podría no tener más significado que el de ser un fin en sí mismo, el mero placer de disfrutar de la amistad y de la aventura, pero que también sugiere la necesidad que tenemos de encontrarnos con nosotros mismos para conseguir ese ansiado tesoro del que habla Mark Twain, y que no puede ser otro que el descubrimiento de la libertad. Una aspiración que en el caso de Tom Sawyer se logra al rebelarse contra el poder de los adultos, las instituciones religiosas y morales establecidas y las buenas costumbres.
Primera edición (1876)
Traemos a colación esta imprescindible novela -que junto a “Las aventuras de Huckelberry Finn” debería estar en las bibliotecas de todos nuestros jóvenes lectores- debido a la reedición que la editorial Anaya está haciendo de su colección Laurin, publicada inicialmente en los años 80 con la intención de ofrecer al público infantil y juvenil las grandes historias clásicas de la LIJ. Se trata de una edición facsímil, que incluye las ilustraciones originales de True W. Williams, con las que se acompañó el texto de la primera edición americana de 1876.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Asturias el 3 de diciembre de 2016)


sábado, 5 de noviembre de 2016

Shakespeare en prosa


Cuentos basados en el teatro de Shakespeare
Charles y Mary Lamb
Anaya, Madrid, 2013


          Charles Lamb (1755-1834) fue un ensayista, poeta y crítico británico de reconocido prestigio en su época. Junto a su hermana Mary publicó en 1807 una adaptación de las obras más conocidas de Shakespeare para que su lectura fuera más asequible a los jóvenes lectores y así poder despertar en ellos el interés para enfrentarse posteriormente a la obra original del dramaturgo inglés. Para ello convirtieron en cuentos en prosa los versos del teatro de Shakespeare, aun a riesgo de perder por el camino la belleza del lenguaje, la profundidad de los diálogos y el dramatismo o la comicidad de las escenas originales que escribió el llamado cisne de Avon. Sin embargo, el empeño parece que mereció la pena, pues a pesar de que la adaptación es acorde con la moral de la época de los hermanos Lamb, estos cuentos se han venido reeditando hasta la actualidad y, sin duda, han servido para el fin propuesto inicialmente: que los jóvenes ingleses tuvieran un primer conocimiento de la obra de su más celebrado escritor.

          Hace unos pocos años la editorial Anaya publicó en la colección “Tus libros selección” –destinada al público juvenil- la traducción española -a cargo de Andrea Morales Vidal- con el mismo propósito declarado por los hermanos Lamb. Por ello, y aprovechando que este año se cumple el cuarto centenario de la muerte de Shakespeare, creemos que es oportuno reseñarla en estas páginas. Así, mezcladas las comedias y las tragedias, los lectores tienen la ocasión de introducirse en el mundo real y mitológico de “La tempestad” o de “El sueño de una noche de verano”, en el enredo cómico de “Mucho ruido y pocas nueces” o de “La comedia de las equivocaciones”, en la reflexión sobre la justicia y la usura de “El mercader de Venecia”, en la ingratitud filial y las miserias humanas de “El rey Lear”, en los peligros de la desmedida ambición de “Macbeth”, en la sumisión de la mujer a su esposo de “La fierecilla domada”, en el desencanto y la sobrevenida misantropía de “Timón de Atenas”, en la ley del talión de “Medida por medida”, en el triunfo del amor frente a las rivalidades familiares de “Romeo y Julieta”, en el dolor, la duda, la traición y la venganza de “Hamlet”, en la virtud asediada por las calamidades de “Pericles, príncipe de Tiro” o en la destrucción del amor por los celos de “Otelo”. En definitiva, una veintena de cuentos escritos con una prosa deudora del romanticismo, muy apropiados para que su lectura sea del agrado de los jóvenes -y adultos- y de paso sirva para que puedan perder el miedo de enfrentarse posteriormente a las versiones originales de uno de los grandes clásicos de la literatura.
          Incluso es interesante detenerse en el Prefacio escrito por los autores, pues de su chirriante anacronismo –por ejemplo, la prohibición a las “jovencitas” de hacer uso de la biblioteca paterna, frente a la autorización a los jóvenes varones- se desprende la moral de una época que nuestros nuevos lectores también deben conocer. Igualmente, las notas a pie de página que se incluyen al principio de cada cuento nos informan del año de su escritura y de que la mayoría de las obras escritas por Shakespeare están basadas en hechos históricos, leyendas, cuentos tradicionales u obras de algún escritor anterior.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 5 de noviembre de 2016)



