Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 3 de junio de 2017

Aquellos maravillosos años


La sonrisa de los peces de piedra
Rosa Huertas
Anaya, 2017



Toda la mitología fundada a partir de la llamada “movida madrileña”, aquella supuesta explosión de creatividad que surgió en los años ochenta del pasado siglo a raíz de la muerte del dictador, está presente en “La sonrisa de los peces de piedra” (XIV Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil), de Rosa Huertas. Así, tal puede parecer que la pretensión de esta novela no sea otra que la de introducir a los jóvenes lectores en el ambiente de pregonada ebullición creativa que en aquella década –llamada por algunos “prodigiosa”- se produjo en la capital de España, como respuesta liberadora y fértil ante el yermo oscurantismo padecido en los anteriores decenios. No en vano por sus páginas desfilan los más célebres personajes de aquel tiempo –Antonio Vega, Ouka Leele, García-Alix, Almodóvar-, los grupos musicales que pusieron la banda sonora de la época –Nacha Pop, Radio Futura, Tino Casal, etc.-, las canciones que se convirtieron en himnos de toda una generación –La chica de ayer, Eloíse- y los  locales –Rock-Ola, Penta, La Vía Láctea- donde cada noche se exaltaba la vida con el vigor y la urgencia que toda juventud precisa. De ahí a la mirada nostálgica –entendida como la añoranza de que cualquier tiempo pasado fue mejor- no hay más que un paso, que, sin embargo, esta entretenida novela logra esquivar con acierto.
El relato de las experiencias vividas en aquellos “maravillosos años” se lo cuenta Julia en una larga carta a su hijo Jaime, en respuesta a las inquietudes que sobre su identidad le han surgido al joven después de un casual encuentro en el cementerio donde acaba de ser enterrado su abuelo. Allí, sentada en una tumba donde la madre de Jaime –de forma inesperada para su hijo, pues un nombre desconocido para él está escrito en su lápida- acaba de expresar su dolor, ha coincidido con Ángela, hija del hombre que yace en el sepulcro. Ciertas afinidades entre los dos jóvenes, la aparición de algunos misterios en torno al cementerio y el deliberado silencio de la madre, despiertan en el joven la sospecha de haber vivido entre secretos y mentiras tramadas para hurtarle uno de los capítulos –sino el mayor- más importante de su vida. A partir de ahí, Jaime y Ángela van estrechando una relación que corre el riesgo de convertirse en algo más que una mera amistad. Peligro que tiene al chico en vilo ante el temor de que precisamente esa chica por la que empieza a experimentar sentimientos desconocidos hasta ahora, sea en realidad su hermana, hija del hombre al que su madre lloraba en su tumba. 

La obra se desarrolla en dos planos narrativos. El del tiempo presente de la novela, donde Jaime indaga sobre su identidad a la vez que va descubriendo a través de Ángela la peculiar personalidad de quien sospecha que es su padre, y el de la época de la movida madrileña, contado por la madre en un largo escrito que va presentando por entregas a su hijo, demorando de esta forma la resolución final.
Rosa Huertas narra con su pericia habitual una buena historia para el disfrute de los jóvenes lectores, una novela de aprendizaje en la que el protagonista descubre esas verdades necesarias para poder avanzar en la vida. A destacar igualmente las ilustraciones de Javier Olivares, fieles a la estética pop que se desplegaba en las revistas y fanzines de la época que retrata la novela.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 3 de junio de 2017)




