Espacio líquido de creación y crítica literaria. Marcelo Matas de Álvaro

sábado, 18 de noviembre de 2017

El valor de los recuerdos


Días azules, sol de la infancia
Marcos Calveiro
Edelvives. Zaragoza, 2017



A la formación de nuestra identidad, de esa propia manera de sentirnos a la vez individuos únicos y partes de una comunidad que nos engloba, contribuye necesariamente la experiencia que nos aporta nuestro pasado, pero no sólo el personal o biográfico, aquel que se nos ha ido pegando a la piel desde la llegada al mundo, sino también lo ocurrido antes del nacimiento tanto en el ámbito estrictamente familiar como en el amplio espacio de la sociedad a la que, por azar, pertenecemos. De ahí que sea una propiedad consustancial al ser humano la necesidad de recibir historias del pasado -igual da su cualidad real o ficticia- y más concretamente la de buscar dentro de los márgenes más íntimos recuerdos o secretos que –también tanto da que sean verdaderos o inventados- conformen el resbaladizo dominio del escenario familiar. Multitud de novelas –no sólo de literatura infantil y juvenil, claro está- se nutren de esta necesidad humana con el fin de revelar la identidad de un personaje, de manera que éste emprende su propia indagación para reelaborar su presente –y de ahí asentar su vida futura- desde ciertos hechos que habitan el pasado. 
Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí

Esta es la clave de la novela “Días azules, sol de la infancia”, de Marcos Calveiro (Vilagarcía de Arousa, 1968), escrita originalmente en gallego y traducida al castellano por Carmen Cabaleiro. Para Nico, el joven protagonista del libro, todo comienza al recordar la sentencia que siempre pronunciaba su abuelo: “El mejor regalo que me han hecho en toda mi vida fue un manojo de perejil”. A partir de ese dicho misterioso y de la frase –“Todos guardamos recuerdos”- que le escribe una amiga que ha conocido por internet, Nico decide buscar alguna pista en la casa que quedó abandonada en el pueblo desde que su abuelo Nicasio –tan parecido a él en las fotos que aún se conservan de su juventud- no tuvo más remedio que irse a vivir a la ciudad con una de sus hijas. Allí, cerca de una indómita planta de perejil que peleaba por sobrevivir entre la maleza que ya se había comido el antiguo jardín, encuentra medio enterrada una vieja caja de lata oxidada. Nico se la lleva corriendo a su casa de Madrid y, una vez logra desprenderse de la presencia de sus padres, descubre con asombro algunos recuerdos que el abuelo fue guardando durante todos esos años.
Cada recuerdo encontrado en la caja va cobrando sentido en las historias que, en una mirada al pasado del abuelo, se van introduciendo en la novela de forma paralela a la narración del presente de Nico. De esta forma, se cuenta cómo desde su Galicia natal el joven Nicasio acompañó a su padre para la campaña de siega por las tierras de Castilla, cómo la amistad le ayudó a sobrevivir en Madrid en los primeros días de la Guerra Civil, cómo descubrió la magia del cine, a directores y actrices que en medio de la catástrofe aún lograban perseguir sus sueños, cómo descubrió el amor con una chica que servía en la casa de Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez, y cómo éstos acogieron en su piso del barrio de Salamanca a un grupo de niños huérfanos antes de tener que huir hacia su exilio en América.
Así, a través de este entramado de acontecimientos reales y sucesos ficticios, el joven lector actual se adentra en ciertos pasajes de la Guerra Civil, pero también asiste al valor que tienen los recuerdos –históricos, familiares y personales- para ayudar a conformarnos y crecer como personas.


(Publicado en el suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés. 18 de noviembre de 2017)



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