sábado, 10 de septiembre de 2016

Haberlas, haylas


Las brujas de la reina Lupa
María Solar
Anaya, 2016


            
          Hay un tipo de literatura –también la destinada al público infantil y juvenil, claro está- que no tiene el menor reparo en servirse de ciertos tópicos relacionados con las costumbres o las leyendas de un determinado territorio para asentar más si cabe la vigencia de tales temas. Seguramente, la intención –consciente o no, tanto da- de estos escritores es contribuir a apuntalar algo tan escurridizo como lo que se ha venido en llamar las “señas de identidad” de un pueblo. Así, parece que si eres un escritor del sur, alguna vez te verás obligado a contar, bajo la cálida luz de la luna, una nueva versión del consabido romance del caballero cristiano y la mora cautiva; si eres del norte, tendrás que relatar, entre brumas, desconocidas peripecias de xanas, trasgos o nuberus; y si ese norte mira al Atlántico, no te quedará más remedio que, helado por la espesura de la niebla, descubrir entre bosques a la santa compaña, a los portadores de los restos del apóstol Santiago o una secreta reunión de meigas.
            A estos dos últimos tópicos se apunta la escritora María Solar con “Las brujas de la reina Lupa” (Anaya, 2016), escrito originalmente en gallego. La novela comienza también con otro de los temas recurrentes en la literatura infantil y juvenil, como es la visita que todos los veranos hacen unos niños urbanos a su abuela que vive en el pueblo. Sin embargo, este veraneo que en la mayoría de este tipo de relatos sirve para que los nietos descubran una extraña costumbre, un secreto familiar o una antigua leyenda que a la postre contribuya a su proceso de iniciación al mundo adulto, en este caso lo que descubren los niños es de tal magnitud que, más que contribuir a ese necesario aprendizaje, puede enturbiar su futuro definitivamente, condicionado ya para siempre por haber tenido que sufrir una experiencia tan delirante.
Ilustración de Xabier Bonet
            Alternando los capítulos, se va narrando una historia sucedida en el siglo I y lo que les ocurre en la actualidad (siglo XXI) a tres primos cuando van a pasar el verano al pueblo con su abuela. En la narración antigua se cuenta cómo la cotidiana vida de un castro gallego se ve de pronto alterada por la llegada de unos forasteros que traen desde Palestina los restos del apóstol Santiago con el fin de enterrarlo en aquellas tierras, y cómo, debido a ciertos hechos milagrosos que se suceden tras la llegada del enigmático cadáver, la reina Lupa se ve obligada a renegar del culto a sus dioses para convertirse al cristianismo. En la narración contemporánea, el habitual veraneo de los tres primos en el pueblo coincide este año con la visita a casa de la abuela de unas extrañas amigas a las que les toca organizar un congreso de brujas en el castillo mágico. Ante el asombro de los nietos, la abuela les cuenta que ella es ahora la vigía del castillo por ser descendiente directa de la primera mujer que lo custodió por orden de la reina Lupa. Las brujas la ayudan a defender el tesoro que se encuentra escondido entre sus paredes, pero ¡oh, misterio!, ha desaparecido la llave del castillo.
            A partir de entonces se sucede una aventura en la que los hechizos, la magia negra, las desapariciones y toda la tópica parafernalia que suele acarrear este tipo de narraciones fantásticas pueden ser del agrado de un cierto público juvenil que quiera conformarse con un inverosímil sucedáneo de Harry Potter.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 10 de septiembre de 2016)

            

sábado, 13 de agosto de 2016

El disfrute de la lectura


Antología de relatos fantásticos españoles
Edición de Marina P. Aranda
Anaya, 2016


          Es de común acuerdo suponer que la literatura española se nutre principalmente de obras consideradas realistas, aquellas que tienen la intención de reflejar la realidad de forma más o menos fidedigna, obviando para ello el recurso literario a la imaginación o la fantasía. Esta impresión seguramente se da por comparación con otras literaturas -por ejemplo, las procedentes del norte de Europa o del Oriente- que en sus respectivas tradiciones cuentan con una mayor producción de esas obras que convencionalmente se enmarcarían dentro del género fantástico. Sin embargo -como bien se apunta en la introducción a esta “Antología de relatos fantásticos españoles”, edición de Marina P. Aranda, Anaya (2016)-, en la literatura española también se encuentran obras en las que la imaginación y la fantasía son el medio que el autor utiliza para expresar la “realidad” que quiere contar. Incluso en autores considerados decididamente realistas -como veremos, Galdós o Delibes- podemos hallar narraciones características de la literatura fantástica. 
"El miserere", G.A. Bécquer
          De ahí que sea de celebrar la aparición de esta Antología -específicamente dedicada al público juvenil-, en la que se muestran cronológicamente algunos relatos fantásticos que representan la incursión de la literatura española en este género. El libro se inicia con el título “Lo que sucedió a un deán de Santiago con don Illán, el maestro de Toledo”, narración incluida entre los “ejemplos” de “El Conde Lucanor”, escritos por el infante don Juan Manuel en 1335. Sigue con “El endriago”, episodio sacado del Amadís de Gaula (1300), libro de caballerías que sirvió para secarle los sesos a don Quijote. Del Barroco la Antología incluye “Vida y sueño se mezclan” (1603), una breve narración de Agustín de Rojas Villandrando, “La posada del mal hospedaje”, episodio de “El peregrino en su patria” (1604), novela bizantina de Lope de Vega, y “El estudiante Lisardo” (1658), relato breve de Cristóbal Lozano. Como representantes del Romanticismo, período en el que se da un especial impulso al género fantástico, en este libro se suceden “La pata de palo” (1835), un cuento humorístico de José de Espronceda, y “El miserere” (1862), un relato de terror de Gustavo Adolfo Bécquer. En el realismo del final del siglo XIX se “colaron” narraciones fantásticas como “La conjuración de las palabras” (1686), alegoría de Benito Pérez Galdós, “Cuento futuro” (1886), un relato satírico de ciencia ficción de Leopoldo Alas “Clarín”, y “Rosarito” (1895), novela corta de Valle-Inclán. Ya en el siglo XX, tenemos “El que se enterró” (1908), relato existencial de Miguel de Unamuno, “El otro hombre” (1954), cuento de Miguel Delibes, y “Los libros vacíos” (1997), un relato representativo de José María Merino, autor contemporáneo que destaca precisamente por sus incursiones en el género fantástico.
Como toda antología, podría haber sido otra la selección de las obras, pero creo que las narraciones escogidas suponen un acertado repaso de la literatura fantástica española a través de sus diferentes períodos históricos, teniendo además la cualidad de reflejar la variedad de elementos que pueden tener cabida en este género, como son la aparición de seres sobrenaturales u objetos mágicos, la perturbadora presencia del fantasma, la confusión entre vigilia y sueño, las elucubraciones de la ciencia ficción, la estremecedora amenaza de la muerte o el castañeteo de dientes confundido en la misma mueca con la carcajada malévola.
El propósito eminentemente didáctico de esta antología hace que se complete la edición con una interesante introducción y un análisis de cada obra –incluida una breve semblanza del autor- con el objetivo declarado de “fomentar el disfrute de la lectura en las aulas”.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 13 de agosto de 2016)