sábado, 27 de mayo de 2017

El pudor y la herida


Las mujeres de la calle Luna
Javier Lasheras
Algaida. Sevilla, 2017



                Acostumbrados estamos a leer o ver historias en las que nos tiene en vilo un asesino en serie, un trasunto de Jack el Destripador que no sólo tiene fijación por ir eliminando mujeres, sino que además pone todo su empeño exterminador en hacerlo de la manera más truculenta posible. Igualmente, en este tipo de tramas, a la urgencia por descubrir al ejecutor antes de que cometa el próximo crimen, se une la peculiar naturaleza de los personajes, generalmente un áspero agente que purga en su conciencia oscuros desencuentros con el pasado, una femme fatale que desata pasiones con su sola presencia y una variedad de sospechosos que pisa el barro de los bajos fondos o las alfombras de la alta sociedad. Estos tópicos –junto a los resultados inmediatos exigidos por los mandos superiores, a la vertiginosa ironía de los diálogos, a los inesperados giros de la trama o a la veloz resolución que se requiere en las últimas escenas- conforman la narrativa de un thriller como “Las mujeres de la calle Luna” (LXIII Premio de Novela Ateneo Ciudad de Valladolid). Pero Javier Lasheras (Don Benito, 1965) no sólo utiliza con maestría estos recursos para presentarnos una magnífica novela de género, sino que los utiliza como pretexto para –por así decirlo- introducir el texto o argumento que verdaderamente quiere contar.
                A la historia del asesino en serie se une el robo del cuadro “El origen del mundo” de Gustave Courbet del Museo de Orsay de París, paralelismo que va configurando la doble idea del “pudor y la herida” con la que se titula el segundo capítulo y que –en un original acierto- conforma un haiku con el encabezamiento de los otros dos (“Gotas de lluvia,/el pudor y la herida/bajo la luna”). Así, ante un cuadro que más que representar una realidad parece exhibir con toda la persuasión posible la realidad misma, la mirada atenta del espectador advierte tanto el pudor propio –sofocado por no poder sustraerse a esa “epifanía del deseo carnal”- como el de la mujer –“aguijón o escudo de su arsenal más secreto”- que oculta su rostro en la pintura. 
          La herida se expresa de manera rotunda en la crueldad con que el asesino mutila a sus víctimas, pero también está presente en la vida de los personajes, a duras penas supervivientes de los zarpazos del pasado –la muerte de la mujer del comisario Danglade, las tragedias familiares del palestino Sayed y del exguerrillero Gimbe o la superviviente del campo de concentración Astrid Kwakklestein- y que en el presente del relato actúan de alguna manera condicionados por aquellas viejas fracturas. Herida y pudor que se mezclan o confunden con otras dicotomías que salpican la trama, como la dificultad de encontrar el amor –o caer en su sinsentido- más allá de la urgente satisfacción sexual, o la función del arte limitada a ser expresión del misterio de la vida, o el necesario reenfoque de la mirada del hombre hacia la situación de la mujer, o el deseo de imaginarnos en una ficción que pueda ponernos a salvo de una realidad al mismo tiempo pudorosa e hiriente.
                Javier Lasheras recurre a sus dotes de poeta para amoldar el lenguaje a lo que cada situación narrativa exige, logrando apartarse al mismo tiempo de la prosa funcional –y funcionarial- de los thrillers más comunes como del lirismo alambicado en el que caen ciertos vates metidos a novelistas. Este logro ya se aprecia en su anterior novela (“El amor inútil”, Algaida, 2004), con la que ésta comparte algunas de las reflexiones apuntadas.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 27 de mayo de 2017)

                

sábado, 6 de mayo de 2017

La aventura de la ciencia


Los niños de la viruela
María Solar
Anaya, 2017


                El 30 de noviembre de 1803 zarpaba del puerto de La Coruña rumbo a América la corbeta María Pita. En ella iba embarcada la llamada “Real Expedición Filantrópica de la Vacuna”, formada por el doctor Balmis, prestigioso cirujano de la Corte, un séquito de ayudantes sanitarios, Isabel  Zendal, rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña, y 22 niños huérfanos.  La ambiciosa empresa –sufragada por el erario público a expensas del rey Carlos IV- pretendía nada más y nada menos que llevar la vacuna de la viruela a América, sirviéndose para ello de una cadena humana integrada por niños sanos que irían siendo inoculados con el virus extraído de las pústulas de los vacunados la semana anterior.  De esta forma, al carecerse en aquella época de sistemas adecuados de mantenimiento y refrigeración, se trataba de conservar el valioso fluido en el organismo de los pequeños.
Algunos escritores y directores de cine han tomado esta aventura científica como referencia para sus propias creaciones. Así, entre las más relevantes cabe destacar las novelas “Los héroes olvidados” (Roca Editorial, 2011), de Antonio Villanueva y “A flor de piel” (Planeta, 2015), de Javier Moro, así como la película “22 ángeles”, de Miguel Bardem. Ahora la escritora gallega María Solar (1970) nos presenta “Los niños de la viruela” (Anaya, 2017), una obra destinada al público juvenil que narra los prolegómenos de tan apasionante como incierto viaje. 
Busto de Balmis en la Facultad de Medicina
 de la UMH en San Juan de Alicante.