viernes, 15 de julio de 2016

Esperar toda la vida


El secreto de Enola
Daniel Hernández Chambers
Edelvives, 2016


         La aparición de algo inesperado es el elemento que normalmente desencadena la trama en las llamadas novelas de misterio, aquellas en las que al protagonista, sorprendido por el repentino descubrimiento de un objeto o un suceso hasta entonces desconocido o secreto, no le queda más remedio que emprender la tarea de desentrañar el enigma que guarda tal hallazgo. En ese empeño suele encontrarse con toda clase de trabas e imprevistos, al mismo tiempo que aparecen también personajes o situaciones que le ayudarán a sortearlos para llegar al buen fin que exige la resolución del relato. El público juvenil -y el adulto, claro está- suele ser muy receptivo a este tipo de novelas, seguramente debido a la entretenida lectura que a menudo conlleva y a la satisfacción que siempre se alcanza al poder cerrar en el mundo de la ficción lo que rara vez se consigue culminar en la vida real. De ahí que las editoriales apuesten una y otra vez por las obras que desarrollen tramas de intriga en las que la resolución del enigma vaya acompañada también por el propio cambio que necesariamente debe sufrir el protagonista para lograr el sentido último de la historia.
         En esta línea se encuentra “El secreto de Enola”, galardonada con el XXVII Premio Ala Delta de la editorial Edelvives. En esta novela su autor, Daniel Hernández Chambers (Tenerife, 1972), se atreve a introducir, como elemento desencadenante de la acción, algo en principio no muy agradable como es el esqueleto de una paloma. El joven Ralph, apodado Calcetines porque suele ponérselos de diferente color, encuentra la repugnante osamenta al limpiar la chimenea de su vecina, la solitaria anciana Enola. Pero lo que verdaderamente le llama la atención, después de haber superado el asco que le produce semejante hallazgo, es el mensaje en clave que lleva atado a una de sus patas el esqueleto de la paloma. Con su amiga Margaret -por quien Ralph siente algo más que una mera amistad- se propone descifrar el mensaje de la paloma, pero en sus indagaciones se les cruza otro misterio que también tienen que resolver. Se trata de la existencia de Norman Herzog, un antiguo novio de Enola, del que no se sabe nada desde que hace casi medio siglo se marchó para no volver. Las palomas mensajeras, que se usaron en la Segunda Guerra Mundial como medio de comunicación secreto entre los Aliados y la Resistencia francesa, y la historia de amor imposible entre Norman y Enola, se vinculan para que los jóvenes amigos lleguen a la resolución de ambos enigmas. Para ello, deben utilizar algunas artes con el fin de sacar del silencio a quien conoce los entresijos de la historia, además de verse obligados a tener que servirse de algún personaje poco recomendable para poder descifrar el código secreto.
          Los jóvenes lectores (a partir de 10 años) seguramente disfrutarán de esta entretenida novela, al mismo tiempo que, como le ocurre a Ralph, podrán aprender que, con respecto a los sentimientos que se tenga hacia otra persona, uno no puede dedicarse a esperar toda la vida. A destacar las ilustraciones de David de las Heras, cuyas imágenes evocan la textura figurativa de Edward Hopper.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés el 15 de julio de 2016)