Partiendo de un escenario digno de Dickens, la novela empieza contando con crudo realismo la miserable vida que arrastran los niños del orfanato de A Coruña en esa fecha tan lejana de principios del siglo XIX. Los pequeños y cotidianos pillajes a que se ven abocados los pequeños para esquivar los zarpazos del hambre, a menudo les lleva a callejones donde se dan de bruces con la violencia, la enfermedad o la muerte. Amenaza de una tragedia que se respira tanto fuera como dentro del orfanato, donde también sus paredes pueden ser atravesadas por esa epidemia tan temible que, cuando se presenta, sólo queda encomendarse a Dios para que después de la fiebre, apenas deje algunas marcas en la piel y pase de largo. Es esa rueda del azar la que pretende detener el doctor Posse Roybanes, médico que atiende a los niños de la inclusa, con la aplicación de esa vacuna que, según ha leído en alguno de los numerosos libros que tiene en su consulta, es el único remedio para prevenir la enfermedad de la viruela. Con ese mismo propósito va a presentarse en A Coruña el doctor Balmis, decidido a reclutar a unos cuantos de esos niños desahuciados por la sociedad para transportar en sus brazos la vacuna con destino a América. 

A las puertas de esa heroica misión –en la multitudinaria despedida que se da en el puerto de A Coruña a la tripulación con los 22 “ángeles”- se queda esta magnífica novela, en la que tienen cabida la amistad -necesario refugio para sobrevivir en un mundo hostil-, las primeras palpitaciones del amor, la piedad ante los más desfavorecidos, y sobre todo, la reivindicación de la ciencia como el medio imprescindible para el progreso de la humanidad.
Igualmente, es de agradecer –en estos tiempos de historias edulcoradas para no herir la fina piel de nuestros tiernos infantes- la honestidad narrativa de una autora que no esquiva los duros episodios de la miseria, la enfermedad y la muerte, lo cual, lejos de ahuyentar a los jóvenes lectores, es una buena muestra de que se les trata con el respeto y consideración que merecen.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 5 de mayo de 2017)




sábado, 22 de abril de 2017

El relato total


Residencia de quemados
Alfredo Hernández García
Luna de abajo. Oviedo, 2016


                
                Si “El fósil vivo” (2012) –primera parte de la trilogía- se adentra en la aparente paradoja de indagar en la memoria de un mundo futuro y “La venganza del objeto” (2014) –segunda entrega- denuncia el esperpento de la ciencia en su afán por inventar la verdad, “Residencia de quemados” (Luna de abajo, 2016), propone transformar “la conciencia de los propietarios de la culpa” echando mano de la arrolladora fuerza de la propia voluntad, “la más valiosa y peligrosa de cuantas facultades usamos”. Para ello, Alfredo Hernández García (Valencia, 1959) articula la novela en torno a dos planos narrativos. En uno aparece Clara, una psicóloga clínica que, ejerciendo de “enfermera de su misma enfermedad”, trata a cuatro pacientes –los quemados- con patologías ya expresadas en sus respectivos pseudónimos: “El Hombre de Oro”, compulsivo especialista en enriquecerse y arruinarse de la noche a la mañana, “El Hombre Adivina Qué”, ensimismado en la avaricia de su propio silencio, “Sazonado Corazón”, servicial lacayo de la ruda tiranía de su cónyuge, y “La Mujer Fantástica”, amarrada a las correas de su tiempo perdido. En el otro plano se cuenta la historia de Ruta, una princesa que construye su leyenda a base de fuerza, de una furibunda voluntad sólo guiada por el precepto de que “el mundo será lo que nosotros queramos”. De la lectura de ese relato que casualmente –o tal vez no tanto- cae en las manos de Clara, surge el cambio de la protagonista, quien, queriendo emular a la implacable personalidad de la princesa, acomete su particular empresa contra la “industria psicológica” a la que hasta ese momento había servido. 
Alfredo Hernández García