sábado, 18 de junio de 2016

La niña que enredaba con probetas


Marieta
Itziar y Jorge Miranda
Edelvives, 2015


          Es habitual que personajes populares, generalmente vinculados al mudo de la televisión, se lancen a escribir una novela, unas supuestas memorias o unos cuentos infantiles. A menudo estos famosos son tentados por editoriales que quieren apostar sobre seguro para mejorar su cuenta de resultados. Así, los beneficios que rara vez obtienen con las ventas de escritores -digamos- profesionales, saben que sin duda los sacarán si encargan un texto -a menudo sólo es necesaria la presencia de su nombre y la foto en la portada- a una presentadora del telediario, un tertuliano agresivo o una princesa del pueblo. La longitud de las colas habidas en la reciente feria del libro de Madrid demuestra que quien la tiene más larga no suele coincidir con el que más calidad literaria ofrece, sino precisamente con la cantidad de fama que lo precede y adorna. El ámbito de la literatura infantil y juvenil no es ajeno a este festivo acontecer y por ello no es raro encontrar a personajes de la farándula televisiva prestándose a la tarea de firmar unas páginas dedicadas a los más pequeños.
          Es el caso de Itziar Miranda, conocida actriz de una popular telenovela vespertina, quien junto a su hermano Jorge ha sacado al mercado la Colección Miranda (Edelvives, 2015), una serie de biografías noveladas para el público infantil. Sin embargo, hay que decir que los números presentados hasta el momento -Frida, sobre Frida Kalho, Juanita, sobre Juana la Loca, Marieta, sobre Marie Curie, y un recetario de cocina titulado Las recetas de Miranda- tienen la suficiente entidad para que puedan ser del agrado de los jóvenes lectores. A ello contribuye que la vida de estos personajes se cuente desde la mirada de una niña -precisamente llamada Miranda- que tiene ocho años. Una niña un tanto soñadora, a la que le gustan “las pompas de jabón, el olor de las tardes de lluvia y los pájaros que me caben en la mano”, y que a partir de una anécdota cotidiana -por ejemplo, que a su hermano Tato le tienen que hacer una radiografía porque se ha tragado una moneda-, empieza a contar la vida de Marie Curie, a quien Miranda le gusta más llamar “Marieta, la que enredaba con probetas”. A partir de ahí, de una manera desenfadada y coloquial, utilizando expresiones no muy ortodoxas para una biografía al uso, pero sin duda muy apropiadas para acercar el personaje a los pequeños lectores, Miranda va contando la historia de Maria Sklodowska: su nacimiento, infancia y primera juventud en Polonia, sus estudios universitarios en París, las prácticas en el laboratorio de Pierre Curie, el descubrimiento del radio y la obtención de los Premios Nobel de Física y de Química. 
Marie Curie en el laboratorio
          La introducción en el relato de alguna divertida anécdota y las referencias a la propia vida de la narradora contribuyen a una amena lectura de esta biografía que, al igual que las que ha sacado hasta el momento la colección Marieta, quiere llamar la atención sobre la relevancia -tantas veces inadvertida- de la mujer en distintos ámbitos de la Historia de la humanidad como la ciencia, el arte o la política. Este carácter didáctico del libro se completa con un somero repaso a algunos de los polacos más famosos de la historia, una breve reseña sobre el significado del Premio Nobel y una pincelada sobre la utilidad del radio. La suave tonalidad de las ilustraciones de Thilopía embellecen más este precioso libro, muy apropiado además para despertar en los jóvenes lectores el interés por la ciencia.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 18 de junio de 2016)





sábado, 21 de mayo de 2016

La niña que vino del mar


Alma y la isla
Mónica Rodríguez
Anaya, 2016


          Toda ficción tiene como referencia la realidad, y no sólo para dejar constancia notarial de lo que sucede, sino más aún para recrearla, cuestionarla o falsearla. Igualmente suele asegurarse que para que se pueda hacer una verdadera obra de creación, debe darse una cierta distancia temporal con los hechos referidos, de manera que si uno quiere novelar un acontecimiento actual que se prevé histórico o un suceso real que ha vivido en primera persona, debe dejarlo enfriar y alejarse de él el tiempo prudencial para que su poso pueda alumbrar -aunque parezca paradójico- con más veracidad aquello que se quiere contar.
          Ese es el riesgo, el de sortear el peligro de hacer una ficción demasiado pegada a la realidad, que ha sabido sortear con acierto Mónica Rodríguez (Oviedo, 1969) con su novela “Alma y la isla”, (XIII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil). En ella se adentra en el espinoso tema de la emigración para contarnos la historia de Alma, una niña que ha estado a punto de morir ahogada al volcarse la barca con la que trataba de llegar junto a su familia a una isla. En esa isla los pescadores están habituados a rescatar del mar a los emigrantes que tienen la mala suerte de naufragar antes de llegar a su destino. A algunos de ellos el mar los devuelve ahogados y a otros tan empapados que no paran de tiritar de frío cuando son acogidos por la gente 
y llevados al centro de salvamento. Entre estos últimos está Suleman, que, por ser menor al llegar a la isla, no pudo ser devuelto a su país de origen. Cuando fue encontrado, Suleman le regaló a Otto un amuleto, un pedazo de cuero que llevaba colgado del cuello. Ahora el padre de Otto ha rescatado del mar a una niña a quien ha llamado Alma y que ha llevado a vivir con la familia. Todos están encantados con Alma, con el color de su piel, con sus ojos blancos y asustados y los bucles que le caen por las mejillas, pero Otto se siente como un príncipe destronado, porque, para empezar, ahora él tiene que dormir con su abuela mientras ella ha ocupado su cuarto y su cama. La niña tampoco parece encontrarse muy bien, pues hace cosas raras, como esconderse debajo de la mesa o ponerse de repente a romper los dibujos de Otto. Hasta que éste se da cuenta de que ella no tiene el amuleto que llevaba en el cuello cuando llegó a la casa y se le ocurre entregarle el que un día le había regalado Suleman. A partir de entonces, el amuleto se convierte en un elemento mágico que ayudará a Otto a entender a Alma, a saber de su país de origen y de las razones del viaje hasta la isla, pero sobre todo le servirá como un hilo invisible que tendrá el poder de unir a los dos amigos para siempre.
          Esta preciosa historia nos presenta el valor de la ficción, aquel que nos enseña que a través de lo inventado podemos conocer mejor una realidad a la que no logramos acceder del todo sólo con las noticias presentadas en los telediarios. El lenguaje limpio, suave, plagado de imágenes poéticas, también contribuye a esquivar el riesgo de caer en una moralina a la que pueden prestarse las tramas con un trasfondo social. Igualmente, la expresividad lírica de las ilustraciones de Ester García dan el tono emotivo que requiere la historia de la niña que vino del mar.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 21 de mayo de 2016)