                Sin embargo, esta simplificación de la trama no debe ocultar toda la complejidad de una obra que nos lleva de nuevo por los difíciles senderos por los que suele obligarnos a transitar Alfredo HG. Como en sus anteriores novelas, el peculiar estilo del autor -reconocido en los ocurrentes y divertidos neologismos (“lacayosis”, “revientaorgías”, “curasienes”…), en el original lirismo de ciertas imágenes (“ceremonia de lágrimas”), en los continuos juegos del lenguaje (“charlas en las que nos va la vida antes que la vida nos vaya”), en las frases esculpidas a la manera de un laborioso orfebre de la lengua- exige del lector no sólo el grado de atención que supone toda lectura, sino más aún una decidida disposición a no entenderlo todo, a dejarse llevar por una intuición que ponga “aquello que a la comprensión le falta”.
                Reflexiones sobre la libertad, la verdad, la felicidad, la dignidad, la moral, la Historia, la política, la filosofía, la literatura –con osadías metaliterarias como la inclusión en el texto de dos críticas sobre la propia novela- y sobre todo la psicología (“que quiso ser ciencia y sólo es una mantenida”) cuajan una novela que aspira nada más y nada menos que a “El relato total” –título de la obra que crea Ruta-, pero no aquel, como se apunta en el libro, que pretende abarcarlo todo, sino que tiene un fin moral: el que logra liberar al que lo lea de toda servidumbre, entendiendo la conquista de la libertad como el definitivo logro de no hacer lo que uno no quiere hacer.
                Con esta novela Alfredo HG culmina una trilogía –tal vez enmarcada dentro de la llamada “Escuela de la dificultad”- que, sirviéndose de la ironía como herramienta de aproximación al mundo que pretende criticar, ha logrado el ambicioso propósito que en su día seguramente proyectó su autor. Aquel que, a mi parecer, tiene que ver con el radical cuestionamiento de una literatura cada vez más hundida en la molicie, tratando de salvar, de paso, a un escritor atrapado en la paradoja de ser “hijo del mismo tiempo que quiere destruir”.



(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 22 de abril de 2017)

sábado, 25 de marzo de 2017

El trinomio fantástico


El secreto del abuelo
Carles Cano
Anaya, 2017


          
           El escritor italiano Gianni Rodari se propuso elaborar con su obra “Gramática de la fantasía” una suerte de “introducción al arte de inventar historias”, ateniéndose a la idea de que la capacidad creativa no es un don insuflado por los dioses a ciertos hombres y mujeres elegidos para ser portadores de tal privilegio, sino que todo ser humano, por el mero hecho de serlo, posee la cualidad de acceder a ese proceso creativo que en última instancia le permita inventar historias. Para ello, en su célebre ensayo Rodari propone el uso de una serie de técnicas que pueden servir para que cualquiera sea capaz de echar a volar la mariposa de su imaginación. Así, presenta el famoso “binomio fantástico”, que consiste, como bien saben todos los que han acudido a algún taller de escritura creativa, en combinar dos palabras que aparentemente no tienen ninguna relación y buscarles un maridaje que sea capaz de iluminar nuestra inagotable capacidad de inventiva.
            Ahora el escritor Carles Cano (Valencia, 1957) va un paso más allá de Rodari y crea lo que podría llamarse el “trinomio fantástico”, la combinación al azar de tres palabras que no tengan nada que ver y “hacer saltar entre ellas una chispa, un puente que las relacione”. Es lo que hace el protagonista de “El secreto del abuelo” (Anaya, 2017), obra galardonada con el Premio Lazarillo de Creación Literaria. Partiendo del tópico del abuelo ingenioso que inventa historias para sus nietos, esta obra contiene cinco cuentos que surgen precisamente del empleo de ese “trinomio fantástico”, que el abuelo tiene la habilidad de utilizar para mayor divertimento de los pequeños. 
Gianni Rodari
Así, de situaciones cotidianas, como volcar la caja de juguetes para encontrar tres cosas que no deberían estar ahí (un peine, una carta del rey de bastos y una piedra de la playa), surge el cuento “El rey Pelón”, la historia de un rey calvo que un día encuentra a una lamia (una especie de sirena) peinándose sentada en una piedra junto a la orilla de un río. En la caja de herramientas que el abuelo tiene en el garaje también hay tres cosas que no encajan con el resto (un llavero con la torre Eiffel, un cebo en forma de pez y un candado sin llave). Con esos objetos el abuelo inventa la historia “París, el pez y el candado”, un cuento que empieza con una pareja de enamorados en un puente sobre el río Sena y termina con un pescadero japonés abriendo un candado en un puente de Tokio. El cuento “La maga Staropolsky” surge de la inagotable cabeza del abuelo al salir de un circo con sus nietos y encontrarse con un pájaro cantando en un balcón y un gato esquivando las ruedas de un coche. Un día de playa se le ocurre al abuelo otra historia, “El mensaje en la botella”, un relato en el que aparecen tres extraños objetos (un escarabajo disecado, un botón metálico y una especie de hueso o semilla de fruta) dentro de una botella que el propio abuelo dice haber encontrado en una playa cuando hacía el servicio militar en el Sahara. En el último capítulo del libro uno de los niños se vacía los bolsillos para que a partir de los tres objetos que saca (una canica, un trozo de cuerda y un mono de plástico) el abuelo se invente el cuento “La pirata”.
En definitiva, un entretenido libro que también enseña a los niños un sencillo truco para poder inventar ellos mismos cualquier historia.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 25 de marzo de 2017) 