sábado, 23 de abril de 2016

Shakespeare para jóvenes


El misterio del cisne (El joven Shakespeare)
Vicente Muñoz Puelles
Anaya, 2016


          A pesar de que todo el mundo sabe que en realidad Cervantes y Shakespeare no murieron el mismo día -aunque sí en el mismo año-, se sigue celebrando el 23 de abril como la fecha en la que de forma insólita tuvieron la coincidencia de morir los dos mayores genios de la literatura universal. Por ese motivo -al igual que en su día ya hicimos un somero repaso de los Quijotes adaptados al público infantil y juvenil-, traemos aquí en esta fecha tan señalada a Shakespeare, cuya obra hoy todo el mundo se apresurará a celebrar.
          Tal vez por tratarse de textos teatrales no proliferan las adaptaciones que suelen hacer las editoriales con la intención de hacer accesibles las grandes obras a los jóvenes lectores. Seguramente para cubrir esta necesidad es por lo que la editorial Anaya ha decidido incluir en su catálogo algunos títulos para que los adolescentes -y los adultos recelosos- pierdan el miedo a enfrentarse a las comedias y tragedias de Shakespeare. Así, las versiones en prosa de “Hamlet” y “Romeo y Julieta”, ambas a cargo de Lourdes Íñiquez Barrena, y el clásico “Cuentos basados en el teatro de Shakespeare”, que los hermanos Charles y Mary Lamb publicaron en 1807 ya con el objetivo de acercar al público juvenil las obras del dramaturgo inglés, contribuyen a despertar el interés por leer los textos originales -”La tempestad”, “El mercader de Venecia”, “Macbeth”, etc.- del inmortal escritor.

          Con el mismo propósito, la agitada vida de William Shakespeare ha sido recreada para los jóvenes por Vicente Muñoz Puelles en “El misterio del cisne”. Partiendo de la consabida argucia cervantina del manuscrito encontrado, el autor de esta biografía novelada cuenta cómo Marcel Briand, jefe del servicio de actividades culturales de Calais y apasionado bibliotecario, descubre entre las guardas de un raro ejemplar del “Primer Folio” -denominación con la que se conoce a la primera edición de las obras del escritor-, hallado por casualidad en las estanterías, una especie de autobiografía que Shakespeare habría escrito al final de sus días, en ese momento en el que, como plasmó en un verso de “Otelo”, quiso “imitar al cisne y morir cantando”. El sorprendido e ilusionado bibliotecario decide transcribir el manuscrito y enviarlo a una editorial para publicarlo como si fuese una novela. Así, el lector podrá presenciar -llevado de la mano del propio protagonista- las peripecias por las que Shakespeare pasó en su vida: su nacimiento en Stratford-upon-Avon, el pueblecito donde su padre ejercía como guantero, el deslumbramiento que le produjo la primera vez que acudió a una representación teatral, su prematuro casamiento con una mujer ocho años mayor que él, su pasión por el teatro que le llevó a abandonar a su familia para entrar como ayudante en una compañía de Londres, sus iniciales pinitos como actor y la escritura de sus primeros poemas y obras teatrales, su progresivo éxito como dramaturgo y copropietario del teatro más famoso de Londres. Al mismo tiempo, asistimos a la ajetreada vida de los cómicos, a una historia de amor con una misteriosa dama, al debate sobre la autoría de algunas obras, a los cambios que se van produciendo en la vida cultural y social británica y a acontecimientos históricos de la época, como el incendio del Teatro del Globo en 1613.
          Sería deseable que esta amena biografía novelada pudiera servir -además de para disfrutar de su lectura- para despertar el interés por leer los sonetos y las obras teatrales del llamado “cisne de Avon”.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 23 de abril de 2016)



jueves, 14 de abril de 2016

Entrevista a Mónica Rodríguez


          La escritora ovetense Mónica Rodríguez cogió hace siete años una excedencia en el Centro de Investigaciones Ciemat para dedicarse por entero a escribir y, a tenor del éxito obtenido, parece que le va a costar volver a trabajar como especialista en energía nuclear. A los galardones que ya tiene acumulados, como el Premio de la Crítica de Asturias en 2007, se unen este año el Premio Alandar de Edelvives por su novela “La partitura” y el Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil por “Alma y la isla”, obra que presenta hoy en Oviedo junto al escritor Gonzalo Moure y el Rector de la Universidad de Oviedo Vicente Gotor. 

viernes, 25 de marzo de 2016

En busca del árbol de pamarandá


El fuego contador de historias
Carlos López
Edelvives. Zaragoza, 2016


          Seguramente una de las razones por las que el lector -y no sólo el infantil o juvenil- se siente fascinado por eso que llamamos literatura, es la infinita capacidad que tienen las palabras para, al unirse entre ellas por el necesario arbitrio del escritor, poder crear cualquier realidad imaginable. Es lo que entendemos como ficción, un artificio que hemos convenido aceptar bajo ciertas reglas implícitas en la propia obra literaria que le da sentido. Así, desde los cuentos fantásticos transmitidos de forma oral u escrita hasta la literatura más surrealista o de ciencia-ficción, pasando -claro está- por la considerada más realista, cualquier narración literaria debe regirse por el principio de verosimilitud, algo así como atenerse a una verdad que sólo tiene cabida en el propio texto, dentro del cual cobra un significado a menudo diferente para cada lector que a él se aproxime. En la literatura infantil y juvenil esta circunstancia se hace aún más exigente que en la destinada al público adulto, pues al estar los jóvenes lectores -en general- más predispuestos a introducirse en territorios alejados de la realidad, los innumerables relatos donde aparecen personajes o sucesos “inverosímiles” (animales que hablan, princesas que duermen cien años o niños que se convierten en coches) pueden caer en la tentación de introducir todo aquello que al escritor se le pase por la cabeza, aún a riesgo de que el cuento se deshilache, como los tejidos sin apresto, en jirones de tramas sólo unidas por el ingenioso título del cuento.
          Este es el riesgo que esquiva con acierto “El fuego contador de historias”, de Carlos López, pues a pesar de que el libro está tan lleno de historias fantásticas que, abriéndolo al azar por cualquier página, el lector puede encontrar algún fabuloso episodio que se incluye dentro del argumento general del relato, éstos no hacen sino enriquecer, sobre todo por la maravilla de sorprendernos ante tal desborde imaginativo, este precioso cuento que seguramente hará las delicias de los jóvenes lectores.
          Siguiendo la estructura de las narraciones clásicas, asistimos al nacimiento del protagonista en forma de “fuego contador de historias”, una rama que se incendió al caer un rayo sobre el árbol de pamarandá, extraña especie de la que sólo existe un ejemplar en el mundo. A la mañana siguiente, un pastor que pasaba por allí recogió la rama de pamarandá ardiendo y se la llevó para que lo calentara en las frías noches de invierno, pero el fuego además le ayudó a cocinar y, sobre todo, le entretuvo contándole historias. A partir de entonces, el madero encendido emprende un viaje donde se mezclan las fantásticas historias que cuenta él mismo con las maravillas que va encontrando por ahí, como los campesinos que recogían en grandes sacos la sombra que daba un castaño, o el carretero que instalaba arcoiris y comerciaba con los rayos del sol, o aquel río que tenía una sola orilla o este otro que no soportaba el frío. Pero el conflicto aparece cuando el fuego va consumiendo la rama y no le queda más remedio que ir en busca del árbol de pamarandá para seguir alimentando la llama con su madera. Es el destino que espera al protagonista al final del viaje, escondido en el extraño y exuberante Jardín de la Oca.
          Así, este cuento nos enseña una nueva realidad imaginable, aquella que dice que las historias ya no se cuentan alrededor de una lumbre, sino que es la propia lumbre la que cuenta las historias que debemos estar atentos a escuchar.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 25 de marzo de 2016)