El ritmo de la oralidad


Esta es la reseña que ha publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés el escritor Fulgencio Argüelles sobre mi libro de relatos "Ingenio lego" (Diputación de Salamanca, 2016)




miércoles, 15 de marzo de 2017

Oviedo, libro abierto

          Esta es la portada de "Oviedo, libro abierto" (Editorial Trea, 2017), promovido por el Ayuntamiento de Oviedo y la Asociación de Escritores de Asturias. En él participo con dos cuentos: "La heroica ciudad dormía la siesta" (fragmento del relato del mismo título incluido en mi libro "Ingenio lego", Diputación de Salamanca, 2016) y "El libro más viejo de El Fontán", que se puede leer aquí abajo.

Portada del libro

Currículo literario

Relato incluido en el libro

Momento de la presentación del libro, junto a Rivi, concejal de Cultura del Ayto. de Oviedo, el fotógrafo Miki López y los escritores Esther García y Armando Murias

sábado, 25 de febrero de 2017

Juegos verbales


Hasta (casi) 50 nombres
Daniel Nesquens
Anaya, 2017


            
          Daniel Nesquens (Zaragoza, 1967) seguramente ha elegido el campo de la literatura infantil y juvenil -si es que se puede acotar de forma clara y tajante el rango de edad para el que va dirigido una ficción- porque ello le permite desplegar con toda libertad las posibilidades (casi) infinitas que tiene como escritor. Así, su obra se reconoce por los continuos juegos de palabras que logran sortear -con un sinfín de filigranas y requiebros- la débil frontera entre la realidad y la ficción, y que inevitablemente conducen a un humor de tinte surrealista, aquel al que no le sorprende que las pinceladas que pintan la sonrisa en el rostro del niño -o del adulto- se puedan dar también con brocha gorda o -en similar paradoja- que los brochazos que colorean las carcajadas puedan retocarse también con fino pincel. Es ese humor absurdo -tal vez sea esta expresión un pleonasmo- el que fue motivo de celebración en sus anteriores obras, como la serie de “Marcos Mostaza”, “El hombre con el pelo revuelto” (Premio Anaya de LIJ 2010) o “Hasta (casi) 100 bichos”, de la cual es heredera esta “Hasta (casi) 50 nombres” que aquí comentamos.
Ilustración de la contraportada
Si el libro de los (casi) 100 bichos era en cierto modo inclasificable, una especie de bestiario que diseccionaba desde su particular visión, éste de los (casi) 50 nombres vuelve a saltar varias veces de un lado a otro la artificiosa barrera entre los géneros –de un seleccionado diccionario onomástico a microrrelatos de ficción, de ahí a pequeños episodios históricos o a breves biografías, etc.)- para presentar también una suerte de humano bestiario -esta expresión sí que es un pleonasmo- imaginado con todo el humor que puede originar la exhibición de absurdos verbales, de desaforadas metáforas, de etimologías reales o inventadas y de (casi) todos los divertimentos contenidos en las palabras. Desde los nombres más comunes (Mónica, Laura o Daniel) o los menos usuales (Onésimo, Estela, Úrsula...) hasta los directamente imposibles (Yunque, Tántalo, Xenofonte...), cada entrada de este peculiar diccionario no hace otra cosa que utilizar como coartada del nombre que la encabeza para desplegar todo lo que esa palabra sugiere. A partir de ahí -como en la metáfora de las cerezas que van tirando una de otra del cesto-, se va sucediendo un encadenamiento de palabras e ideas que logran despertar en la mente del lector imágenes (casi) nunca antes sospechadas. Así, uno se sorprende cómo de la entrada “Adelina” se llega a Yuri Gagarin y la perra Laika; o empezando por “Gema” se acaba citando a Urtain; o de “Melchor” al número de teléfono de Jennifer López; o, en fin, de Daniel –antropónimo del autor- al coeficiente intelectual de 170. 
Este libro hace inevitable traer a colación el célebre diccionario del humorista José Luis Coll, de quien a buen seguro Daniel Nesquens se siente en deuda. Pero es precisamente esta referencia la que puede poner en riesgo este libro dedicado, en principio, al público juvenil, pues, como ocurría en las surrealistas apariciones del dúo Tip y Coll, ciertas asociaciones de palabras o juegos verbales pueden conllevar el riesgo de alcanzar un nivel de absurdo tal que no sea comprendido –y. por tanto, disfrutado en toda su plenitud- por algunos lectores a quienes les falten las claves para llegar cabalmente a su significado. A destacar las maravillosas ilustraciones (casi) cubistas de Alberto Gamón, que añaden también una singular visión a las entradas de este (casi) diccionario.