sábado, 27 de febrero de 2016

Los maravillosos años del vapor


Los descazadores de especies perdidas
Diego Arboleda – Raúl Sagospe
Anaya, 2015


          Después de su celebrada obra “Prohibido leer a Lewis Carroll” (Anaya, 2013, galardonada con el Premio Lazarillo), el escritor Diego Arboleda y el ilustrador Raúl Sagospe vuelven a sorprendernos con otra historia donde la originalidad del relato, las situaciones inverosímiles y el desfile de personajes estrafalarios se ponen de acuerdo para lograr el primer objetivo que debe perseguir cualquier obra destinada a los jóvenes -y a los mayores- lectores: conseguir que disfruten con su lectura, que lo que se cuenta y la forma de contarlo atraigan de tal manera que el lector sienta la imperiosa necesidad de seguir leyendo.
          En “Los descazadores de especies perdidas” (Anaya, 2015) nos encontramos en los “años del vapor”, un tiempo en el que “existió un tipo de gente excepcional que nunca aparece en los libros de historia”. Como Minerva Vapour -última descendiente de una familia de genios-, que se sirve del aparato de inteligencia artificial llamado “Mismo mecanismo” para enviar desde su torre mensajes escritos en hojas de otoño a los “niños borrosos” que juegan en el patio de la escuela. Como el señor Bisiesto -llamado así por haber nacido un 29 de febrero-, que vive en un pequeño pueblo del Pirineo conocido como Val de V porque allí de una manera u otra todo está relacionado con la letra V: la forma del valle, el vino que sale de las viñas que se cultivan en la vega y sobre todo los nombres y apellidos de todos los vecinos, cuyas iniciales deben ser una V, menos las del señor Bisiesto, quien, tal vez para compensar esa carencia, en el día de su cumpleaños recibe un paquete con una misteriosa válvula. Como Victoria Vapour -una inventora con melena de rizos pelirrojos-, que se rebeló contra la ley de la gravedad al inventar una máquina voladora que después de sobrevolar en misión secreta sobre la Ciudad Prohibida de China, fue a aterrizar al recóndito valle Val de V.
Como Iris Vapour -bisabuela de Minerva e inventora del brazo articulado “Mismo mecanismo”-, que presenta en la Exposición Universal de París de 1867 el artefacto conocido como Atenea, la lechuza autómata, con tanto éxito que logró llamar incluso la atención del mismísimo Napoleón III. Como William Aimer de Murk -heredero de una estirpe de nobles cazadores ingleses-, que entre estornudo y estornudo logró sacar una fotografía al zorro blanco de las ciénagas de Murk, el fantasma de una especie de zorros dada por desaparecida. Como Zazia -nieta de Zazel, la primera mujer bala de la historia-, que se lanzó al espacio para encontrarse en pleno vuelo con su amigo el dibujante Benvenuto Farini, también conocido como el Invisible Chico Tímido. 
          Algunos de estos personajes vuelven a aparecer en el último capítulo, donde ciertos hechos aparentemente disparatados que han ido sucediendo en el libro se encuentran para dar sentido al título de la novela. Así, los animales que se dan por desaparecidos en la “Galería ilustrada” -el caracara, el guará, el dodo y otros incluidos en el “Catálogo de especies perdidas”- que inicia cada capítulo, van a ser “descazados” utilizando uno de aquellos extraños ingenios.
          En este libro las expresivas ilustraciones de Raúl Sagospe no cumplen la mera función de acompañar al divertido texto de Diego Arboleda, sino que forman parte de la propia trama, de una historia magnífica que sin duda hará las delicias de unos lectores que también podrán entender la novela como una maravilla más de aquellos años del vapor.


(Publicado en el suplemento Cuturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 27 de febrero de 2016)

miércoles, 17 de febrero de 2016

Prohibido penetrar a personas no autorizadas


ESTILO RICO, ESTILO POBRE
Luis Magrinyà. Debate, Barcelona, 2015



         Todo escritor es un crítico literario. No hay otra manera de afrontar la escritura -al menos para quien no se guía por los postulados mercantiles que dictan algunas editoriales- que partiendo de un criterio propio sobre cómo articular todo el entramado del que se sirve el arte de la narración: el comienzo del relato, el punto de vista, el espacio, el tiempo, la estructura narrativa, los personajes, el lenguaje, el final de la novela, etc. Cualquier escritor que presuma de serlo debe decidir cómo abordar todos estos aspectos sobre los que se sustenta la novela y, lo más importante, cómo armonizarlos para que pueda aspirar a ser una obra de arte. Por ello, algunos autores (David Lodge con “El arte de la ficción” o Vargas Llosa con “Cartas a un joven novelista”, entre otros) han querido aportar su propia visión al respecto, con el sano propósito, además, de poder servir de orientación para el resto de escritores.

         En esta línea se publica ahora “Estilo rico, estilo pobre” (subtitulado con el demasiado pretencioso “Todas las dudas: guía para expresarse y escribir mejor”) del escritor y editor Luis Magrinyà. Sin embargo, su intención no es ocuparse de la particular artesanía que precisan los términos técnicos apuntados más arriba, sino que se centra en los aspectos puramente lingüísticos, pues -para el autor de este libro- “pensar la lengua es la primera condición del estilo”. Concebido precisamente el estilo como “la identificación de lo prescindible”, de lo que no se dice o se elimina, Magrinyà defiende que, a pesar de que a los escritores se nos ha enseñado que no está bien repetir, a menudo es mejor volver a poner la misma palabra antedicha que forzar el uso de un sinónimo que chirría. Esto ocurre, por ejemplo, con verbos de uso muy frecuente como ir, ser, decir, tener, hacer o entrar, de manera que, al no vencer la tentación de sustituirlos, se puede caer en malentendidos del tipo “Prohibido penetrar a personas no autorizadas”. Así, el escritor que se esfuerza en desplegar un “estilo rico”, se exige a sí mismo el uso de unos pretendidos “verbos finos” que, más que elevar el rango de la escritura, pueden llegar a ridiculizarla con expresiones como poseo caspa, realizar limpiezas o acude al cine. Se fija Maginyà en términos que se reproducen en los textos casi de forma automática, como los presuntamente elegantes repuso, espetó, masculló, con los que se acotan los diálogos con la intención de evitar el vulgar dijo, sin caer en la cuenta de que esos verbos rara vez se utilizan en el lenguaje convencional, el que curiosamente empleamos en los diálogos de la comunicación espontánea. Igualmente, tres “verbos difíciles” como tamborilear, perlar y tintinear pueblan generosamente las páginas de tantos escritores que los usan de forma incorrecta, tal vez porque son sólo “tópicos de novela sin la menor correspondencia con un estado real de la lengua”.