(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 25 de febrero de 2017)







domingo, 19 de febrero de 2017

sábado, 28 de enero de 2017

Aprender a volar


El maravilloso viaje de Nils Holgersson

Selma Lagerlöf



            Selma Lagerlöf (Suecia, 1858-1940) fue la primera mujer en obtener –en 1909- el Premio Nobel de Literatura. Su precocidad como lectora, le llevó pronto a familiarizarse con la obra de autores como H. C. Andersen o los Hermanos Grimm. En 1891 publicó su primera obra (“La saga de Gösta Berling”), a la que siguieron otras novelas y libros de cuentos con los que fue adquiriendo fama y prestigio entre los lectores y la crítica literaria de la época. Pero es “El maravilloso viaje de Nils Holgersson”, publicado en dos partes en 1906 y 1907, su obra más conocida y la que mejor ha soportado el paso del tiempo. El origen de la publicación fue un encargo del Consejo de Educación a Selma Lagerlöf –maestra de profesión- para que los niños suecos aprendieran la geografía del país.
Selma Lagerlöf

Inspirado en los cuentos de animales de Rudyard Kipling y en la tradición retomada por Andersen y los Hermanos Grimm, el relato original cuenta la historia de Nils, un muchacho de 14 años que, por haberse burlado de un duende, sufre un hechizo que lo convierte en un ser diminuto. De pronto aparece transformado en una especie de Pulgarcito del que todos los animales de la granja -a los que antes Nils había maltratado- se ríen por el tamaño al que había sido reducido. Además de su poca estatura, lo más asombroso del hechizo es que ahora puede comprender el lenguaje de los animales, lo cual le sirve para enterarse de que una bandada de gansos salvajes, que casualmente pasaba por allí, emigraba a Laponia y que Martín, uno de los gansos blancos de la granja de sus padres, batía las alas con la intención de unirse a ellos. Así, se agarra al cuello del ave doméstica y sale volando con él por los aires. A partir de ahí se sucede una serie de aventuras que llevarán a Nils a conocer a Akka, la gansa que guía la bandada; a enfrentarse a Smirre, el zorro que persigue a los gansos salvajes; a acercarse al hombre de bronce y al hombre de madera; y, por supuesto, a recorrer toda la geografía de Suecia: la isla de los Corderos, la desaparecida ciudad de Vineta, el lago Mälar, Laponia, y otros lugares que serán el espacio donde el pequeño Nils vaya aprendiendo que es imprescindible ser solidario para poder convivir con la bandada de gansos, olvidándose de paso de su antigua afición a la pereza y a divertirse con las travesuras que tanto dañaban a los animales de su granja.
La editorial Edelvives acerca a los pequeños lectores este clásico de la literatura sueca presentando una versión en castellano de la adaptación que la escritora libanesa Kochka hizo en francés. Las poéticas ilustraciones de Olivier Latyk, que incluyen seis páginas troqueladas con las que se inician algunos capítulos, contribuyen a hacer más atractivo este bonito cuento que, al tiempo que nos habla del amor a la naturaleza, a la mitología, a las leyendas y a las costumbres de un país, nos revela un trasfondo moral. Como tantas historias de este tipo, el “maravilloso viaje de Nils Holgersson” es, más que un desplazamiento por un determinado espacio geográfico, un viaje interior en el que el protagonista debe encontrar los recursos para crecer y ser capaz de volar por sí mismo.



(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés el 28 de enero de 2017)