          Al contrario que el “estilo rico”, que se esfuerza por no repetir palabras, el “estilo pobre” estaría lastrado por la continua presencia de “verbos comodín”, como provocar y usar, que de vez en cuando podrían ser cambiados por un término más preciso, más acorde con las posibilidades de la lengua que todo escritor debe explorar. De la misma forma, se usan las palabras pesada o pesadamente, las expresiones no importa, sin problema o hiperónimos como lugar, habitación o ropa, de manera tan reiterativa que se olvida el precepto de que “siempre hay otra forma de decir las cosas, siempre la hay”.

          Más observaciones contiene este interesante libro de Magrinyà, quien, valiéndose de numerosos ejemplos sacados de traducciones y de textos de escritores en español -para nuestro consuelo muchos considerados grandes, incluyendo a académicos de la RAE o premiados con el Nobel-, advierte a los escritores de que hay que huir a la vez de la pretensión de alcanzar un “estilo elevado” que sólo tenga como criterio apartarse de la norma y del “estilo empobrecido” por la pereza que puede dar la búsqueda de un término más preciso para contar lo que se quiere contar.   

(Publicado en la Revista digital Literarias. 17 de febrero de 2016)
https://www.escritoresdeasturias.es/literarias/resenas/prohibido-penetrar-a-personas-no-autorizadas-critica-del-libro-estilo-rico-estilo-pobre-de-luis-magrinya.html

sábado, 30 de enero de 2016

El pasado y el presente ocultos


Sombras de la Plaza Mayor
Rosa Huertas
Edelvives. Zaragoza, 2015


          Las buenas historias sólo suceden en el lado oscuro de la vida. A la luz del día, en los lugares transitados por la gente corriente, no ocurre nada que sea digno de ser contado. Sobre este discutible tópico -serían innumerables los ejemplos de obras maestras de la literatura que se han creado a partir de lo que pasa en el “lado de acá”, justamente en esos prosaicos momentos en los que parece no pasar nada-, Rosa Huertas ha escrito, sin embargo, una apreciable novela destinada el público juvenil.
          Gonzalo, un estudiante de bachillerato que suele pasar a menudo por la Plaza Mayor de Madrid en busca de ideas para cumplir su deseo de ser escritor, se encuentra allí un día con un misterioso pintor que precisamente le habla del poco “interés literario” que tiene a esa hora de la tarde un escenario sólo poblado de camareros y turistas. Le advierte de que sólo en ese tiempo en el que “aparecen las sombras, los desheredados, los criminales, los que realmente tienen una historia intensa a sus espaldas, los muertos vivientes, los tipos que reniegan de la luz y se escudan en la oscuridad para protegerse de la vida”, es cuando el joven aspirante a escritor, que lleva un cuaderno por si en el momento menos esperado le viene la inspiración, podrá encontrar “algo digno de contar”. Para comprobarlo es invitado por Rodrigo, el extraño pintor, a que se pase por la Plaza Mayor el próximo miércoles a las cinco de la madrugada, pero sus intenciones, como sabrá más adelante, serán otras.
          Esa noche Gonzalo descubre la existencia de los “habitantes de las tinieblas”, los indigentes que a duras penas pueden guarecerse del frío bajo los soportales de la plaza. Forman una especie de poblado nocturno de fantasmas que parecen tener su equivalencia con otros fantasmas que, según le cuenta Rodrigo, todavía arrastran el dolor de su existencia pasada bajo los adoquines de la plaza. Así parece haber un paralelismo entre las sombras que ahora deambulan en la noche y las sombras que proceden de los relatos y leyendas de la Historia. Muchos de ellos son desconocidos para la mayoría de la gente que a diario circula por las calles de Madrid, como la noticia de los gorriones atrapados en el interior de la estatua de Fernando III que se erige en el centro de la Plaza Mayor, o el sangriento suceso ocurrido en 1834 en el Instituto San Isidro, relatado por Galdós en el “episodio nacional” Un faccioso más y algunos frailes menos. En ese instituto precisamente estudia Gonzalo y es donde conoce a Inés, una nueva alumna aficionada a las historias truculentas, por la que empezará a sentir una atracción más allá de la mera amistad. La misteriosa relación que tienen Inés y Rodrigo, la dramática biografía del pintor, la siniestra aparición de algún personaje con las trazas y las intenciones de un vampiro, el jeroglífico que los llevará a perderse por los pasadizos olvidados bajo la plaza, lograrán, entre otros descubrimientos, que Gonzalo sea testigo y protagonista de una serie de historias que se suceden tanto en su vida actual como en la imaginación alimentada por los relatos que hace Rodrigo, de manera que pasado y presente, realidad y ficción se van imbricando en la vida del joven estudiante hasta conformar, curiosamente, la novela que aspiraba a escribir.

(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 30 de enero de 2016)